La economía "real" como se dice en la jerga tiene otra temporalidad, otra que la de las finanzas: volátiles, nerviosas, otra que la de las noticias: fugaces y provisorias. Una mancha sobre la economía real (la del empleo y la producción de valores), un quiebre: empresas que dejan de producir y despiden gente, y ya no vuelve a ser como antes. En la economía real se marcan las experiencias traumáticas a las que a veces conduce la política.
El último gobierno neoliberal que tuvimos en la década del 90´ dejó a su paso una masa de la población hundida, más hundida, en la pobreza. Una masa nada desdeñable: el 25% de nuestra población "activa" (en edad de trabajar), pero que no sale en los medios, que permanece invisibilizada para otra buena parte de la población. En el conurbano se ven, los que andan en pequeñas motitos lentas porque las distancias son largas: de la changa a la casa. Los y las que pintan, construyen, cocinan, cartonean, cortan el pasto, recogen la basura. Nacer en la pobreza. Pocos son los que van a zafar, como dice la canción "Homero" del Pity Álvarez.
El resto de los argentinos lo sabemos. ¿Quién viaja en una moto pegado a un camión para no tener frío porque quiere? ¿Quién come una sola comida al día porque quiere? ¿Quién revuelve la basura o la junta porque quiere? ¿Quién vive en una casa con techo de chapa y suelo de tierra porque quiere? ¿Quién vive en una casa que consta sólo un cuarto porque quiere? Nadie; y lo sabemos aunque a veces estemos distraídos con las imagenes sensacionalistas de la tv o modernas de Internet.
El último gobierno que se entregó a los intereses económicos, los intereses usureros de quienes ganan mucho dinero y sólo quieren ganar más, dejó una masa de gente expulsada que no volvió a conseguir trabajo, que con las changas y una asistencia social sobrevivió durante el kirchnerismo. Pocos zafaron, pocos volvieron al "sistema".
Es que la economía, mejor dicho el sistema económico, propiamente llamado capitalismo neoliberal (aquel que sigue al capitalismo industrial) tiende a expulsarlos. Por eso las "economías populares", informales, cooperativas, que surgieron con la crisis del 2001 no desaparecieron luego con la recuperación del crecimiento. Mejoraron en muchos casos sus condiciones de existencia: talleres cartoneros clandestinos que se emplazan en espacios más seguros, camiones colectivos que reemplazan los carros, indumentaria para esas labores, actividades como las huertas o el reciclado que logran un accionar conjunto con otras actividades de la economía. Pero no desaparecieron. No van a desaparecer nunca, por eso hace años Europa discute la posibilidad de un salario universal. Porque la integración a través del trabajo es cada vez más difícil -sino imposible- para sectores crecientes de la sociedad a los que el capitalismo aplasta y el Estado debe abrazar.
De eso se trata una sociedad más justa. No de que existan las condiciones para que pueda ejercerse el interés personal, lo cual obvio debe garantizarse, sino de mirar alrededor reconocer quiénes son los que menos tienen y que existan también para ellos caminos y oportunidades. La mano del Estado debe abrazar a todos: a los excluídos dando lugar a desarrollar también sus actividades, a los trabajadores formales posibilitando mejoras en sus paritarias para que no pierdan con la inflación, a los que tienen empresas o emprecitas favoreciendo sus condiciones de venta en el interior del país o el extranjero. Frente a intereses foráneos defender la soberanía nacional, aunque eso implique que se aggiornen los sueños de quienes sueñan alto.
Los poderosos ya son poderosos, porque el sistema los premia. Por ellos no debe velar el Estado, si quieren y pueden que ganen más pero nunca en contra de los intereses populares. No desconozco que hay conflictos de clase pero sé que el Estado ha alcanzado un grado de madurez que le permite lidiar con múltiples intereses.
Pavimentar calles no puede ser la única política social de un Estado. Especialmente si con la otra mano avala o propugna el despido a obreros o trabajadoras de fábricas u organismos públicos (recortes de planta en ministerios, Conicet, Telam), el recorte de planes sociales, la aceleración inflacionaria por la dolarización de tarifas de empresas proveedoras de servicios públicos que jamás invirtieron en atención a sus clientes, la suba de precios por estimular y luego simplemente administrar (para evitar la crisis) la corrida cambiaria.
Este gobierno siempre se ocupó de favorecer el juego a los más poderosos que usan al país como changa para obtener grandes ganancias y luego darse a la fuga. En el "sinceramiento" de las reglas para que quienes compran dólares tengan dólares (para atesorar o irse de viaje que en promedio mensual implican unos USD 2.700 millones) no dudó en avalar una depreciación del 60% en el año y tasas de interés del 45% anual que ahogan a cualquier empresa pequeña o comercio.
La inflación mensual de agosto según consultoras privadas rondará el 4%, impulsada por las subas de precio reguladas y la depreciación de la moneda. El Banco Central no se ocupa de ella, Hacienda la fogonea y el FMI se queda con el manejo de la política monetaria.
En una entrevista reciente a TN el ministro del interior, Rogelio Frigerio, dijo sobre las denuncias por el pago de coimas "no tapan los problemas económicos, los explican". La correlación reemplaza a la casualidad en el discurso de Cambiemos, pero entonces que empiecen a explicar ¿cómo? Cómo por ejemplo el precio de la manteca pasó de $ 14,93 en marzo de 2015 (fuente: nota del diario La Nación, "Precios cuidados, cada vez más caros" del 16 de marzo) a $ 52 en junio de 2018 (según el último informe del INDEC) por la denuncia de Oscar Centeno.



