Buenos Aires (especial para NA por Pepe Eliaschev) - Los Estados Unidos dicen que es un presidente ¨impresionante¨. La corporación empresaria le entregó un masivo apoyo a la hora de aprobar la propuesta de pago a los acreedores privados.
En una semana, dos de los puntales del establecimiento más aborrecido por cierto progresismo, eligieron acariciar a Néstor Kirchner, en lugar de vituperarlo. ¿Qué fue lo que pasó?
Es que fue tan notable la oleada de calidez acercada por esos grandes centros de poder, que la novedad de la conjura denunciada por Kirchner como producto, dijo, de ¨los grupos económicos responsables del estado de cosas en la Argentina¨ suscitó más desconcierto que temor.
Conviene ser claro, negro sobre blanco: es cierto que de las fuerzas policiales federales y bonaerenses casi todo puede aguardarse en el plano del espanto.
En los últimos meses el bisturí presidencial escarbó sin anestesia en la tumefacta epidermis de unos cuerpos armados carcomidos por el delito y la marginalidad. Allí no queda, como se decía amargamente en los tempranos años ochenta, mano de obra ¨desocupada¨. Antes bien, es evidente que de la purga ha emergido una cantidad notable de gente armada, informada y experta, que ha vivido toda su carrera en los intersticios que vinculan a la ley con el hampa, fronteras a menudo gaseosas que se cruzan en
servicio activo como en retiro efectivo.
La definitiva gangsterización de cuadros policiales marginados de las instituciones no necesariamente supone un escenario de conspiración política activa contra el sistema democrático, ni mucho menos un ataque a las medidas que el Gobierno ha ido adoptando en materia económica, infinitamente más prudentes y realistas que lo que trasciende al habitualmente ingenuo imaginario popular.
Los elogios empresarios y norteamericanos no fueron efusiones gratuitas surgidas del melancólico clima otoñal.
La propuesta a los acreedores privados que tienen en sus manos pagarés oficiales del Estado argentino para valor de 81.200 Millones de dólares implicó mejoras sustanciales sobre la primera y seca iniciativa de Dubai en 2003. En este punto, el Gobierno hizo lo sensible y razonable: empezó desde una base muy dura para aflojar, como corresponde.
No hay que escandalizarse: esta es la sal y la pimienta de las políticas de Estado en toda negociación seria. Por eso, la Asociación Empresaria Argentina se congratuló y lo invitó a Kirchner a una comida especial.
El Presidente y Roberto Lavagna han exhibido una clara comprensión de las diferencias entre la retórica y las efectividades conducentes, y el sector más concentrado del capital así lo reconoció.
Cristiano Ratazzi, de Fiat, cuya admiración por el gobierno de Carlos Menem no es un misterio, me lo explicitó esta semana hablando en Esto Que Pasa por Radio Nacional, cuando dijo, ¨bueno, ahora sí, el Gobierno está hablando en serio¨.
Otro que tapizó de almíbar la Casa Rosada fue el emisario norteamericano John Maisto, que vino a Buenos Aires para decir públicamente que: (a) lo que Kirchner hizo con la Corte Suprema de Justicia es muy bueno, (b) la oferta argentina por la deuda es positiva, y (c) la decisión de enviar tropas a Haití ¨va bien¨.
Pero mientras estas mieles derramadas desde ámbitos juzgados como teóricamente hostiles a Kirchner edulcoraban la relación del Gobierno con el establishment, hechos a los que resulta arduo asociar coherentemente entre sí fueron ásperamente conectados por el oficialismo para construir el escenario de un contexto persecutorio preocupante. En este caso, empero, la plausibilidad de los argumentos del Gobierno es muy débil. Hay robos exasperantes y temibles, es cierto, pero muchos de los delitos hasta tienen una sugestiva carga de sarcasmo: se parecen mucho a esas acciones de guerra en las que una parte, más que ganar una batalla, se propone sobre todo humillar a su enemigo.
La situación de los ferrocarriles es seria e intolerable. El incendio intencional de Constitución no es broma, pero el Gobierno tiene a menudo la característica de no saber callarse cuando está falto de precisiones o, de lo contrario, hablar al menos con argumentos sólidos.
Las aclaraciones del secretario de Inteligencia de Estado, Héctor Icazuriaga, oscurecieron sin beneficio para nadie, sobre todo cuando respaldó sus hipótesis conspirativas sobre la base de una imperfecta y hasta risueña columna dominical de prensa largamente desmentida por la propia realidad.
Las opiniones del Gobierno sobre afirmaciones de economistas que militan activamente entre los melancólicos de los años Noventa sobredimensionan inútilmente el peso específico de unos enemigos que hoy no consiguen arañar a nadie, ni modificar la paridad del dólar.
Delitos, un incendio y algunas peroratas periodísticas que solo convencen a los convencidos no amontonan masa crítica suficiente como para suscitar temores de desestabilización. Impresiona, sobre todo, la coincidencia de situaciones que no pueden analizarse por separado.
El Gobierno se enorgullece de no tratar con ¨corporaciones¨ justo cuando las voces sensatas le reclaman más diálogo y menos omnipotencia, pero cuando tiene que hablar con los empresarios como sector sí dialoga (como corresponde) con la corporación que los agrupa.
Con los bonos pasó algo parecido: Kirchner y Lavagna habían hecho una oferta durísima pero atendible y no correspondía mayores efusiones anti-modelo ni seguir asegurando que no habría cambios.
Pero algo se modificó para ablandar el pétreo frente de los acreedores y las empresas con intereses en la Argentina saludaron el hecho como positivo.
El envío de efectivos militares a Haití es, por lo menos, cuestionable, aun cuando el panorama no es tan nítido como se dice desde el Gobierno, ni tampoco lo es como se alega desde la oposición que se niega a aprobar la autorización, liderada por la Unión Cívica Radical.
La nación caribeña está verdaderamente deshecha desde la sospechosa caída del presidente Jean-Bertrand Aristide y los casi 9.000 Efectivos de un contingente internacional encabezado por Brasil tienen como misión preservar el desarme de los civiles y garantizar una transición a una gobernabilidad democrática.
En tal sentido, participar tiene cierto sentido, sobre todo en función de la paz y del orden en ese trágico país.
Pero no es un picnic de primavera. En Haití deambulan bandas armadas y los efectivos militares podrían terminar haciendo de policía en las calles de un país donde no se habla castellano, algo que se rechaza en la Argentina cuando se sostiene que no debe militarizarse la lucha contra la delincuencia.
¿Por qué aquí no y allá sí? Hay una verdad rústica pero potente: a los Estados Unidos, atribulados por el desastre político en Iraq y justificadamente acusados de un unilateralismo y actuar al margen de las Naciones Unidas, le conviene y mucho que países como el nuestro se metan en el contingente que patrullará los villorrios haitianos, donde andan los ¨marines¨ hace ya varios meses, como pasó a lo largo de gran parte del siglo XX. Por eso vino el norteamericano Maisto a la Argentina.
A veces el Gobierno parece padecer una inmanejable compulsión a meterse el pie en la boca. Estos saques en falso tienen precio alto. En muchas ocasiones, más que malicia o ideas acabadas, lo que parece prevalecer es una mezcla explosiva de negligencia, desconocimiento e impetuosidad.
Se sabe, por ejemplo, que los mejores asesores de Kirchner admiten que la postulación del gestor Carlos Bettini a la embajada en España es un error político serio.
El Presidente es un hombre inquieto e informado que lee los diarios y mira TV (que se sepa, no escucha radio, lamentablemente), pero sin embargo ignora cuestiones o subestima otras.
Un altamente concentrado sistema de decisiones le impide a Kirchner que ciertas advertencias prematuras lleguen a destino.
Así, lo que es un atributo muy sano, la capacidad de enmendar errores y aceptarlos en público, puede derivar en un negativo y sistémico desdén por formas y requisitos.
Luego, la marcha atrás conlleva perjuicios innecesarios y, lo que es peor, deteriora la supremacía de los métodos institucionales, porque instala la fuerte percepción de que las decisiones son personales, inconsultas y turbulentas.
El Dr. Kirchner se halla en pleno desarrollo de su educación presidencial. Esta fase es progresiva y demanda sus tiempos, sobre todo para un político que el 25 de mayo de 2003 no dejó de pertenecer del todo a ciertos extramuros de la política grande y se maneja, además, con criterios de ingenuidad que asombran cuando son conocidos.
En muchas casos, en el Presidente parece prevalecer un pensamiento sencillo: Bettini, por ejemplo, serviría porque le ¨abre puertas¨ en Madrid, mientras que el cada día más insostenible Torcuato Di Tella, el secretario de Cultura al que no le parece prioritaria la cultura, todavía sigue siendo acreedor por haber escrito un libro en diálogo con el Dr. Kirchner.
Mientras la educación presidencial evoluciona, el clima de desasosiego conspirativo perjudica y deteriora, porque instala una cierta impunidad informativa.
En la materia, solo el rigor, la prudencia, la meticulosidad y
la inteligencia serán herramientas válidas.
Con su historia no tan remota de ataques y zancadillas al sistema que arrastra la Argentina, sería patriótico, además de astuto, no mentar inútilmente la desestabilización en la casa del desestabilizado.



