Que llueva, que llueva, la vieja está en la cueva... dice la canción popular. En la cueva hay osos, pinturas rupestres, estalactitas y estalagmitas, murciélagos que se cuelgan para dormir, alguna osamenta, tesoros olvidados y grafitis que tratan de eternizar un amor que ya murió. Las cuevas vip, como Altamira, tienen caja registradora en euros, las de acá tienen botellas plásticas y restos del fuego sagrado de las reuniones de los mochileros. También hay cuevas de ladrones, como las de Alí Babá de las Mil y una noches que se abren con un Abracadabra y otras, monitoreadas por cámaras de seguridad, en las que cambian dólares personas semisimpáticas, a las que puede entrar cualquier hijo de vecino. Hay cuevas famosas dónde se toca rock and roll y quedan en territorios de ultramar y las secretas, dónde sólo entran los iniciados y están cerca de casa. Los Misterios Eleusinos griegos se celebraron por miles de años en las cuevas. Las doncellas le llevaban panes de miel a Perséfone, raptada por Hades y al regresar, predecían el futuro. Era la casa de Pitón, la serpiente. De ahí proviene la palabra pitonisa.
Hay cuevas y cuevas.
Cuenta le leyenda que en Japón, la diosa del Sol, Amaterasu, cansada de los hombres (póngale el emoticón que quiera) se escondió en una de ellas para nunca más volver. Los sabios de ése lugar no sabían qué hacer para disuadirla. Todo se moría sin su calor y su luz. Hasta que uno de ellos tuvo la brillante idea de hacer música, se pusieron a bailar y cuando ella salió a pizpear a ver qué pasaba, se vio encandilada por un espejo. Rápidamente los traidores taparon la cueva con una piedra. Chau plan de Amaterasu para abandonar éste mundo. Así nació el shintoísmo, la religión del emperador japonés, quién dice ser descendiente directo de la diosa Sol.
Fabiana Daversa
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