Encontrar la semilla del comportamiento violento de niños y jóvenes es la clave para cambiar esta sociedad actual que ha normalizado la convivencia con la violencia.
Asumimos que los niños "son crueles" por naturaleza. Es "normal" que insulten al niño de las gafitas, al gordito o al extranjero de la clase porque "los niños son malos". Según el doctor Dr. Antonio Andrés Pueyo, un 7% de los escolares maltrata a sus compañeros de forma regular, y un 9% suele ser víctima. Los picos de edad de estas conductas están en los 7 y los 13-14 años.
También consideramos "normal" que los adolescentes sean ariscos, retadores e, incluso, lleguen a cometer actos vandálicos. Un 6% de los jóvenes se convierte en agresor o violento persistente y la gran mayoría realiza alguna vez conductas anti-normativas y violentas.
La ciencia desmiente la idea de que la violencia es innata
Pero la violencia no es innata, sino que es aprendida. Luis Rojas Marcos, profesor de psiquiatría de la Universidad de Nueva York, asegura que aunque la agresividad sí que puede ser innata y nos ayuda en nuestra supervivencia, la crueldad y la violencia se aprenden. Según Rojas Marcos, las semillas de la violencia se siembran en los primeros 10 años de vida (etapa de enorme neuroplasticidad en la que el cerebro cuadruplica su tamaño).
¿Qué factores nos impulsan a ser agresivos?
1. La exposición a la violencia durante la infancia
Estar expuesto a situaciones violentas en los primeros años de vida es un importante factor de riesgo a la hora de generar niños y jóvenes violentos. A pesar de esto, tradicionalmente hemos considerado que una educación autoritaria, basada en la contención mediante el castigo, incluso el castigo físico, es la única capaz de controlar esa supuesta violencia innata en nuestra naturaleza y dar como resultado adultos pacíficos adaptados a la vida en sociedad. La psicóloga suiza Alice Miller denuncia los estragos que causa en el niño una educación que, apoyándose en la idea de que "te castigo por tu propio bien", anula su voluntad y lo convierte en un ser dócil y obediente, al tiempo que lo conduce a una repetición de los actos: el niño al que han pegado, amenazado y humillado, en el futuro amenazará, pegará y humillará a su vez.
2. El estrés de la madre influye en la conducta agresiva del niño
Pero las semillas de la violencia se siembran ya desde la etapa primal, esto es, desde la concepción hasta el primer año de vida. Sabemos que el estrés sufrido por la madre durante el embarazo aumenta la posibilidad de que su hijo desarrolle desórdenes de conducta, agresividad y ansiedad.
3. Los conflictos paterno-filiales
James Prescott nos demostró en los años 70 que las sociedades más pacíficas son las que más respetan esta necesidad primal de los bebés de estar en contacto físico con su cuidador. La costumbre imperante en nuestra cultura de mantener a los bebés lejos de nuestro cuerpo, obligándolos incluso a dormir en solitario, les genera estrés y esto puede superar su capacidad de adaptación, lo que se considera otro factor de riesgo significativo a la hora de desarrollar comportamientos violentos tanto durante la niñez como en la vida adulta.
Por lo tanto, si queremos una sociedad pacífica debemos plantearnos un importante cambio de paradigma. Los bebés gestados, nacidos y criados en ambientes no estresantes que colmen sus deseos primales se convertirán en niños que no arrastrarán carencias y, por lo tanto, tendrán una mayor predisposición para la convivencia pacífica, la empatía y el amor.



