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» Este artículo corresponde a la Edición del sábado, 12/jun/2004 de La Auténtica Defensa.

Que se vayan todos
Por Armando García Rey




LA PLATA, (Especial para AIBA). Hay una casi obsesiva tendencia a la generalización, especialmente extendida a las definiciones concretas. Es una forma -la mejor o la más hipócrita-, de evitar el riesgo de las individualizaciones, los nombres y apellidos. Generalizando se alude a todos sin nombrarlos sin mencionar a nadie. Queda flotando la idea de que cualquiera puede ser el culpable, el señalado, el responsable, uno entre tantos.

Y no hay posibilidad de error o equivocación porque tampoco hay precisiones. Se dice pero no se puede probar. Aunque todos saben de quien se trata, cual es el culpable. Por eso, por las dudas, porque no hay pruebas, se dice ´al voleo´, generalizando. Que se ponga el sayo a quien le caiga. Y si no que la duda flote. Nada de investigar. Con la simple sospecha alcanza para apuntar y disparar sin hacerse cargo si hay daño o error. Total, habrá olvido si no hay perdón.

Que se vayan todos. Ahora que todo aumentó menos los salarios que tironean para el temido lado de la pobreza. Y todos los policías son iguales. Y los políticos. Y los curas. Los economistas, los jueces y fiscales. Y militares, piqueteros, médicos y abogados. Todos iguales. El burro y el gran profesor. El derecho y el traidor. Generalizados, globalizados. En el mismo lodo. Todos manoseados.

Que se vayan todos. ¿Por qué? ¿Dónde? Es admitir que todos se equivocaron, que todos son corruptos y culpables todos del fracaso. Que no necesita demostración. Está la vista.

Que se vayan todos. También los que lo piden para quedarse más solos, más tranquilos, sin competencia. O mejor, que se vayan todos los que acusan sin pruebas y con la conciencia oscurecida. Los que generalizaron el fracaso y globalizaron la corrupción. Los que no se quieren ir. Los que le ponen edad a la honestidad, la capacidad, la eficacia. Cómo si el problema pasara por allí.

Que se vayan todos, de la boca para afuera, claro. Si se quedan los amigos o favorecedores, todo bien, sin problema. Entonces, que se queden. Calladitos, escondidos, a buen resguardo. Desensillados hasta que aclare. O se apaguen los ruidos de las quejas y protestas.

Así no vale, es juego sucio, seguir mezclándolo todo en el mismo lodo: el de los manoseados. Y da pie para imaginar que los generalizadores de turno recurren a la hipocresía y al palabrerío para sacar chapa de renovadores que vienen a poner orden donde no hay.

Claro que nunca se atreverían a pedir que se queden todos si todos son los honestos, los capaces, los maduros que todavía no vendieron su alma al diablo. No entraría en los planes de quienes tratan de conquistar con frases hechas y lugares comunes. Lo peor es que a veces, muchas veces, lo logran. Ocurre cuando nos toman por estúpidos. Cosa que hacen con frecuencia.

Que se vayan, pero en serio. Que se vayan los que se tienen que ir por lo que hicieron y lo que dejaron de hacer. Son los mismos que pasan a los demás las facturas de sus exilios.

Que se vayan para nunca más volver.

Sin embargo, habrá que echarlos porque solos no se van. Y no es cuestión de violencia.

Apenas de energía y de poner las cosas en su lugar. En el que corresponde que estén y no siempre están.


 
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