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» Este artículo corresponde a la Edición del domingo, 16/dic/2018 de La Auténtica Defensa.

Charlas en el café:
La falacia del aula meritocrática
Por Vicente Blasco




Caminar es una de las formas que encuentro más igualitaria a la hora de hacer una actividad física: no necesito ningún tipo de indumentaria especial. Puedo hacerla en cualquier lado, puedo realizarla en soledad o acompañado por otro o por varios. Ni siquiera el tema climático es un impedimento para caminar. Digo esto para explicar que sigo caminando cada día un poco más tiempo y, por ende, más distancia. Para que realmente tenga un efecto saludable, hay que hacerlo a paso firme y al menos 30 minutos. Llegar al café, ahora, significa haber concluido con la rutina autoimpuesta de cada mañana, pero también es una oportunidad que me permite abstraerme y pensar en de qué va la vida y esas cosas.

"¡Buen día, Perro! ¿Cuándo te vas a sumar a mis caminatas?" le expresé, primero para que se diera cuenta que lo mio empezaba a conformarse como un estilo de vida y, segundo, para saber que pensaba el al respecto.

"Gracias pero paso, macho. Hace rato que mis rodillas me abandonaron. Debe haber sido por mis horas de trote, de la que alguna vez me hice adicto hasta pasarme de rosca o, también, porque los años no vienen solos…" me remarcó, señalándome con el dedo el pelo blanco que cubría su cabeza y, que se denotaba también en su barba incipiente de no rasurarse seguido.

"Venía pensando en una boludez que apareció en un video de YouTube, que hablaba un poco el concepto meritocracia. Un profesor de Economía les dice a sus alumnos que a partir de ahora va a unificar las notas: sería el promedio de todas, con la intención de demostrar una teoría. Así, los resultados del primer examen son tres diez, dos nueve y cuatro seis. Es decir, el promedio fue ocho. En el segundo examen, los de que habían sacado diez creyendo injusto que se promedie su esfuerzo, no se esforzaron tanto; mientras que los que no habían sacado buena nota pensaron que otra vez se verían beneficiados por los mejores. Así fue que los resultados fueron 4 ochos, 3 seis y un cuatro; es decir promedio fue 6, y esa nota se les puso a todos. Para el tercer examen, el fastidio de los mejores era tan grande, que entendieron que su esfuerzo no tenía sentido; así que decidieron no estudiar para la prueba y los resultados fueron categóricos: 5 siete, 2 cinco y 2 cuatro, llevándose todos dos décimas debajo de 6. Como corolario, el profesor explica a los alumnos que quedaba demostrado que el resultado de sus pruebas (cada vez más negativo) se debía a la falta de motivación personal y en una extrapolación a la política, esto mismo sucede en el socialismo: la falta de incentivo y de competencia da como resultado una falta total de eficiencia. ¿Qué me contás?..."

El Perro, que me había estado escuchando atentamente, me miró y no dijo una palabra. Dio vueltas a la cuchara dentro de la taza, lentamente, como buscando una respuesta. Volvió a mirarme sobre su hombro derecho e inmutable, no decía ni medio. "¿Qué me mirás así? Te hice una pregunta…" le volví a insistir, algo molesto por su actitud y a la vez desconcertado.

"Mirá Vicente, no importa mucho lo qué yo pienso. En todo caso, lo que más importa es lo que te hizo pensar eso a vos. No me parece un mensaje ni didáctico y mucho menos inofensivo. Si lo traés a la mesa es porque te ha movilizado y mucho. Por eso te miro, trato de entender cuál fue el efecto en vos" dijo sin dejar un minuto de revolver un café al que, dicho sea de paso, ni siquiera le pone azúcar o endulzante. Lo toma amargo.

"Bueno, no te lo voy a negar. Creo que la conclusión es razonable y el mensaje es claro: la gente tiene diferentes rendimientos y también algunos más compromiso que otros. La forma de puntuar parece bastante injusta y llevado a las empresas podríamos concluir que sin competencia no hay superación ni en la calidad y tampoco mejora en los precios, ya que las hace ineficientes" dije, con la sensación de estar explicando una obviedad.

"Bueno, es exactamente lo que el video quiere hacerte creer. Me recuerda a una parte de la película Martín Hache, cuando Federico Luppi dice: ´Son muy hábiles los fachos, son unos hijos de puta. Pero hay que reconocer que son inteligentes, saben trabajar a largo plazo´. No sé si esa era la respuesta que esperabas, pero es lo que me sale" dijo el Perro, ahora si tomando del pocillo, que más que cortado a esa altura era un mareado.

"Bueno, tampoco es para que me hables así. El video habla de lo que más o menos pensamos todos. Esperaba un poco más de profundidad de tu parte, la verdad es que me decepcionaste Perro", le dije.

"OK –me contestó- ahora no te voy a relatar un video. Sólo te voy a contar una historia, al modo de la vieja escuela, cuando no había internet ni tu bendito YouTube. Suponé que vamos en un colectivo lleno de gente por un camino de cornisa. El mismo derrapa y queda con dos ruedas en el vacío y también la puerta de salida hacia el abismo. El chofer no sabe qué hacer, la gente empieza a desesperarse. Un error grupal los llevaría a caer varios metros hacia abajo y la muerte sería inminente. Los sentados del lado contrario al precipicio tienen la intención de salir por la ventana, pero esto no haría otra cosa que generar un mayor desequilibrio y, aunque algunos se salvarían otros caerían seguramente sin remedio. Entonces, el chofer; tratando de hacer algo pensante dentro de la desesperación de todos, les dice: ´Tranquilos, un movimiento en falso y morimos todos. Si los de este lado salen por las ventanillas, algunos podrán salir pero la mayoría caeremos´. En ese momento, uno de los pasajeros sugiere: ´Salgamos por la parte trasera o delantera´, mientras otro aporta: ´No, mejor quedémonos sentados esperando ayuda´. Casi en el fondo, del lado de las ventanillas más favorecidas, un pasajero da su manera de ver: ´Sugiero que los que están del lado del precipicio se muevan lentamente hacia este lado, pasen por encima nuestro y salgan por las ventanillas mientras nosotros, los que estamos de este lado, nos quedamos sosteniendo el peso del colectivo. La segunda instancia, no sin riesgos, será nuestra salida que la haremos de adelante hacia atrás; ya que este vehículo tiene motor trasero y la cola del colectivo es la que más sobre el camino se encuentra´. Todos pensaron que esa era una muy buena idea y comenzaron el proceso, que por suerte fue exitoso. Ahora te pregunto yo a vos ¿Qué te parece?" me indagó el Perro.

"¿Esta es tu respuesta a mi pregunta o te fuiste para otro lado? Me parece una linda historia aunque no creo que sea real. Me doy cuenta que me querés dar a entender que la gente trabajó solidariamente y le dio resultado y con esto avalar el trabajo en común por sobre el individual. ¡No me subestimes!" le mandé un poco molesto, porque me pareció que me tomaba el pelo.

"Vicente, esta historia es mucho más profunda y tiene que ver con tu primera historia. Te explico: El profesor habilitó con su historia una falacia, porque parece verdad pero no lo es. El tipo sociabilizó las notas, pero siguió utilizando un método individualista de evaluación y también de calificación. Es decir, que promediar las notas estaba fuera de contexto. Parece que su reflexión es buena, pero en realidad el planteo está mal hecho y por lo tanto el resultado es una falacia. Ahora en el caso que yo te plantee, extremo además; a una problemática general se le aplicó una solución socializada. El resultado, aunque podría haber sido adverso, era el mejor; de eso no cabe duda. Con esto quiero decir que solo podemos evaluar grupalmente cuando sociabilizamos también el problema" me resumió el Perro.

Pedí otra vuelta de café y un juguito de naranja para cada uno. "¿Mirá que no tengo más plata Vicente?, pedí para vos solo", me dijo el Perro. "Dejá, Perrín... esta vuelta la invito yo. Te lo ganaste", le dije y esbozó una pequeñísima sonrisa.

Vicente Blasco / tiovicenteb@gmail.com


 
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