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» Este artículo corresponde a la Edición del miércoles, 19/dic/2018 de La Auténtica Defensa.

Te hago el cuento:
La tradición literaria de los cuentos de Navidad
Por Marisa Mansilla






Marisa Mansilla

La Navidad tiene una larga tradición cultural en Occidente y hace referencia a la fecha de nacimiento de Jesús de Nazareth el día 25 de diciembre, que no se encuentra registrada ni en el Antiguo testamento ni en el Nuevo Testamento (la Biblia), pero que se hallaba comprendida entre las festividades que los europeos llevaban a cabo desde el 21 de diciembre ante la llegada del solsticio de invierno. Sin embargo, la misma Biblia y teniendo en cuenta el nacimiento de Juan el Bautista, hijo de Isabel y Zacarías, sacerdote que oficiaba en el templo de Jerusalén, y de Jesús, hijo de María y nacido seis meses después, se estima la fecha de este último en alguna noche entre los meses de septiembre y octubre (inicios del otoño) en que por el clima más benigno los pastores sí podían cuidar a sus rebaños al aire libre, cosa que difícilmente hubiera podido ocurrir en el mes de diciembre. Otros cálculos, a partir de los Manuscritos del Mar Muerto rectifican la fecha de nacimiento de Jesús en septiembre-octubre ( fecha en que para la cultura judía representa Yom Kipur o el Día del Perdón) y en la que se supone que Zacarías recibió el anuncio del nacimiento de su hijo Juan, que se produciría en el mes de junio siguiente, por lo que se vuelve a establecer como fecha del nacimiento de Jesús efectivamente la del 25 de diciembre; y hay también quienes apoyan en cambio la hipótesis de que la fecha correcta del nacimiento de Jesús sería la del 6 de enero.

Pero más allá de los diferentes criterios para establecer la fecha de nacimiento , lo que hoy en día se sostiene es el sentido que la Navidad tiene entre múltiples culturas y congregaciones religiosas, aún aquellas que la rechazan por considerarla una festividad pagana. Con tradiciones diversas (armar el arbolito, iluminarlo, preparar platos especiales, comprar regalitos para los chicos, entre otros) la Navidad expresa un deseo de armonía y convivencia amorosa familiar y social, y en el hecho de compartir la tradición de la fiesta con la familia y quizás también con los amigos más queridos, está el dar y recibir amor y el disfrutar de las cosas de la vida y sólo por eso ya es muy valiosa.

En la literatura, los "cuentos de Navidad" también son una tradición cultural importante. Desde Dickens hasta Joyce, y tantísimos otros autores europeos y latinoamericanos escribieron cuentos de navidad para niños, para adultos, terroríficos, filosóficos, eróticos, fantásticos, maravillosos, y todos los subgéneros del cuento que puedan imaginarse.

El norteamericano Ray Bradbury, en la línea que cultiva de la ciencia ficción imagina un cuento magnífico:

"El día siguiente sería Navidad y, mientras los tres se dirigían a la estación de naves espaciales, el padre y la madre estaban preocupados. Era el primer vuelo que el niño realizaría por el espacio, su primer viaje en cohete, y deseaban que fuera lo más agradable posible. Cuando en la aduana los obligaron a dejar el regalo porque excedía el peso máximo por pocas onzas, al igual que el arbolito con sus hermosas velas blancas, sintieron que les quitaban algo muy importante para celebrar esa fiesta. El niño esperaba a sus padres en la terminal. Cuando estos llegaron, murmuraban algo contra los oficiales interplanetarios.

-¿Qué haremos?

-Nada, ¿qué podemos hacer?

-¡Al niño le hacía tanta ilusión el árbol!

La sirena aulló, y los pasajeros fueron hacia el cohete de Marte. La madre y el padre fueron los últimos en entrar. El niño iba entre ellos, pálido y silencioso.

-Ya se me ocurrirá algo -dijo el padre.

-¿Qué…? -preguntó el niño.

El cohete despegó y se lanzó hacia arriba al espacio oscuro. Lanzó una estela de fuego y dejó atrás la Tierra, un 24 de diciembre de 2052, para dirigirse a un lugar donde no había tiempo, donde no había meses, ni años, ni horas. Los pasajeros durmieron durante el resto del primer "día". Cerca de medianoche, hora terráquea según sus relojes neoyorquinos, el niño despertó y dijo:

-Quiero mirar por el ojo de buey.

-Todavía no -dijo el padre-. Más tarde.

-Quiero ver dónde estamos y a dónde vamos.

-Espera un poco -dijo el padre.

El padre había estado despierto, volviéndose a un lado y a otro, pensando en la fiesta de Navidad, en los regalos y en el árbol con sus velas blancas que había tenido que dejar en la aduana. Al fin creyó haber encontrado una idea que, si daba resultado, haría que el viaje fuera feliz y maravilloso.

-Hijo mío -dijo-, dentro de medía hora será Navidad.

-Oh -dijo la madre, consternada; había esperado que de algún modo el niño lo olvidaría. El rostro del pequeño se iluminó; le temblaron los labios.

-Sí, ya lo sé. ¿Tendré un regalo? ¿Tendré un árbol? Me lo prometieron.

-Sí, sí. todo eso y mucho más -dijo el padre.

-Pero… -empezó a decir la madre.

-Sí -dijo el padre-. Sí, de veras. Todo eso y más, mucho más. Perdón, un momento. Vuelvo pronto.

Los dejó solos unos veinte minutos. Cuando regresó, sonreía.

-Ya es casi la hora.

-¿Me prestas tu reloj? -preguntó el niño.

El padre le prestó su reloj. El niño lo sostuvo entre los dedos mientras el resto de la hora se extinguía en el fuego, el silencio y el imperceptible movimiento del cohete.

-¡Navidad! ¡Ya es Navidad! ¿Dónde está mi regalo?

-Ven, vamos a verlo -dijo el padre, y tomó al niño de la mano.

Salieron de la cabina, cruzaron el pasillo y subieron por una rampa. La madre los seguía.

-No entiendo.

-Ya lo entenderás -dijo el padre-. Hemos llegado.

Se detuvieron frente a una puerta cerrada que daba a una cabina. El padre llamó tres veces y luego dos, empleando un código. La puerta se abrió, llegó luz desde la cabina, y se oyó un murmullo de voces. Entraron en el cuarto y la puerta se cerró; el cuarto realmente estaba muy oscuro. Ante ellos se abría un inmenso ojo de vidrio, el ojo de buey, una ventana de metro y medio de alto por dos de ancho, por la cual podían ver el espacio. El niño se quedó sin aliento, maravillado. Detrás, el padre y la madre contemplaron el espectáculo, y entonces, en la oscuridad del cuarto, varias personas se pusieron a cantar.

-Feliz Navidad, hijo -dijo el padre.

Resonaron los viejos y familiares villancicos; el niño avanzó lentamente y aplastó la nariz contra el frío vidrio del ojo de buey. Y allí se quedó largo rato, simplemente mirando el espacio, la noche profunda y el resplandor, el resplandor de cien mil millones de maravillosas velas blancas."

Las viejas tradiciones que nos comprometen a mejorar y renovar esperanzas de poder construir una humanidad más sensible y un mundo mejor son buenas aquí y en cualquier tiempo y planeta.

Marisa Mansilla/ Taller Álgebra y Fuego / marisamansilla2000@yahoo.com.ar


Para Bradbury, mirar un cielo plagado de estrellas y en las condiciones adecuadas, puede ser un regalo de Navidad perfecto.

 
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