En la cocina no se podía estar. Según los noticieros, ese 24 de diciembre la temperatura había alcanzado los treinta y nueve grados. Ahora era de noche, pero podría jurar que todo el calor de la tarde se había encajonado adentro de casa. Y, para colmo, el horno estaba prendido al máximo. Se me hacía muy complicado mantenerme en pie."¿Para qué me comprometí en cocinar este pollo? En la rotisería de la otra cuadra los hacen mucho mejor que yo", pensé con bronca.
Con la transpiración metiéndose en mis ojos, empuñé la cuchilla grande para trozar el pollo. La había afilado un par de horas atrás. Era mi cuchilla favorita. Y así de afilada, era capaz de cortar una barra de acero. No imaginé que, a Nahuel, mi hijo de seis años, se le iba a ocurrir poner la mano en la bandeja. Le rebané el índice y el dedo gordo. Limpitos. La noche buena había comenzado no tan buena. Chorros de sangre, gritos y llantos. Uno de los dedos había quedado en la bandeja y parecía apuntarme. El otro cayó al suelo. Marina, mi mujer, me echó la culpa enseguida: "Sos un animal", gritaba. "Nadie lo mandó a tocar el pollo", decía yo. Nahuel se ponía cada vez más pálido. Laureano, su hermano cuatro años mayor, intentaba detenerle la sangre con un trapo rejilla. Pero todo era inútil. Debíamos llevarlo al hospital. El reloj marcaba las diez en punto.
Cuando lo subimos al auto, parecía desmayado. Laureano se quedó en casa por decisión mía; no sería bueno para él ver a su hermano en ese estado. Mi mujer iba sentada atrás con Nahuel. Pisé el acelerador a fondo, aunque me daba la sensación que el hospital quedaba cada vez más lejos.
Comenzó a convulsionar. La espuma que le salía de la boca era espesa y bien blanca. Yo observaba la desagradable escena por el espejo retrovisor mientras manejaba. "Se está muriendo", gritaba Marina, entre llantos ahogados. Sentí como mis piernas se aflojaban y la vista se me nubló. Todavía no recuerdo el último tramo del trayecto. Quizá mi memoria quiso que se borrara.
"No hay nada por hacer, está muerto. Perdió demasiada sangre", dijo el médico en la guardia.
Marina se desvaneció y a mí me volvió la laguna mental. Fueron horas en blanco. Solo sé que mi idea era cocinar un pollo y no entiendo cómo, pero terminé asesinando a mi propio hijo.
Ahora se venía lo peor, lo más desgarrador: ir a casa y decirle a Laureano que teníamos que velar y enterrar a su hermanito. Abrimos la puerta y lo encontramos tirado en el suelo. Tan pálido como su hermano un rato antes. Y con un pedazo de pollo al lado de su cuerpo helado.
La autopsia confirmó que se atragantó con un pequeño hueso un rato después de que fuéramos al hospital. Esa noche buena no hubo regalos en el arbolito. Y atravesamos la navidad velando a nuestros hijos.



