El miércoles 2 de mayo del presente año, "La Auténtica Defensa" y quien suscribe periódicamente este artículo hicimos un debut riesgoso: sostener un artículo de crítica de literatura semanal apuntando al vasto lectorado que tiene el diario. En lo personal significaba una oportunidad y a la vez un desafío y por ambas cosas agradezco públicamente al diario así como también a sus lectores con quienes de diversas maneras me fui encontrando y me fueron alentando. Y así fue como arrancamos comentando la Caperucita Roja en las conocidas versiones infantiles , pero también en la recreación que hace Lina Meruane en "Las infantas" y hablamos de Shakespeare y de leer a los clásicos, de "El mercader de Venecia" y "La tempestad", de Sófocles y su "Edipo rey", de las mujeres en algunos cuentos de Jorge Luis Borges, de Pauline Melville y sus cuentos de "La migración de los espíritus", de la novela "Herejes" de Leonardo Padura, de "Milena", la biografía escrita por su amiga Margarete Bubber-Neumann de esta mujer que en el campo de concentración recuerda entre otras cosas su conflictiva relación sentimental con Franz Kafka, de Silvina Ocampo y Liliana Heker, de Mariana Enríquez y sus cuentos de "Las cosas que perdimos con el fuego", de Samanta Schweblin y el horror de lo cotidiano, de "El proceso" de Kafka y el absurdo del poder, de "Fruta podrida" de Lina Meruane, de las chicas y los chicos de Julio Cortázar ante el matrimonio , de los viajes y Cervantes y la literatura que España nos legó, de Bertolt Brecht y la vigencia de su obra, de las representaciones del sistema de justicia en la literatura, de la vida de Clarice Lispector y volvimos a Cortázar para no dejar nunca de jugar a la "Rayuela", y al premio Nobel de literatura 2017 Kazuo Ishiguro y su novela "Los restos del día" y al cuento de Navidad de Ray Bradbury. O sea y para sintetizar: desde esta óptica parcial, un paseo intenso y variado.
En este último artículo fechado en el 2018 volvemos a Samanta Schweblin, una escritora argentina muy joven – tiene sólo 40 años -, y de la que ya comentamos a partir de su colección de cuentos "Siete casas vacías", "Nada de todo esto", "Mis padres y mis hijos" y "La respiración cavernaria". En octubre de 2018 apareció publicada por el sello Penguin Random House su última novela "Kentukis" en la que, tanto en los planteos de los temas que aborda como en la dinámica y progresión narrativa, evidencia cambios con respecto a sus trabajos anteriores, inclusive con su breve novela anterior "Distancia de rescate".
Un kentuki tiene la apariencia de un animalito de peluche, puede ser un conejito, un pequeño dragón, un topo, un cuervo, una lechuza,… que se desplaza por los ambientes de una casa o inclusive el exterior gracias a unas pequeñas ruedas que tiene en su base. En sus ojos, hay una cámara mediante la cual puede observar, seguir a su dueño y hasta entrometerse en los espacios más privados si es que no se le imponen límites. El kentuki fue pensado como un juguete inteligente para niños, adolescentes y adultos de variadas edades y estados, es caro ( sólo las personas de determinado poder adquisitivo pueden al principio acceder a él) y a la vez expresivo de un alto desarrollo tecnológico, se conecta a una tablet y sus usuarios pueden efectivamente cumplir con las funciones que este aparato y el juguete le ofrecen que son constituirse en el "amo" que lo adopta y que debe conectarlo a la base periódicamente para que no se agote y concluya la conexión lo que afecta a su supervivencia y lo deja absolutamente fuera de servicio, y en "ser un kentuki" que lo coloca en otra posición, ya no de mascota sino de curioso voyeur que al conectarse con otro kentuki, observa la vida de otro "amo" azaroso y desconocido que puede estar en cualquier lugar del mundo y con el que puede hablar haciendo uso de un traductor incorporado en su sistema , ya que el mercado que comercializa el producto es internacional, cada vez crece más y por lo tanto se producen nuevos y más sofisticados modelos se amplía la cooptación de usuarios y hasta se genera un comercio ilegal y paralelo que incluye usados a precios más módicos.
Pero más allá de las características técnicas de estos juguetes, que a cualquier lector le puede recordar los pasados años del "tamagotchi" como mascota virtual que apelaba a la protección casi maternal de sus dueños, así como también le referencia la indomable pulsión escópica presente en "El gran hermano" , en su necesidad ontológica de querer verlo todo, así como de ser mirado ( yo soy el que puede verlo todo y asimismo soy en tanto soy mirado, así es como me demuestran los demás que registran mi existencia). El kentuki expresa también lo tratado por Freud en su ensayo sobre "lo ominoso" en el sentido de cómo lo horroroso y terrorífico además de ser lo extraño y secreto puede ser también lo cercano y familiar y los pequeños peluches que siguen a sus dueños para verlos en el baño o en la cama rozan lo ominoso. Presagian un futuro próximo en el que el hombre y lo producido por él gracias al desarrollo tecnológico favorezcan el estrechamiento de vínculos que pueden resultar inquietantes, alienantes, cuando no amenazantes y un mundo totalmente distópico donde los límites entre lo público y lo privado ha sufrido corrimientos peligrosos. En esto Schweblin es maestra.
Los personajes que vertiginosa y fugazmente aparecen y sólo algunos de ellos reaparecen en la novela nos hablan también de su soledad, de la falta de vínculos sentimentales sólidos y profundos con los hijos, con la pareja, de ambiciones ocultas, celos, de un renovado y problemático erotismo, de riesgos, de la necesidad de evadirse de realidades angustiantes, de raptos de insospechada violencia que los llevan inclusive a destruir a sus kentukis y finalmente parecieran encontrarse todos en un estado de desequilibrio y orfandad insuperable. Y quizás sea éste el costado más flaco de la novela: la profundidad lograda por la autora en la construcción lúcida y aguda de los personajes de sus cuentos con sus respectivas historias se difumina aquí debido al vértigo, la brevedad y segmentación narrativa. La veloz sucesión de las voces de los personajes narradores y sus relatos se queda en la superficie y hacen que la trama se vuelva repetitiva y zozobre. No obstante Schweblin es sin lugar a dudas una escritora con depurado oficio y seguramente encontrará lectores entusiastas para esta novela, que hace una fuerte apuesta a recuperar vínculos humanos menos virtuales y más sólidos, presenciales y satisfactorios.
Felicidades y los mejores deseos en el final del 2018 y en el inicio del 2019.
Marisa Mansilla/ Taller Álgebra y Fuego / marisamansilla2000@yahoo.com.ar
En su nueva novela, Schweblin confronta a sus lectores con la falta de vínculos sentimentales sólidos y profundos.



