Llegué a Koval un poco más temprano que de costumbre. La verdad es que no veía la hora de encontrarme con el Perro y preguntarle cómo fue eso que viajó a Montevideo para ver al Ché Guevara… pero tampoco me quería arrebatar. Evidentemente, es un tema que lo tiene muy guardado y no se lo confía a cualquiera.
"¿Qué te pasa que me mirás así y no decís nada?", me dijo el Perro después de un rato de haber llegado. "Nada… ¿por?", le contesté con mi mejor tono neutro, en un esfuerzo por no venderme. "Nada, nada… parecés mi señora. Decíme qué te pasa porque no tengo ganas de jugar a las adivinanzas…" me dijo en tono paternal, pero con esa mirada asesina que le conocí el otro día.
"¿Me vas a contar?", pregunté…
"¿Qué cosa? Si no me decís…", me contestó pero sobrando la situación. El Perro sabía perfectamente qué quería que me cuente. "Ya sabés… ¡lo del viaje a Montevideo y el Ché Guevara!", le dije casi en voz alta. A Macarena se le cayó una tasa al suelo y gritó: "¡No pasó nada… mala mía!" mientras que con la mirada parecía pedirme disculpas.
"Paráaaaaaa… ¡bajá la voz! Mirá lo que le hiciste hacer, pobre piba… Aparte, no es ningún delito pero hablar del Ché a boca de jarro no es para cualquier boliche. ¿Te lo tengo que explicar? ¿A vos te parece?", me dijo regañándome y continuó casi murmurando: "Mirá, el viaje existió. Pero no vamos a hablar de esto aquí y ahora. Te adelanto lo que te dije el otro día: yo era un nene de secundaria. Me llevaron. Así que tranquilizáte un poco: fui testigo de un par de cosas y nada más…"
"¿Pero estuviste con él? ¿Lo viste en serio?", insistí. "No, lo ví en Montevideo… Sí. Lo ví. Yo iba como una especie de mascota. Cuando me lo presentaron, me acarició la cabeza y me dijo: ¿Sabés cuál es la cualidad más linda de un revolucionario?" El Perro y se quedó callado. Como mirándome sin ver, casi en trance… Pasaron, no sé, 15, 20 segundos, y enganchó: "Cuando se enteraron, mis viejos me querían matar. Se pensaban que estaba de campamento con unos amigos… pero era otra época, otra gente. En realidad mi viejo estaba orgulloso de mi aventura. No es como ahora, que ningún lugar es seguro. Hablando de irse de campamento, ¿No viste lo que pasó en Miramar, la supuesta ciudad de los niños, en Año Nuevo?"
"Seeee… y para colmo el jefe de la policía tardó un siglo para hacer las diligencias que pidió la Fiscal. Pobre nena… ¡14 años! ¿En qué estaban pensando esos boludos?", le dije.
"Bueno, ahí tenés… no te voy a decir que todo tiempo pasado fue mejor, porque si no, nadie hubiese escrito Caperucita Roja. Pero el caso de Miramar, es un espejo de lo que nos pasa y nos va a seguir pasando; de la mano del alcohol y las drogas. Los pibes y las pibas están entrando cada vez más temprano al tema. Sobre todo al alcohol. Y por supuesto esto no justifica ni en pedo lo que hicieron esos flacos, que quizás se coman una pena entre 8 y 20 años. Estamos creando la ciudad de los niños eternos… ¿A vos te parece? Sí, ¡De los niños perdidos! Así estamos y parece que a nadie le importa. ¿Y a ella? ¿A la piba de 14 años? Seguramente le lleve toda una vida superarlo", cerró el Perro y se había puesto colorado.
Me recordé de chico, comiendo los panqueques de Mickey, junto a mis viejos. La bicicletas tiradas a un costado de la casa, porque nadie tocaba nada. Miramar era como un gran pueblo familiar, donde unos cuidaban a otros. ¿Cuándo y qué nos pasó? Me acordé del caso de Valentina Urbano, drogada y violada en Campana. Las balas pican también pican cerca...
Vicente Blasco / tiovicenteb@gmail.com



