El período inter guerras mundiales en Italia (1933-1936) y la agudísima crisis económica, Mussolini con su política autoritaria, su aterrador sistema represivo y la invasión de Italia a Abisinia (Etiopía, África), referida en la canción "Faccetta nera" con letra de Renato Michele, el proletariado urbano femenino (costureras de día – prostitutas de noche a pesar de las recomendaciones del Duce acerca del lugar social que debía ocupar la mujer), la miseria y la vida cotidiana privada del acceso a los bienes más básicos para la supervivencia, la Iglesia católica inquebrantable en la rigidez de su dogma pero no obstante lugar de refugio y consolación atávico para los creyentes más humildes, los barrios más pobres y oscuros de la ciudad de Roma con sus tabernas lúgubres y un inusual paseo recorriendo los comercios de la via Nazionale son algunas de las circunstancias que no están en primer plano o en foco en la novela "La romana" (1947) de Alberto Moravia (1907-1990).
Sin embargo, son el fondo histórico político, económico, social y cultural en el que transcurre la historia de su protagonista Adriana. Con veintiún años y narradora desde la primera persona Adriana dará curso a un relato autobiográfico que se iniciará cuando a los dieciséis años su madre la inició como modelo de desnudos artísticos de pintores de la ciudad de Roma exhibiéndola de manera bochornosa como una mercancía y la condujo sin ninguna reserva moral y con una avidez y violencia atroz a la prostitución.
Desmoronadas sus expectativas de un mejor futuro tras un fatal desengaño amoroso, será la propia Adriana quien decidirá dedicarse a la prostitución como lo hacía una suerte de amiga/enemiga, Gisela, también modelo de pintores y verá pasar a sus habituales clientes girando alrededor suyo como muñecos o figuras repetidas de calesita.
De lo que sí habla prioritariamente la novela es de la exposición feliz o desgraciada del cuerpo de la mujer como objeto usable y también desechable, sometido más al deseo sexual de los demás que al propio – en este caso el de Adriana-, víctima de abusos, violencia y el desprecio de la sociedad de moral burguesa. En el inicio de la segunda Parte de la novela, Adriana y Gisela regresan caminando del Corso y advierten que un auto las sigue: "Oímos cómo el coche tomaba la misma dirección y después, con los faros encendidos, se nos plantó delante, envolviéndonos en un haz de luz blanca. Era como si aquella claridad nos desnudara, clavándonos a la húmeda pared entre los carteles descoloridos y arrancados en parte. Nos detuvimos…" Nuevamente son ellas mismas y sus cuerpos formando parte de las imágenes descascaradas de los avisos publicitarios, mercaderías expuestas en la vía pública que se ofrecen para el consumo en una sociedad moralista y a la vez pornográfica.
En este contexto, los lectores de la novela podemos llegar a preguntarnos cómo logra Adriana ser, no obstante, una joven bastante inocentona, ilusa, entusiasta y hasta generosa y complaciente con todos sus clientes y entre ellos los personajes más oscuros de la novela que la maltratan psíquica y físicamente sin sentimiento de culpa. Pero ella llega a justificar todos los atropellos de los que es víctima con una bondad increíble y una conciencia de clase lúcida y desalentada que la lleva por momentos a la angustia existencial.
" - Soy una puta, una mujer de la calle, nada más… Si me quieres, tienes que aceptarme como soy."
En conversación con su amado Giacomo, él le plantea:
" –Creo que te contradices…¿No dices siempre que querrías ser rica, tener una bonita casa, un marido y unos hijos? Estas cosas son justas y aún es posible que las obtengas, pero no las obtendrás razonando de este modo. Yo contesté : -No he dicho que querría, sino que hubiera querido… O sea que, si antes de nacer, hubiese podido elegir, desde luego no hubiera escogido ser lo que soy, pero he nacido en esta casa, de esta madre, en estas condiciones y en fin de cuentas soy la que soy."
[…] "En aquellas horas de soledad llegaba siempre un momento en el que me sorprendía un intenso extravío. De pronto me parecía percibir con una clarividencia glacial toda mi vida y a mí misma como de una vez… Me decía a mí misma : ‘Muchas veces traigo aquí un hombre que sin conocerme me ha esperado en la noche…Enredados el uno al otro, luchamos sobre esta cama como dos enemigos…Después me da un pedazo de papel con un color y un grabado determinados…El día siguiente cambio ese pedazo de papel por comida, vestidos y cosas semejantes’… Entonces comprendía que mi angustia no se debía a las cosas que hacía sino, más profundamente, al escueto hecho de vivir, que no era ni malo ni bueno, sino sólo doloroso e insensato."
Moravia va logrando con esta novela un trabajo profundo y minucioso en la construcción de personajes y ubica a su personaje Adriana en la línea que le dejaron otros personajes femeninos de siglos anteriores que desafiaron también las reglas impuestas al género como Moll Flanders de Daniel Defoe, Emma Bovary de Gustave Flaubert, Anna Karenina de Leon Tostoi y Nora Helmer de Henrik Ibsen. También va dosificando la marcha del relato que indaga sobre lo social, lo político, lo filosófico y hasta se acelera con un final policial que castiga con la muerte a quienes violentaron a Adriana.
Un aspecto curioso en la novela es la religiosidad practicada por Adriana y que ella lleva a practicarla a personajes tan anticlericales como lo son su propia madre y Giacomo, de quien se ha enamorado de manera sumisa y hasta servil. Después de iniciarse sexualmente con quien había sido su novio va a la iglesia a confesarse y se identifica beatíficamente con la imagen de la Virgen María, su rostro sereno, dulce, de madre amorosa y ricamente vestida constituye un ideal de maternidad que contrasta grotescamente con su propia madre y al finalizar la novela, la imagen de la Virgen vuelve a cobrar una significación de relevancia, ahora Adriana está embarazada y la espera de su hijo la lleva a abjurar de su pasado de prostituta y prometer ante la imagen y sobre todo ante sí misma un giro en su vida que quizás la conduzca a la vida que deseaba. En definitiva, hay en "La romana" un final atisbo de optimismo y no es poca cosa en la literatura cuya protagonista se apartaba del modelo de mujer permitido.
Marisa Mansilla/ Taller Álgebra y Fuego / marisamansilla2000@yahoo.com.ar
Moravia ubica a su personaje Adriana en la línea que le dejaron otros personajes femeninos de siglos anteriores, que desafiaron también las reglas impuestas al género.



