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» Este artículo corresponde a la Edición del miércoles, 19/jun/2019 de La Auténtica Defensa.

Te hago el cuento
Oscura monótona sangre
Por Marisa Mansilla






Marisa Mansilla

"Nunca sabré nada de mi vida, // oscura monótona sangre.// No sabré a quién amaba, a quién amo, //ahora que apretado, reducido a mis miembros, // en el dañado viento de marzo // enumero los males de los días descifrados. // Ya vuela la flor magra // de las ramas. Y yo espero // la paciencia de su vuelo irrevocable."

Éste es uno de los epígrafes que encabezan la novela de Sergio Olguín, "Oscura monótona sangre", se trata del poema "Ya vuela la flor magra" del poeta italiano Salvatore Quasimodo, representante del movimiento hermético y Premio Nobel de Literatura en 1959. El poema en su hondura no es sólo una elaborada pero sutil metáfora de la biología, nos alcanza y nos interpela: ¿sabemos en realidad quiénes somos? ¿A quién amamos y a quién hemos amado?¿cómo nos fuimos construyendo a nosotros mismos en la vida? ¿Para quiénes, para qué? ¿Qué nos queda por esperar en un presente más destemplado? Es un poema que plantea cuestiones propias de un hombre maduro que puede mirar para atrás y adjudicar al vuelo errático de "la flor magra", podría ser una anémona del bosque llamada "flor del viento", los sentidos que darían respuesta a tales preguntas y que se han dispersado pero que son, no obstante, irrevocables.

De la reflexión metafísica que propone el epígrafe, el lector llega sólo con la simpleza de dar vuelta la página a la historia bien física, concreta y fatal del protagonista, Julio Andrada, un pujante empresario que de adolescente, como quien más, viajaba colgado de los colectivos cuando la muerte de su padre lo llevó a tener que abandonar sus estudios secundarios en el industrial para ingresar en la fábrica de sanitarios del viejo Ramírez en Avellaneda, trabajo que antes había ejercido su progenitor. ¿Quién era entonces? ¿Quién llegó a ser? Ya convertido en el dueño de la fábrica por la generosidad de Ramírez, de Lanús se mudó con su esposa a Parque Patricios y se compró un Fiat 125, de Parque Patricios se mudó a Almagro al nacer su hija menor y en el presente propio del relato ya vivían en un amplio y lujoso piso en Barrio Norte; ya no era un hincha fanático de Huracán ni deseaba volver al estadio Tomás A. Ducó a ver a su equipo. "Era la avenida Alcorta la que lo atraía silenciosamente. Si unos meses más tarde, cuando todo hubo acabado, le hubieran preguntado en qué momento de su vida se había sentido más vivo habría dicho: manejando por la avenida Amancio Alcorta en mi auto, desde Colonia, a Sáenz, cada mañana de la semana, salvo los jueves que llevaba a Miguens, ese nene de mamá convertido en mi contador". El narrador nos avisa que la historia que va a contar ya tuvo su final pero que si el protagonista supuestamente interrogado acerca del "sentirse vivo" hubiera tenido que dar una respuesta, haría mención a la amplia avenida que lo llevaba a los barrios de la infancia y adolescencia de los que se había alejado, así como también de su familia de la que se avergonzaba debido a que un tío suyo para salvar de la cárcel a su hijo había vendido todo y estaba viviendo en la villa 15. Sentirse vivo podía ser ver la villa desde la avenida, que le ofrecía una panorámica de esos escenarios de humildad y pobreza antítesis de su presente inserción social y por lo mismo origen de su orgullo y envanecimiento personal.

La conversación ocasional entre unos camioneros que escucha en la Parrilla "Roberto Mouzo" en Pompeya lo llevan a anoticiarse acerca de cómo ellos tienen conocimiento de diversas redes de trata de personas de todo el país y países limítrofes espeluznante, así como también hacen referencia a unas adolescentes de la villa 21 que se ofrecen precozmente y luego compran droga. La idea lo perturba de tal manera que no deja de pensar en las excusas necesarias que dirá a su mujer para ausentarse y recorrer las calles adonde ya sabe que podrá encontrar a estas prostitutas. Todas las maniobras necesarias fueron calculadas y finalmente allí encuentra a Daiana con quien hace los primeros tratos, y el impacto de esta nueva sexualidad lo encandila de tal manera que su nombre le irá resonando en cada momento en los días siguientes "daianadaianadaianadaianadaiana". Ahora "sentirse vivo" adquiere otro significado y su vida se bifurcará: su esposa y su hija menor, estudiante de psicología en el piso de Charcas, mientras su hijo mayor se encuentra haciendo un doctorado en economía en EE.UU. y Daiana en una casita que piensa comprarle en Lanús adonde podrían encontrarse asiduamente y con menos riesgo que en la villa.

Y la historia que narra la novela lógicamente progresa, y progresa hacia la veta de la criminalidad, la violencia, la muerte, la "inseguridad" que tanto declaman los medios responsabilizando a los de la villa, a los cartoneros, a los más pobres de quebrar el orden y la paz social, tal como lo entienden los sectores hegemónicos. Pero también avanza hacia los extremos más patológicos de la obsesión, las pulsiones irrefrenables y el deseo sexual que no encuentra dique ni racionalidad que lo sujete o contenga.

Sergio Olguín, nacido en Bs.As. en 1967 y licenciado en Letras obtuvo con esta novela el Premio Tusquets en su V edición de novela del año 2009 por un jurado que estuvo integrado por Juan Marsé, Almudena Grandes, Jorge Edwards, Elmer Mendoza y Beatriz Moura "por la magnífica resolución de una trama de obsesión y doble moral, pasión y conflicto social en la que se ve envuelto el protagonista, un hombre ejemplar hecho a sí mismo, dispuesto no obstante a traspasar todos los límites por una relación inconfesable". Pero modestamente creo que habría que agregar por su intenso y atrapante ritmo narrativo, por la oralidad de sus personajes que desnudan una coloquialidad cruda (aunque no responda a lo que algunos sectores consideren como el "buen uso del lenguaje") y por un estilo duro y descarnado que no deja al lector impasible ante los planteos que la historia va desarrollando. Olguín mismo expresó :"Sería la contracara de "Cabecita negra" de Germán Rozenmacher porque ya no son los cabecitas negras que acechan la casas de los burgueses para conseguir lo que no tienen, sino las clases medias que se meten en la villa para buscar lo que no tienen: sexo".


La novela de Olguín es desesperanzada. La tensión entre clases sociales no se sintetiza ni se suaviza, y la degradación moral y la caída es un destino inevitable para su protagonista.


Marisa Mansilla/ Taller Álgebra y Fuego / marisamansilla2000@yahoo.com.ar


 
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