Buenos Aires (especial para NA por Pepe Eliaschev) - Impresionan las diferencias. En las antípodas geográficas de la Argentina, la gira presidencial pareció redundar en impecables ganancias, pero -sobre todo- en esa limpia recaudación de prestigio, seriedad, confiabilidad y solvencia que suscitan los países que son serios en serio.
Acá, a 12 horas de disparidad horaria, abundaban -como es habitual- los exabruptos, la crispación permanente, la sensación de vivir siempre aferrados al último arbusto antes de caer en el abismo absoluto.
Serenidad y confusión, lógica y arrebato, calma y tempestad, elegancia y tosquedad, extremos de una contradicción desatinada que mortifica la capacidad nacional de abandonar la precariedad proverbial de un país sin aliento, definieron una vez más los merodeos de la Argentina, tierra de disparidades emocionales sin límite.
Una mirada interesada y siniestra quiere proyectar la imagen de un país en el pleno hervor de la anarquía. Medios poderosos e infatigables reiteran que la Argentina es un país descontrolado y aposentado en el caos, cuya sociedad solo sabe desobedecer y cuyos factores de poder viven al margen de la legalidad. Dicen que, justo ahora, la Argentina es un paraíso de la violencia, agredido todos los días por amenazas, intimidaciones y operaciones extorsivas imposibles de sujetar.
La verdad está muy distante de esa foto retocada y artificial. Es evidente que las heridas sangrantes de un vendaval social sin antecedentes agreden la mera aspiración de respiración normal para encarar la salida del infierno.
Hay elementos de verdad poderosos en ciertas sensaciones de inseguridad. El Gobierno lo comunica de manera espantosa, por sus habituales limitaciones para esa tarea, pero la Argentina padece, sin embargo, mucho de esa sensación térmica de estar mucho peor de lo que estamos verdaderamente.
No es el de la Argentina un padecimiento unilateral. Si es cierto que hay núcleos arcaicos de desesperanza militante, siempre prestos para asesinar hasta la más módica preparación espiritual necesaria para que el país salga de la sala de cuidados intensivos, también lo es que una perversa compulsión suele empujarnos a un pesimismo venenoso e infundado.
En sus 25 meses en el poder, la administración de Néstor Kirchner se ha esforzado exitosamente por ahuyentar amigos y por engordar fantasmas. Es lo que Natalio Botana define como producto directo (y deliberado) de asociarse a ¨tradiciones históricas que apuntan a despreciar la ley y afincar la clave del éxito en una suerte de movilización permanente capaz de desbordar los límites legales¨.
Enojados de modo primitivo con muchas de las restricciones que la democracia representativa impone al accionar de un gobierno decidido, los hombres del Presidente parecen resueltos a cuestionar en los hechos lo que Botana define precisamente como ¨la legitimidad del método representativo¨, y las consecuencias que implica aceptarla.
Tan tenue es el pegamento que une la realidad política con las formalidades constitucionales, que la Argentina tiene hoy un vicepresidente decorativo y otro verdadero.
El presidente Kirchner se va dos semanas de viaje y se encarga de que se comunique esa realidad aldeana: entre su teléfono satelital desde Beijing y Shangai y la omnipresencia de Alberto Fernández aquí, Daniel Scioli no tuvo más remedio que procurar no ser solo un verdadero jarrón chino en un departamento de un ambiente. El poder queda, en las efectividades conducentes, transformado en la alternativa concreta a las instituciones.
Hay una violencia latente y otra desencadenada en instancias cada vez más habituales. Mientras que el Gobierno reitera su letanía de no ¨criminalizar¨ la protesta ni ¨judicializar¨ a la militancia social, un hecho se advierte con potente contundencia: los flecos de la locura se cuelan en las instancias aparentemente menos ideológicas.
La sangre derramada en incidentes que en todo el mundo quedarían consignadas a la crónica policial, acá se convierte en fenómeno político incuestionable, como si el obsceno desequilibrio del ingreso generado por el ramplón capitalismo argentino fuese la causa directa de que haya alcohol, droga y locura violenta sin fronteras en las madrugadas bailables de los boliches del país.
La reiterada trasgresión a las normas que configuran la filigrana profunda del estado de derecho (o sea, el gobierno de la ley) se ha naturalizado de manera asombrosa.
La contestación sistemática a un capitalismo razonablemente acusado de esencialmente injusto e intolerable, ha fecundado una vida cotidiana donde hasta cruzar un semáforo en rojo puede ser exhibido como una honrosa batalla contra ¨el poder¨.
¨El hambre y la falta de trabajo es violencia¨ define Beatriz Sarlo, pero sostiene que ese hecho (que ¨el hambre y la falta de trabajo son condiciones atroces, inaceptables¨), no quiere decir que automáticamente sean ¨violencia de la misma índole que la represión con cárcel, tortura y muerte¨.
Durante muchos años se procuró apaciguar las denuncias contra los errores del Estado terrorista con el alegato de que la guerrilla de izquierda volcada a la violencia demencial era ¨tan¨ responsable como las Fuerzas Armadas en la guerra sucia que ensangrentó al país desde, por lo menos, 1955 y hasta 1983.
Supimos que esa era una postulación insostenible, cínica y criminal: el Estado tiene prohibido ejercer el terror contra sus ciudadanos. ¿Hay ahora, acaso, otra teoría de los dos demonios? ¿Acaso justifican las secuelas devastadoras del neoliberalismo que todo tipo de acción sea presentada como una batalla contra la desigualdad?
El Gobierno tiene serias y valederas razones para hacer hasta lo imposible por evitar que desde el Estado se activen las letales minas que han sido sembradas en este país. Se siente obligado a apretar los dientes y a quitarle el cuerpo a tentaciones que, aun desde la legalidad más impecable, serían trampas mortales.
Los cadáveres de Santillán y Kosteki son un punto de no retorno. Pero desde la Casa Rosada, donde no falta gente leída y ducha en las cuestiones de la ley, parece haberse perdido casi toda fe en la fuerza legítima del Estado de Derecho, una cuestión que está lejos de ser una mera preocupación cosmética.
Así como el estado que presenta la ciudad de Buenos Aires, que nunca estuvo tan sucia ni tan descuidada, sobre todo al sur de la avenida Rivadavia, que es la parte de la Capital a la que siempre le toca perder, es por ahora el más feroz desmentido a los grandes anuncios que vive haciendo el gobierno de Aníbal Ibarra, la Argentina como país envilece su vida cotidiana con una dicotomía imposible: no puede haber conductas punibles que sean amnistiadas y otras que sean castigadas.
Ese desprecio discrecional por la ley, basado en consideraciones sociales, alimenta ya la vulnerabilidad de la República. No es fácil: Kirchner debe inventar una legitimidad legal de su estilo de gobernar, ejerciendo la autoridad de manera distendida y efectiva, pero articulando firmeza con verdadero apego a los rasgos tradicionales (e inexcusables) de la política: acercándose, procurando denominadores comunes.
Es muy bonito que Luis D´ Elía visite todo el tiempo la Casa Rosada, pero el Presidente todavía no tuvo la delicadeza de hacerles servir café en su despacho a Angel Rozas, Elisa Carrió y Ricardo López Murphy. Después del dislate del discurso ¨emocional¨ en la ESMA, el Dr. Kirchner le pidió disculpas por teléfono a Raúl Alfonsín y le anunció que en pocos días lo llamaría para dialogar. Alfonsín todavía está esperando.
Hace 28 años, a una semana del golpe que depositó a las Fuerzas Armadas en el poder formal, el jefe radical Ricardo Balbín habló por la ¨cadena¨ nacional de radio y TV. Se formulaba, melancólicamente, preguntas aparentemente cándidas: ¨¿por qué los argentinos vamos a hacer tantas cosas mal?¨; ¨¿por qué somos tan torpes que no encontramos nosotros, los hombres de la civilidad, los caminos profundos del quehacer y del realizar?¨. Treinta años después de la muerte de Perón, esas preguntas siguen siendo pertinentes.
Lejos de los complots y de las sobreactuaciones que siempre exhiben más fragilidad que fortaleza, el presidente Kirchner regresa de una gira presidencial muy positiva, con resultados fiscales colosales en el frente interno y necesitado más que nunca de reprimir el gatillo fácil de la retórica incendiaria.
Aunque parezca mentira, el viento sopla de cola. Es hora de armonía política y de ejercicio práctico de la proclamada lealtad a las instituciones. La democracia ¨de opinión¨ es taquillera, pero muy peligrosa. En medio de tanta exclusión social, es el momento de la inclusión política.
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