Buenos Aires (Especial para NA por por Pepe Eliaschev) -- Necesarias hasta lo indispensable, en la Argentina las palabras hacen a menudo más daño que otra cosa. Con ellas se formalizan disputas de colosal agresividad, pero que -una paradoja esencialmente argentina- solo quedan en eso, en aire caliente, en pura sensación térmica.
Aunque su caso es muy delicado porque es el ciudadano encargado de dirigir al país, Néstor Kirchner no es el único militante de la verborragia que suele empachar a este país.
Por debajo de él, compiten con tenacidad funcionarios e interpretadores varios que, desde luego, están en todo su derecho de opinar, si no fuese porque -en muchos casos- su tarea principal es producir hechos y organizar realidades, no comentarlas.
Y así está la Argentina, siempre atosigada por la imposibilidad de diferenciar a los hechos del espeso jarabe dialéctico que los empasta y los torna irreconocibles.
En menos de 13 meses de gobierno, por ejemplo, el Presidente produjo una revolución cultural notable con la postulación y designación de tres nuevos ministros de la Corte Suprema de Justicia.
Con Raúl Eugenio Zaffaroni, Elena Highton de Nolasco y Carmen Argibay, esta Corte, presidida además por el Dr. Enrique Petracchi, marca un cambio sustancial con el penoso tribunal armado por el gobierno de Menem a partir de 1989.
Piénsese en los jueces que partieron, para que sus sitiales fuesen ocupados por Zaffaroni, Nolasco y Argibay: Julio Nazareno, Eduardo Moliné O´Connor, Guillermo López. Dos países, dos historias. ÉSta es una Corte claramente marcada por una visión fuerte de los derechos humanos y las garantías civiles.
Los nuevos integrantes incorporan una intensa preocupación por el respeto escrupuloso de la Constitución Nacional y por una afirmación nítida de la división de los poderes.
Son, además, producto de un proceso de selección sin precedentes, donde la prerrogativa presidencial de postular a los miembros de la Corte tuvo que someterse a un proceso de escrutinio nunca jamás recorrido.
Más allá de los juicios que cada uno de los tres nuevos jueces pueda merecer. Y dos de los tres jueces exhibían flancos opinables, dentro de un alto nivel de competencia individual), el criterio de Kirchner ha sido de una audacia significativa comparada con lo que se hacía antes, y sin mellar el mérito del gobierno de Raúl Alfonsín, que designó una Corte de singular autonomía política.
Pero con exasperante frecuencia, el Gobierno deshace con su uso irrefrenable de los medios lo que logra construir en términos institucionales.
Una palabra utilizada por Alfonsín en España y que no formará parte de su antología selecta (habló de hacer ¨redadas¨ preventivas de gente violenta para erradicar lo que se percibe como amenazas piqueteras) lo sacó de quicio a Carlos Kunkel, el hombre que despacha desde la Casa Rosada bajo la mirada fría y amenazante de Juan Manuel de Rosas, un retrato del ¨ilustre restaurador de la leyes¨ que parece simbolizar el ideario de este hombre catapultado desde el efervescente peronismo revolucionario de los años Setenta.
El propio Presidente tuvo que desmentir a Kunkel, luego que éste dijera que Alfonsín buscaba ¨sangre y represión¨.
Kunkel dijo lo que dijo 24 horas antes que el Gobierno tuviera que recurrir a 18 votos no propios pero indispensables en el Senado (10 de los cuales eran radicales) para poder confirmar a la Dra. Argibay en la Corte con un total de solo 42 senadores, sobre los 71 que tiene hoy la cámara.
En números, esto quiere decir que el justicialismo solo movilizó a 24 de sus 41 senadores para nombrarla a Argibay.
Un tercio del bloque del PJ le dio la espalda al Presidente. La vida misma le demostraba al Ejecutivo la necesidad de tomar conciencia de sus debilidades y limitaciones en materia de construcción política y, por eso, asombra la virulencia elemental de hombres como Kunkel y la rápida reacción del Presidente para desautorizarlo. Lo relevante, sin embargo, es que la impronta retórica a menudo se devora a los propios conmilitones de tal práctica.
Nada demasiado diferente de la pasión pertinaz que anima al obispo de La Plata, monseñor Héctor Aguer, cuyas filípicas y acciones lo han convertido hace ya muchos años en referencia y cabeza indiscutida del sector más conservador y fundamentalista de la Iglesia Católica argentina, para lo cual se expresa personal y sistemáticamente a través del Canal 9 de televisión.
Aguer expresó esta semana de manera pública una preocupación llamativa por el orden público, mientras que el presidente de la Conferencia Episcopal, monseñor Eduardo Mirás, aprovechaba la importante cumbre del Mercosur ampliado en la provincia de Misiones para conjeturar que la Argentina se estaba pareciendo a Colombia, donde -según él. ¨Cada uno hace lo que quiere¨.
El vicepresidente de Colombia, Francisco Santos Calderón, que representaba a su país en la reunión del Mercosur, no anduvo con vueltas cuando me atendió, la tarde del jueves 8, en mi programa ¨Esto Que Pasa¨ por Radio Nacional, y me confesó estar ¨aterrado¨ por la imagen que la propia televisión argentina da sobre la realidad de este país y, sobre todo, por los secuestros. ¨Ustedes se parecen a lo que era Colombia hace 20 años¨, me dijo.
En el festival de las palabras incontenibles, se vive el disparate de una sociedad civil prisionera de sus exabruptos verbales. El Gobierno no derrama precisamente delicadezas sobre estas asperezas dolorosas. El Dr. Kirchner volvió a recurrir a una de sus proverbiales y sorprendentes alusiones que desconciertan, cuando, redondeando una semana donde había ¨surtido¨ a variados molinos de viento, dijo desde Rosario que ¨hay algunos que hace mucho tiempo están en la vida pública y hoy parecen paracaidistas húngaros, como si hubieran llegado ayer¨ vociferó.
Me cuesta imaginar la reacción de la embajada local de la bella y pequeña Hungría, pero si de ir a los prontuarios se trata, no le hizo ningún gran favor al Presidente el secretario de Medios de la Casa Rosada, Enrique Pepe Albistur, cuando la semana pasada, interrogado por un periodista por su apoyo en los años Noventa a las tan condenadas privatizaciones del gobierno de Carlos Menem, replicaba que aquel ¨era un momento muy loco del país, en que si estabas en contra de la privatizaciones eras un atrasado¨.
¿Albistur paracaidista húngaro?
Casi todas las cosas importantes, se procesan fuera del torneo de vilipendios lingüísticos a los que se suele consagrar gran parte de la tripulación gubernamental.
Las medidas de restricción de importaciones industriales emitidas por Kirchner y Roberto Lavagna, por ejemplo, ponen negro sobre blanco una cuestión de inexorable actualidad: según dirigentes industriales como Federico Nicholson, ¨hoy, de cada cien productos industriales que se comercializan en la Argentina, un veinte por ciento es de origen brasileño. En Brasil solo el tres por ciento es de origen argentino¨.
Es bastante previsible: Brasil exporta 2,5 veces el monto de lo que vende la Argentina al mundo y su producto interno bruto prácticamente quintuplica al de nuestro país. ¿Es ese desequilibrio comercial una derivación directa de la asimetría monumental entre las dos economías? ¿Puede la Argentina revertir la tendencia e ir hacia un tipo de vínculo más equilibrado?
Ahora es el turno de la negociación, en la cual el sereno aporte del ministro Lavagna es, como siempre, primordial.
Las restricciones puestas en los renglones de la línea blanca de electrodomésticos son razonables y han sido bien acogidas por los fabricantes locales, pero se trata de medidas puramente coyunturales que de ninguna manera equivalen a una política global para evitar que Brasil y la Argentina recorran caminos imprevisibles y puedan desarrollar así sus propios crecimientos, de manera convergente y complementaria.
Como en todas las situaciones de importancia, la educación presidencial va asumiendo lentamente la necesidad de edificar una gobernabilidad sostenida en base a la llamada ¨democracia de opinión¨.
El Gobierno y sus amigos más fieles se quejan cuando se les reclama dialogar y creer en serio en la política. Sostienen que es necesario construir otro sistema de decisiones, no basado en lo que ellos llaman - despectivamente- ¨la vieja política¨. En la Casa Rosada creen a pies juntillas que los partidos son ¨corporaciones¨.
Se emocionan con ciertas opiniones de afuera: esta semana, el presidente venezolano Hugo Chávez me dijo que lo que Kirchner está haciendo en la Argentina forma parte de una ¨una revolución en América Latina, he visto al pueblo argentino resucitado y en revolución. No tengo otra forma de calificar eso, como una revolución. Yo reconozco en el presidente Kirchner una fuerte carga nacionalista, una fuerte carga latinoamericanista¨, remató.
El Presidente encabeza, empero, un gobierno de pragmáticos. No es de buen tino tomar todas y cada una de sus palabras al pie de la letra, porque de ellas surge con frecuencia un nacionalismo virulento y una manera de gobernar bastante intemperante.
Pero si algo ha sabido demostrar siempre el peronismo es su preocupación por adecuarse a las necesidades reales, sin mayores remilgos. Lo penoso es que un ejercicio virtual teóricamente inocuo se convierta con llamativa insistencia en el peor enemigo de un Gobierno. Eso podría llegar a desembocar en la concreción de una profecía autocumplida.
Obsesionado por las palabras y alérgico a ser percibido como excesivamente dialoguista, puede concluir desacreditando todavía más a la virtud suprema del diálogo público.
Sólo un profundo e irresuelto complejo de inferioridad aleja a las personas de la gratificante necesidad de pedir ayuda. La soberbia, en casi todos los casos, es el nombre de la inmadurez.
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