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» Este artículo corresponde a la Edición del miércoles, 15/ene/2020 de La Auténtica Defensa.

La Frontera
Por Omar Morgante




Remedios oyó retumbar la tierra. Unos alaridos de guerra y una nube de polvo antecedieron al malón. No tuvo tiempo de suspirar. Una mano tallada por el sol del desierto la tomó desde el caballo corriendo al límite. Enfilaron hacia el fondo del cielo incendiado. Vanamente trató de soltarse mientras el corazón desbocado de Curimán sonaba a parche batido. Los brazos transpirados del salvaje le mojaron el vestido a la altura de la cintura y una mancha de orín le entibió las ancas.

Despertó sobresaltada. A su lado, Ignacio roncaba. Ya no pudo volver a dormirse. El dormitorio permanecía a oscuras. Sólo la hebilla del cinto de su marido brillaba a cuenta gotas. Podía adivinar el lugar exacto donde el espejo estaba esperando las primeras claridades del día. El contraste con el vértigo del sueño la perturbó. Dos años atrás se había casado por mandato paterno y ahora pertenecía a la aristocracia criolla. Ser la esposa del capitán Ignacio San Juan ocupaba el centro de su vida social.

El sábado la servidumbre dispuso la mesa para tomar el té debajo de los enormes árboles de la estancia. Sus amigas, la mayoría esposas de militares de alto rango, vinieron a pasar la tarde. La conversación atravesada por trivialidades las llevó a hablar del ataque a una finca vecina, a sólo diez leguas. Los indios dejaron la tierra arrasada, quemaron el casco principal y se llevaron hacienda y mujeres. Remedios repentinamente se calló haciendo equilibrio en el filo de su pensamiento.

Levantando la mano el cacique detuvo la marcha. A sus espaldas, el capitanejo y el resto también se pararon en seco. La dejó en el suelo y se bajó; inmediatamente, como un animal al acecho en una cacería, se acostó poniendo la oreja contra la tierra. Dijo algo en pampa y volvieron a montar. Ella ya no se resistió cuando la alzó en vilo. Cabalgaron entrando en el anochecer.

En algún lugar de la intemperie, una lechuza con su chistido la estremeció. Bajo las mantas, su propio cuerpo caliente le pareció ajeno. Abrazó a Ignacio. No estaba enamorada. Recordó a su madre diciéndole que el amor llegaría con el tiempo. Cada vez que su marido regresaba cansado, a ella le gustaba disponer las cosas para el baño y sacarle las botas. El olor a cuero era un perfume grato a su intimidad de mujer. Quizás eso fuera parte del amor en camino, pero no lo sabría nunca.

El capitán San Juan partió temprano rumbo a la línea de fortines. Remedios, desde la ventana, lo siguió mirando y hasta que en un punto se lo tragó la inmensidad. Ordenó que la criada le sirviera el té y retomó la lectura de Echeverría.

Hicieron noche cerca del pajonal. Encendieron una fogata, tomaron abundante aguardiente y sobre unos cueros se fueron quedando dormidos. Ella también se estaba por abandonar al sueño cuando Curimán la llevó al pajonal. Sin dar vueltas, la desnudó dando fuertes tirones que desgarraron su ropa. A pesar del miedo frente a semejante despojo, Remedios sintió que su sexo mojado latía abriéndose, más allá de su voluntad. Curimán la arrojó al pasto y la penetró sin tomar resuello. Remedios cerró los ojos y gimió clavándole las uñas en el lomo. Curimán se derramó en silencio.

La cama matrimonial era inmensa. Ignacio aún no había regresado. Extrañó los ronquidos de gato de su esposo. Entreabrió las piernas suavemente, por debajo de las bragas metió su mano, acariciándose. Luego se puso la almohada entre las piernas y la apretó con fuerza, se dio vuelta boca abajo y se frotó jadeando a sus anchas.

Su esposo volvió polvoriento y cansado. Le sacó las botas dejándose envolver por el olor a cuero con un dejo de sudor de caballo. Preparó la tina de baño con agua tibia y lo enjabonó llena de deseos contenidos. Cenaron servidos por la negra Carmen. Ya en la cama, Remedios dio rienda suelta a su lujuria. Ignacio tuvo ante sus ojos a una mujer desconocida que tomó la iniciativa y, en pleno coito, se oyó la voz del capitán, entre quejidos, llamándola puta.

Las mujeres y los niños de la toldería salieron a recibirlos. Curimán la llevó a su toldo hecho de ramas cubiertas con cueros. Allí se encontraba Ailén, que ni siquiera parpadeó mientras avivaba la escuálida fogata. Remedios supuso que era la mujer del indio. Se arrinconó sobre un montón de trapos y se durmió con todo el peso de su existencia.

Los días pasaban lentos en la llanura. El domingo, tal era la costumbre, ella y su esposo asistieron a misa. La iglesia aunque precaria albergaba a todos los cristianos. Se quiso confesar. Y luego a solas en la humilde nave, frente a un Jesús de madera, se escuchó a si misma rezando.

A la tarde, durante la siesta, Ignacio la tomó a su manera. Ella esperó que terminara para salir al patio y seguir con su lectura.

En la toldería pasaba los días sentada al sol. Nunca había visto tanta miseria y, mirando al cielo, se preguntaba por qué Dios la dejaba abandonada en aquel páramo. Por las noches Curimán se emborrachaba y tomaba a ambas mujeres. Entonces, a pesar de la violencia del indio, sentía placeres que la llenaban de culpa. Ailén era un fantasma que cobraba vigor gimiendo en brazos del cacique. Quizás con el tiempo, ella misma se convertiría en una mujer sin recuerdos de la civilización, en una esclava más de Curimán, enviciada por el sexo y el aguardiente.

Dejó el libro sobre la mesa de luz. Se cepilló el cabello de espaldas a su esposo. Se desnudó completamente. Entró en la cama tocando y besando a su esposo con verdadera calentura. Quería ser poseída en ese instante, pero Ignacio la rechazó recriminándole sus modales poco convenientes para alguien de su clase. Avergonzada salió de la habitación dando un portazo.

Los indios volvieron de la caza con un venado y algunos ñandúes. Toda la toldería estuvo de fiesta. Hubo un gran fuego para asar los animales y corrió el alcohol. Esa noche con la panza llena se sintió aliviada. Cuando Curimán la tomó, estaba retozando con Ailén. Los tres se trenzaron como tientos gastados a punto de cortarse en medio de la nada.

Después de la discusión, se enteró de que el capitán San Juan se ausentaría por una semana de la estancia. Debía viajar a Buenos Aires por asuntos estrictamente militares. Remedios no se encontraba bien. Los problemas en su matrimonio la sumieron en una incipiente tristeza. Ni los encuentros para tomar el té con sus amigas lograban mitigar su pena. Su único refugio era la lectura. No pudo evitar las lágrimas al llegar a los versos finales del poema.

Ailén desapareció de su vida. Una noche Curimán se la llevó con un grupo de indios a caballo y nunca más supo de ella. Era un sentimiento sin nombre. Se sentía atraída por esa mujer poblada de silencios, a quien vio beber sangre del corazón de un venado. Durante la corta convivencia se comunicaron con miradas y sobrentendidos. Ambas toleraron las borracheras del cacique y compartieron momentos de zozobra. Ahora, en soledad, todo sería muy difícil, allí en ese lugar de la tierra que anticipaba el infierno. Salió del toldo (el hambre le estaba provocando alucinaciones) y se quedó mirando el horizonte con los ojos llenos de lágrimas.

Ignacio San Juan estaba sentado en su escritorio revisando papeles. Hacía unas pocas horas que había regresado. Escuchó la voz de su esposa que lo llamaba desde el dormitorio. Realmente la había extrañado. Una semana entre soldados fue suficiente para ablandarlo. Tenía deseos de acostarse con ella. Abrió la puerta, ella lo esperaba agazapada con el cabello suelto. Curimán apartó la botella de aguardiente de su boca en el mismo momento en que Remedios lo empezó a lamer de parado hasta endurecerlo y en un movimiento de agreste belleza lo montó en pelo. Con una sonrisa triste lo atrajo en un abrazo y le clavó el cuchillo en el centro de la nuca. Sus ojos se abrieron desmesuradamente y con un grito bestial se fue dentro de ella.


 
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