Más allá del compromiso confesional o creencias de cada uno, es innegable que año a año la Semana Santa es esperada por la gran mayoría de los argentinos: en un extremo tendremos a aquellos que reviven con gran devoción los singulares sucesos protagonizados por Jesús hace dos mil años y que fueron fundacionales para la iglesia cristiana.
Del otro, tendremos a quienes sólo piensan no mucho más allá de disfrutar de otro fin de semana largo que, si la familia incluye a niños entre sus integrantes, involucrará necesariamente el consumo de chocolate con forma de huevo o la (para mi gusto sobrevalorada) rosca de marras.
En el medio, podríamos hablar también del consumo o no de pescado y otras cuestiones y características de estos particulares días que en este 2020 también coinciden en el calendario con las pascuas judías o Pesaj, que conmemora la liberación física (dejan de ser esclavos de los egipcios) y espiritual del pueblo judío. Como sea, estaremos de acuerdo en que se trata de jornadas particulares que nos convocan, primordialmente, a vivirlas en familia.
Estas Pascuas en particular nos encuentra atravesándola en plena cuarentena o aislamiento social preventivo y obligatorio: Fieles que ni siquiera pueden congregarse en sus iglesias, familias que no pueden reunirse y celebrar, cantidades y cantidades de argentinos que dependen prácticamente de un bolsón de comida quincenal para poder subsistir mientras dure el estado de alerta o, casualmente, de vigilia sanitaria.
Lo cierto es que mientras discurrimos "en el mismo lodo, todos manoseados", en estas Pascuas el virus Corona nos iguala y nos empareja como nunca antes en términos concretos: por regla general, todos sabemos que tarde o temprano, vamos a morir. Pero en estos días en particular, lo sabemos o tenemos más presente que nunca. Y también más que nunca sabemos que cuidarnos es cuidar al otro o dicho de otro modo: más allá de cualquier fe o creencia, la realidad nos invita a amar al prójimo como a nosotros mismos.
Ojalá la estrategia propuesta por el presidente Alberto Fernández siga siendo exitosa como hasta el momento en términos estadísticos y la pandemia no escale desenfrenadamente en nuestro territorio con resultados desbastadores tales como los de Italia o España por ejemplo, ni hablar de casos puntuales como el de Nueva York, que acaba de detonar en estos días.
Cualquiera sea el desenlace, Dios quiera también que este singular domingo de Pascuas y los días que nos queden por delante, sirvan para interpelarnos tanto como individuos, como sociedad. Separar la paja del trigo y vivir, finalmente, de manera trascendente. Conscientes de que cada ser y cada día es único e irrepetible.
La cuarentena continúa y a partir de mañana lunes, todos los campanenses deberemos usar barbijo cuando salgamos a la calle por alguna necesidad concreta e impostergable. Más allá de que se trate de una medida impuesta por decreto desde el gobierno municipal, la saludo y acompaño como medida sanitaria. Pero también se me antoja pensar que portar un barbijo será un perfecto ejemplo práctico de solidaridad y empatía. Todo un estandarte.
Si hasta aquí coincidimos, también lo haremos en que más allá de las singulares, complejas y para no pocos dolorosas circunstancias (incluyendo las económicas por supuesto), estas Pascuas deberían ser las más entrañables que podremos recordar en mucho tiempo. Un antes y un después. Felices Pascuas, entonces.
Stella Maris Giroldi / Concejal del Frente de Todos - Ex Intendente y Diputada provincial



