El avance de la pandemia en la Argentina va dejando hasta aquí algunas pocas certezas, y una gran cantidad de interrogantes hacia el futuro. A esta altura es innegable el acierto del gobierno en cuanto al diagnóstico de la gravedad de la situación y la toma de medidas que permitieron moderar - hasta ahora- el impacto de la enfermedad en la salud de los argentinos. Haber actuado con la celeridad y decisión que otros países no tuvieron ayudaron al mejor manejo de la crisis en un marco evidente de carencias: un país sobre endeudado, un estado degradado, una salud publica desfinanciada, altísimos niveles de pobreza y desocupación, y una economía que no crece desde hace varios años.
Entonces, comienzan a aparecer también una serie de interrogantes que determinaran nuestro futuro tanto en el corto como de largo plazo. Incluso quienes enarbolan permanentemente un discurso libremercadista y de un capitalismo salvaje recurren al Estado en búsqueda de soluciones. Parecieran haber caído en la cuenta de la necesidad de un Estado presente y borrando con el codo, reclaman medidas intervencionistas que ayuden a contener la depresión económica generada por la cuarentena.
El gobierno nacional comenzó a tomar una serie de medidas para paliar la crisis que, aunque seguramente insuficientes, han comenzado a contener las necesidades de algunos sectores, sobre todo los más desprotegidos. Lo cierto es que estas medidas suponen un desembolso de tal magnitud que significa duplicar la base monetaria de la Argentina en apenas 3 ó 4 meses. Esto tendrá diversos impactos. La pregunta, y por suerte hay lugar para formularla, es sobre quienes recaerá el esfuerzo.
Una regla de oro de la política fiscal de los países centrales pero de la que pocas noticias tenemos por estas tierras es: "Quien más tiene, más paga". Se la define técnicamente como política fiscal progresiva. Y si a esta verdad de Perogrullo le hiciera falta alguna validación más allá del sentido común, ahí está la reflexión de la canciller alemana Ángela Merkel: "Nunca entendí por qué en la Argentina los ricos no pagan más impuestos".
Un impuesto extraordinario a las grandes fortunas personales viene a poner cierta coyuntural justicia en el reparto del esfuerzo en esta crisis que ha sido potenciada por la cuarentena. Sin embargo, y merced a una formidable campaña de comunicación evidentemente financiada por los propios interesados en sostener el status quo imperante, ha suscitado una gran polémica.
Lo cierto es que la medida gestada desde la Cámara de Diputados alcanza a menos del 0,1% de la población (que, dicho sea de paso, en su mayoría generó su fortuna gracias a prebendas, subsidios, evasión fiscal y otros artilugios poco republicanos) y que, sin embargo, pretende que una vez más, entre todos, paguemos la parte que les corresponde asumir.
En medio de este complejo contexto, el Ejecutivo decidió tomar el toro por las astas y plantear una propuesta de refinanciación de la deuda externa que hasta el propio FMI reconoció como inviable y de la cual es cómplice necesario: no sólo habilitó el sobre endeudamiento a través de la malversación del cumplimiento de metas fiscales (que incluyeron el vaciamiento de la ANSeS y la dilapidación de bienes estratégicos del Estado a manos de amigos); sino que inclusive miró para otro lado y a contrapelo de su carta orgánica, permitió que los recursos prestados se utilicen para intervenir (y de manera al menos dudosa) en la puja cambiaria dilapidando divisas alegremente.
El vaso medio lleno del dramático panorama es que el gobierno comenzó a transitar este contexto con el acompañamiento de propios, pero también de los gobernadores y algunos referentes de la oposición. Eso habla a las claras de que no hay margen de error y de una poco frecuente vocación mutua de resolver los problemas que nos aquejan.
En la agenda democrática, y por nadie abordada hasta ahora, quedará revisar la Ley de Entidades Financieras, redactada por José Alfredo Martínez de Hoz durante el autodenominado "Proceso de Reorganización Nacional", que sigue vigente hasta el día de hoy.
Sin lugar a dudas, la pandemia vino a interpelarnos como sociedad. Tal vez sea una gran oportunidad, finalmente, para construir consensos que resuelvan nuestras crisis estructurales. Tanto en términos económicos como políticos.



