Si la crisis heredada por el actual gobierno producto del multidireccional deterioro que dejaron las políticas del Macrismo significaba ya asumir una pesada carga, la llegada de la pandemia sumó un sin número de problemas que colocan a la Argentina en el ajustado límite de un abismo cuya profundidad, sólo será posible mesurar a partir del acierto de las estrategias que implemente el gobierno nacional.
En un artículo anterior señalaba que la historia nos muestra que en situaciones de crisis, en las sociedades aparecen aspectos luminosos contemporáneamente con los más oscuros y que nuestro país no es una excepción. Señalando algunos casos, afirmaba que los innumerables hechos de solidaridad y entregas individuales y colectivas, fueron acompañados por otros rastreros y miserables. El paso de los días hizo que estos últimos hicieran su aparición.
Desde el mismo día que comenzó a filtrarse la información de que el gobierno Nacional estaba estudiando la alternativa de establecer un impuesto extraordinario, por única vez a las grandes fortunas o al dinero depositado en el exterior blanqueado oportunamente, la cadena de medios opositores y las usinas dedicadas a las redes sociales, comenzaron a expresar una cerrada oposición a la medida.
Periodistas, economistas y panelistas de toda laya que se dicen "independientes", haciendo honor a su condición de buenos "empleados del mes" de esas fortunas, desparramaron todo tipo de reservas hacia el proyecto, desde las más ramplonas hasta las más ortodoxas del ideario liberal. Sabiendo bien lo que defienden, reiteraron la ya sabida condena a lo que llaman "apropiación fiscal".
Lo significativo de este rechazo es que la medida no incorpora a la clase media como agitaron reiteradamente esos medios. Por el contrario, el impuesto alcanza a los que poseen más de 3 millones de dólares, que son sólo unas 1.200 personas o sea el 0,03 % de los argentinos y el 1,5 % de los que pagan ganancias. No hay duda que este impuesto hiere intereses enormes, entre ellos a los dueños de esos medios de comunicación que hoy desataron todo el fuego de lo que ellos mismos denominaron "periodismo de guerra".
En medio de ese intencionado clima confrontativo, vino a mi mente, seguramente con espíritu aliviador, el pasaje de un libro que había leído hace ya varios años y trata sobre la vida del ex presidente Carlos Pellegrini (1846 - 1906). Cuenta en unas de sus cartas, escritas en medio de una profunda crisis económica y política producto del descalabro financiero dejado por Juárez Celman y social y político como consecuencia de la revolución del 90 comandada por Alem, la osada determinación político-económica que tuvo que tomar como condición para asumir la presidencia en 1890. Creo no equivocarme que compartir estos dos hechos, de los cuales uno ya es historia y el otro encierra un final incierto, nos permitirá poner en valor los acontecimientos que se avecinan.
"Hice ingresar - escribió Pellegrini- a una salita reservada a 15 personas, que discretamente fui incorporando a una reunión privada y les hablé llanamente... Señores: la Constitución acaba de hacerme presidente pero la ruina que amenaza el país me prohibiría aceptar el puesto si no fuera capaz de evitarla; en cuyo caso el patriotismo me obligaría a dejar el cargo a otro que pudiera salvar la situación, y a cuyas órdenes yo me pondría. De inmediato les recordé que necesitábamos 8 ó 10 millones de pesos para pagar el día 15 la garantía de los ferrocarriles y los servicios de la deuda ya que, caso contrario, entrarían en crisis nuestro comercio exterior y el acceso a los mercados de créditos.
"Estaban presentes entre otros, Unzué, Álzaga, Casares, Anchorena y Tornquist. Se hizo un brusco silencio entre caras serias que antes participaban del arrebato del momento. Las miradas parecían decirme que había mostrado el cuchillo que llevaba bajo el poncho. Les adelanté un pliego en el que había proyectado las bases de un empréstito interno e invité a los presentes a suscribir y pagar de inmediato al contado. En la hoja en realidad sólo había escrito el nombre de los presentes y en el espacio superior la cantidad de 10 millones que se necesitaban. Les dejé el papel para que cada uno pusiera al lado de su nombre la cifra que podía aportar y me retiré a una sala contigua.
"Pasaron pocos minutos cuando fui llamado para recibir el papel de manos de Unzué. Hice la suma y con una alegría que no alcanzaba a esconder la emoción les informe el resultado… Son 16 millones. ¡Ahora sí soy Presidente! Los concurrentes también se mostraron contentos, habían desaparecido las caras ensombrecidas de unos minutos antes y se los veía alegres. Pagaban para salvar al país… y al amigo. Yo estaba conmovido y no era para menos, acababan de hacer una demostración ilimitada de confianza en mi capacidad y en mis fuerzas para conducir la crisis, arriesgando su patrimonio personal".
"¡Qué gente Dios mío!... Eran amigos, eran ricos y por si fuera poco eran patriotas. Aunque lo hicieran por un país que les había dado su fortuna y su felicidad, estaban gastando plata de ellos, sin ninguna obligación que los forzara. Ojalá este espíritu se instale definitivamente y también los más poderosos de turno estén dispuestos a jugarse su fortuna".
El recuerdo de este capítulo y la incierta realidad presente me generaron sentimientos encontrados. A la emoción por lo particular de la escena, el placer de seguir el desarrollo de su precisa y fina pluma, lo profundo y medular del análisis al colocar "al país" en el origen de "quien les había dado su fortuna y su felicidad" a esos personajes, no muestra un análisis totalmente alejado de conclusiones meritocráticas y voluntaristas.
Queda como sonoro final el deseo esperanzador de Pellegrini que "dentro de cien o doscientos años, si el país lo necesita, también los más poderosos de turno estén dispuestos a jugarse su fortuna". Ojalá que resuene con vigor en los precisos sectores a quienes dejó esa esperanza. Los días por venir serán los que nos digan como se dirimirá este trágico grotesco.



