"Voy hacia el fuego como la mariposa…". La voz inconfundible de Juan Carlos Baglietto pasa cerca y se queda confundida entre el hoy y el recuerdo.
Día de sol, un aroma distinto bañaba la vereda y la calle. Ir a comprar el pan a lo del señor Carlos Agnes a la vuelta de casa tenía una corrida distinta al frío que se alejaba en el almanaque. Tanta felicidad no hacía necesario que mi mamá me escribiera el mandado en un papel: un kilo de pan flautita y medio de miñones era fácil. El señor delgado y alto, tan alto que mirar para arriba se me hacía incomodo, puso el recado en una bolsita, le envió saludos para mis padres y se despidió con la sonrisa de siempre. A la salida, el sol, el cielo sin nubes y la brisa distinta olían a primavera. Todos mis amigos del barrio esperábamos esos días para jugar a la pelota en la calle casi sin permiso; esperábamos esos días para jugar a la bolita sin refregarnos el puño del "rompe vientos" por la nariz que se paspaba de tanto invierno. Todos esperábamos esos días de septiembre por la sencilla razón que por la esquina de French y Estrada, un colorido horizonte se asomaba y se acercaba. Ellas se movían en forma que difícilmente la vista pudiera seguir; eran un manto arco iris en misma dirección y sin detenerse flotaban en el aire inquieta y divertidamente. Llegaba la primavera y con ella, miles de mariposas multicolor.
La casa de don Domingo tenía dos árboles añejos sobre su vereda y siempre los usábamos de arco para jugar a la pelota, además un pequeño césped desparejo era límite para una volada a lo Antonio Roma. Pero además de arcos imaginarios era fácil de trepar siempre con un poco de ayuda. Entrelazaba los dedos juntando las manos a la altura de mis rodillas, cosa que el "Tanito" Petta pusiera su pie más hábil y con un leve empujoncito alcanzaba a treparse hasta la zona de descanso del árbol, donde podía arrancar unas ramas que se convertirían en un elemento de juego divertido, distinto, esperado y letal.
Ya estaban las ramas en el piso y el "Tanito" había quedado colgado apenas sostenido por su manita de 8 años. Su insulto me hizo tirar las ramas para ayudarlo a bajar y mientras corríamos hacia la esquina íbamos pelando las hojas para que solo queden ramas vacías con fácil movimiento. La prueba de control de calidad era un simple ida y vuelta, de derecha a izquierda, de aquí para allá, rápido, cercano a lo veloz y si la rama hacia ruido y zumbido en el aire ya estaba lista para el juego lúdico más cruel y divertido.
Muchas, muchísimas mariposas cruzaban French hacia Chiclana. Sentía que perdíamos tiempo y la ansiedad le ganaba la carrera por llegar. Nos poníamos de frente con unos metros de separación, no sea cosa que me ligue algún "ramazo". El tiempo de jugar a la pelota nos tomaba examen de arquero. Debíamos tener la reacción de Agustín Mario Cejas, las estiradas de "Pepe" Santoro, la velocidad de Carlos Buttice, los reflejos de Amadeo Carrizo y la habilidad del "Gato" Marín. Si todo eso se juntaba podíamos tener una buena caza de mariposas y pasar el momento único del año de una forma divertida y sin la pelota de futbol de por medio.
La llegada de mariposas se daba una vez al año. Miles de ellas por las calles abiertas llegaban en la primavera y buscaban al sol. Pero con el "Tanito" hacíamos piquete mariposero con unas peladas ramas de paraísos y muchísimas de ellas quedaban en un frasco de yoghurt "La Vascogada" recién vacío.
Venían de color naranja la mayoría, algunas amarillas y por allá aparecían las "lecheritas", que eran totalmente blancas. Un zumbido de rama en el aire destinaba su futuro, apenas aleteando las guardábamos en el frasco y nunca supe para qué. Hoy mis nietos se sorprenden al ver una, tratan de agarrarla juntando el dedo pulgar con el índice y en una mezcla de sorpresa y miedo ven frustrado el intento. Y claro si con el "Tanito" dejamos pocas…
¡Hasta la próxima!
Néstor Bueri / Psicólogo Social



