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» Este artículo corresponde a la Edición del martes, 07/jul/2020 de La Auténtica Defensa.

Los orígenes de Campana




Desde el patio de mi chacra, en Capilla del Señor, cuando se pone el sol, el cielo se incendia sobre Campana. Al principio creía que se trataba de alguna quemazón lejana, tal vez en Entre Ríos: después me di cuenta de que eran las llamas de las chimeneas que sueltan vapor, al lado del puerto sobre el Paraná. A veces me siento en el patio, y mientras la oscuridad se puebla de grillos y ladridos lejanos. Miro ese reflejo que Campana regala al firmamento nocturno, esa vislumbre inquietante y versátil que me está indicando una actividad humana que no cesa, a pocas leguas de mi retiro.

Pienso entonces en esa ciudad. Una de las tantas ciudades argentinas, desde luego, pero con algunas características que le imprimen una particular identidad.


Nació como ha sido común, de una estancia: la que adquirió de tierras realengas el capitán don Luis del Águila en 1675. Estancia, decimos: pero, ¡qué distinto habrá sido ese paisaje al que acostumbramos a asociar con esta palabra! El arroyo de la Cruz sería el límite natural para la hacienda: un mojón en un punto bien visible, para que las vacas, magras y guampudas, se acostumbraran a reunirse en torno de ese palenque; un vasto corral de postes para encerrarlas cuando fuera menester, y probablemente algún rancho donde Viviría un capataz cuyas obligaciones no serían muy abrumadoras. El capitán del Águila obtuvo en 1683, tras dura puja, la concesión del abastecimiento de carne de Buenos Aires: habrá sido un año trajinado por la necesidad de hacer arreos para llevar periódicamente las tropas al Matadero de la ciudad. Consta, de todos modos, que del Águila pasaba temporadas en su estancia a pesar de los cargos capitulares que ejercía. La incipiente clase de los propietarios rurales alternaba sus estadías en el campo con permanencias en ese rancherío pobre y polvoriento que era Buenos Aires.

Jorge P. Fumiere ha anotado prolijamente las distintas enajenaciones de la estancia que dio origen a Campana. En 1731, la viuda del primer propietario la vende al capitán Esteban Lómez. Ocho años más tarde, éste la transfiere a don Francisco Alvarez Campana, en pago de una deuda. Esta operación es históricamente Importante, porque por primera vez aparece el gentilicio con que se conocerá el pueblo que nos ocupa, y también porque en la escritura figuraban las medidas de la estancia: 6.000 varas sobre el Paraná de las Palmas y una legua y media de fondo, probablemente hasta el Arroyo del Pescado, que como arroyo no es gran cosa pero sirve al menos para establecer Un límite. De allí en más, el sitio se conocerá como el "Rincón de Campana".

Francisco Alvarez Campana era un vecino de Buenos Aires que en su momento fue designado regidor del Cabildo y procurador de la ciudad. Hombre piadoso, fue fundador de un colegio de huérfanas. Por cierto, tuvo sus traspiés: en algún momento se lo acusó de apropiarse de dineros que pertenecían a la institución que había creado, y hasta fue arrestado por ello. El historiador Vicente G. Quesada publicó en "La Revista de Buenos Aires", hace un siglo, la documentación relativa a los problemas que debió sobrellevar Alvarez Campana en esas peleas... de campanario, en la ciudad porteña de mediados del siglo XVIII. Y Pastor Obligado, en una de sus "Tradiciones" evoca, con buena dosis de fantasía, el calvario de nuestro personaje y la reivindicación, tardía pero efectiva, que lo limpió de las calumnias que amargaron su existencia.

Ya difunto, la propiedad de Alvarez Campana se remata en 1805. La adquiere el presbítero doctor Cayetano Escola. Es el primero que construye una casa en el paraje, sobre las barrancas del Paraná. Cuarenta negros comprados por él colaboran en la construcción. Nueve años después de convertirse en propietario, debe alzar un nuevo edificio a su costa: signo de los tiempos, es una cuadra para asiento de la guardia que previsoramente había pedido al gobierno para rechazar eventuales ataques de las flotillas realistas que solían asolar las poblaciones de este lado del Paraná. (En el solar donde se hizo esta construcción, señala Fumiere, se levanta hoy la Subprefectura Marítima, con lo que virtualmente no ha cambiado su destino.)

Es que los tiempos andaban revueltos, y nuestra comarca, aunque aislada, no era ajena al paso de los soldados, los chasques y los viajeros que trajinaban entre Buenos Aires y el resto del país al ritmo de las alteraciones políticas. En 1820, a pocas leguas del "Rincón de Campana", se libra la batalla de Cañada de la Cruz, una de las tantas de aquel año anarquizado: dicen que el campo quedó cubierto con los cadáveres de los negros que allí murieron. ¡Pobres negros, los eternos sacrificados de las guerras civiles, tal vez provenientes, algunos de ellos, del lote que adquiriera Escola para labores más pacíficas! El mismo Escola, pese a su carácter sacerdotal, también anduvo enredado en la política y las guerras, estuvo preso y fue confinado. En 1842 vivía en Buenos Aires, pues de tiempo atrás había vendido la estancia; parece que unos mazorqueros lo atacaron en la calle y lo dejaron moribundo, terminando de expirar en una botica.

En 1824, don Mariano Escalada y don José Julián Arriola habían comprado la estancia de Escola. El presbítero la había convertido en un establecimiento de regular porte: 2.000 vacunos, además de caballos y ovejas, casas, montes de frutales, corrales, carretas, aperos de labranza, esclavos y hasta un par de puesteros. El fundo seguía midiendo 6.000 varas sobre el Paraná.

Pero sólo cuatro años permanece el predio en poder de Arriola (quien compró a Escalada la parte que correspondía a éste) pues debe venderla en concurso de acreedores, en 1829. La adquiere don Pedro Villanueva, quien a su vez la vende a Ladislao Martínez Castro poco después. Fallecido éste, su hijo la arrienda en 1855 a los hermanos Eduardo, Luis y Alberto Costa, los hijos de Braulio Costa, el discutido financista y especulador de la época de Rivadavia.

¿Le aburren, lector, estas crónicas de nombres? No debiera ser así, porque debajo de su mención yace la evolución viva del país, desde el cabildante español hasta los empresarios de tiempos de Mitre. Porque aquí concluyen las trasmisiones de la propiedad del "Rincón de Campana". En 1860 los Costa convierten el contrato de arrendamiento en compra, y se disponen a aprovechar una coyuntura económica que hace posible la valorización de los productos agropecuarios, y una circunstancia política que está aventando los sobresaltos de las guerras civiles.


Los Costa, radicados ya en la estancia, donde poco después construirían una hermosa casa, comienzan una explotación racional. Instalan treinta puestos, muchos de ellos atendidos por irlandeses -esos Irlandeses cuyos restos descansan en el cementerio de Capilla del Señor, amparados por lapidas redactadas en inglés. Las ovejas son el gran negocio en ese momento. Ya hay una pulpería en las cercanías del casco y en 1866 los Costa instalan una grasería para aprovechar mejor el lanar. La guerra de la Triple Alianza favorece esta actividad y la ubicación de la estancia es inmejorable: del pequeño puerto que se ha construido salen lanchones cargados de barricas con carne de capones destinada al consumo del ejército, en el frente paraguayo. Los Costa son acérrimos mitristas y ya se sabe que el abastecimiento del ejército fue una de las fuentes de enriquecimiento de muchos personajes de la época...

Pronto se instala el alambrado, que permitirá apotrerar el campo y rotar los cultivos. Y luego las segadoras, las emparvadoras, las trilladoras, todas ellas movidas a vapor, cuyo trabajo era todo un espectáculo. En pocos años, la estancia de los Costa se convierte en un establecimiento moderno, tecnificado al máximo para su época, con acceso directo a los mercados a través del puerto, es decir, sin dependencia de las inundaciones que vuelta a vuelta cortaban los accesos a Buenos Aires.

Faltaba algo fundamental: el ferrocarril. En abril de 1876 llega a Campana la locomotora. Haremos gracia al lector del complejo trámite que precedió este arribo. Sólo diremos que Guillermo Matti, un patrón de navíos de cabotaje que conocía bien la zona, inició negociaciones para obtener del gobierno de la provincia la concesión de una línea férrea que debía unir Campana con Moreno, y de aquí con Buenos Aires. Consigue que en 1870 la Legislatura sancione la ley pertinente y pocos meses más tarde logra algo más importante: que el gobierno de la Nación le garantice durante veinte años una ganancia mínima del 7% sobre el capital que invierta. Tiempo más tarde, Matti obtiene la aprobación de la rectificación del trazado: la línea no uniría Campana con Moreno, sino que se dirigía directamente a Buenos Aires, con terminal en las Catalinas. Y un último éxito: a fines de 1873 Matti transfiere su concesión a un consorcio inglés. Se le pagará una buena cantidad de libras esterlinas y acciones y él, por su parte, se compromete a entregar las tierras necesarias para estación, depósito, playas de maniobra, etcétera. El consorcio, por su parte, puede trabajar tranquilo: durante veinte años, la Nación ha de pagarle lo que sea necesario para que su ganancia no baje de 7% anual... ¡Un negocio redondo! Así se hacían las cosas en esos tiempos, y el afán de progreso urgía a todos. Cuando llega el ferrocarril a Campana, los Costa, que habían seguido de cerca la negociación, ven llegado el momento de completar el proceso.

Había que fundar un pueblo.


Porque la "Buenos Aires & Campana Railway Co." tenía una significación más importante que el de un mero tendido ferroviario. Su trayectoria seguía el rumbo que los viajeros de Buenos Aires al Interior no solían frecuentar. Desde tiempos inmemoriales, para dirigirse de Buenos Aires a Córdoba, se tomaba el camino que pasaba por Luján y enfilaba después a Pergamino con dirección noroeste. Era una ruta situada en terrenos altos, con pocas corrientes de agua para atravesar. Eludíase de este modo el escalón inundable que bordea el Paraná de las Palmas, cortado por los ríos de las Conchas (hoy Reconquista), Luján y más allá, Arrecifes, con sus inmensas cañadas. Para decirlo con la nomenclatura vial contemporánea: se prefería la Ruta 8 a la Ruta 9, porque aquella era más cómoda mientras ésta debía serpentear a través de bañados y bajíos. Así que Campana era accesible, preferentemente, por vía fluvial, si no se quería hacer un largo rodeo por tierra.

Ahora, con el camino de hierro que venía desde Buenos Aires salvando audazmente los esteros y ríos mediante puentes y terraplenes, Campana podía comunicarse directamente con la ciudad porteña, por vía terrestre y por vía fluvial. Más aún: al recibir al ferrocarril, Campana se convirtió en terminal norte de la red ferroviaria de la provincia de Buenos Aires, con una implícita vocación de extenderse hasta Rosario, terminal, a su vez, de la red concebida en la antigua Confederación, que vinculaba el litoral con el interior.

Mientras no se salvaban los kilómetros que separaban a Campana de Rosario, ese segmento persistiría como una cicatriz de las guerras entre porteños y provincianos, la marca de la incomunicación entre Buenos Aires y el interior. Hasta después de 1890, los que quisieran dirigirse la ciudad porteña a Córdoba, Cuyo o Tucumán, debían viajar por tren a Campana, embarcarse aquí, desembarcar en Rosario y volver a tomar el tren hacia su destino final. Campana era pues, el punto desde donde alguna vez terminaría de borrarse el último vestigio de nuestras guerras civiles. Pero cuando esto ocurrió, ya era un pueblo hecho y derecho.


En cuanto empezaron las obras del ferrocarril, los Costa comenzaron las actividades destinadas a hacer una ciudad del caserío crecido alrededor del casco de la estancia. No tenían dudas de la importancia que adquiriría con la llegada del camino de hierro, y a principios de 1875 el ingeniero Carlos de Chapeaurouge hizo las mediciones y delineó los planos correspondientes.

Anticipándose a las trazas urbanas de Adrogué y La Plata -las más atrevidas de la época- sacó Chapeaurouge buen partido de la ubicación de la estancia. No convirtió a la futura estación ferroviaria en el centro del poblado, como ocurrió en otros lugares, y proyectó la plaza en un emplazamiento alto y dominante, sobre las barrancas, con una espléndida avenida y diagonales que conectaban con otras plazas menores. El clásico tablero de ajedrez de las urbes americanas adquiría en el proyecto de Chapeaurouge una gracia y flexibilidad que la perfecta planimetría del lugar enriquecía con sus ondas de suaves lomadas derramándose sobre el Paraná.

En abril de 1875 se lanza la publicidad para la venta de lotes. Hacíase mérito de la importancia del puerto y del futuro ferrocarril: "El comercio inglés, que nunca se equivoca -exageraba uno de los avisos publicados en "La Nación"- ha elegido el Puerto de Campana como el futuro Puerto de Buenos Aires..." Y prometía "terrenos vírgenes para la especulación y nuevas industrias, que sobrepasarán en valor a los de San Nicolás, el Rosario y aun a los de la misma Boca del Riachuelo. ¡Porvenir asegurado!".

Rápidamente los particulares adquieren lotes, se instalan negocios, se construyen casas, se llenan los esbozos de calles y avenidas con líneas de edificación. Los memoriosos lugareños han de retener los nombres de los primeros pobladores y las primeras iniciativas comunitarias: la construcción de la iglesia, la escuela, el primer molino harinero, la destilería de alcohol.

Después van viniendo otras industrias: fábrica de papel, de artículos de cerámica, aserraderos, el Frigorífico inglés y mucho más tarde las destilerías de petróleo. En 1885, a expensas de Exaltación de la Cruz, se crea el partido de Campana con cabecera en la ciudad del mismo nombre: es el reconocimiento de la mayoría de edad de la próspera población que cinco años más tarde, un día de invierno de 1890, verá llegar en tren a un hombre de aspecto derrotado, el presidente Miguel Juárez Celman, que se ha alejado de la convulsión en que se encuentra la capital de la República para aguardar aquí la evolución de los acontecimientos que culminarán con su renuncia.

(Fragmento de la introducción al brochure institucional "Siderca: vida e industria en Campana" publicado en 1984 con motivo del 30 aniversario de la puesta en marcha de Dalmine Safta, hoy TenarisSiderca. Disponible en la Biblioteca Municipal Octavio Amadeo).


La avenida Mitre, vista desde de la ahora plaza E. Costa. A la derecha, la chimenea del molino harinero instalado en 1878, solar donde hoy se encuentra la Escuela Nro.1 Hipólito Bouchard.

 
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