La clave está en entender y enriquecer el concepto de comunidad educativa, integrada por directivos, personal administrativo, docentes, estudiantes, familias y egresados.
Ciertamente, el COVID-19, entre otras cuestiones, dejó al descubierto complejos entramados en distintos campos, y la educación no fue la excepción. La brecha educativa, producto de la desigualdad social, se hace cada vez más profunda y esto no es ninguna novedad, como tampoco lo es la formación docente marcadamente dispar: por un lado, tenemos maestros recibidos en el antiguo paradigma, claros destinatarios de programas de capacitación y, por otro lado, aquellos docentes en actividad y en permanente actualización. El foco debe estar puesto en las generaciones venideras de educadores que son responsabilidad de los profesorados, quienes deben formar dentro de un enfoque innovador, no solo en TIC sino en capacidades transversales y profesionales pensadas para las demandas que la enseñanza a corto y mediano plazo requiera. La excepcionalidad de la virtualidad forzosa, en este contexto, y sólo para aquellos que gozan de conectividad, dejó expuesta el aula en un cien por ciento ante los padres. A ellos, por un lado, se les cumplió la fantasía de ser el mosquito que sobrevuela el grado de sus hijos y al mismo tiempo se les concretizó la pseudopesadilla de lidiar con las tareas escolares domiciliarias dentro de la cotidianeidad de sus otras exigencias diarias.
Así todos, los maestros quedaron en evidencia tanto en sus fortalezas como en sus debilidades, ante la observación "íntima" de las familias de las cuales surgieron criticas. Muchas de estas, dada la situación de confinamiento en los hogares, se hacen ante la mirada atenta de los niños, pudiendo perjudicar el vínculo con sus docentes. Sabemos que la escuela, en tiempos ordinarios, siempre ha sido depositaria de todo malestar social, no como reflejo simplemente, sino como institución socializadora. Debemos resaltar que la sociedad está en crisis y las instituciones en general perdieron credibilidad. En este escenario la cuarentena prolongada incrementa la tensión haciendo emerger todo tipo de sentimientos negativos que, lógicamente, también serán volcados en la escuela.
Entonces, surgen grandes preguntas… ¿Cómo será el reencuentro entre padres y maestros? Cuando hablamos de esta necesidad de volvernos a encontrar, no hablamos solamente del encuentro físico, que en algún momento llegará, sino también de renovar el vínculo durante este transcurrir. ¿El maestro volverá a la presencialidad intimidado o más capacitado, con amplios despliegues de recursos y estrategias pedagógicas y tecnológicas? Dependerá, en gran medida, de la posibilidad de reflexión que logren hacer sobre sus propias prácticas. ¿Los padres volverán a la presencialidad acusando recibo por el lugar que tuvieron que "semisuplir", recriminando fallas o con mayor empatía, agradecimiento y valoración de la profesión? En esta línea, es menester incrementar la comunicación: los educadores deben explicar a los padres qué esperan de ellos a la hora de acompañar las tareas virtuales en el hogar.
Fuente: www.perfil.com
Lic. Verónica Addij, Profesora de la Escuela de Educación de la Universidad Austral.



