También hay poesía en los Tribunales.
Hace tiempo que pienso que la Literatura y el Derecho están más próximos de lo que muchos suponen. En ambos, trabajamos con las palabras, tas ideas, las estructuras, el lenguaje todo. Si la Literatura es el arte de combinar las palabras, el Derecho es la ciencia de combinar los hechos y las normas, mediante las palabras. Así como el cuento, la novela, el ensayo o la nouvelle tienen determinadas características y requisitos, lo mismo sucede con nuestras sentencias, dictámenes, resoluciones o escritos.
Más aún. Sabemos que los escritores pueden pasarse horas ante una página en blanco hasta que las musas aparezcan; los que escribimos Derecho, de un lado u otro de) mostrador, no estamos ajenos a ello. Aunque da idea esté en nuestra cabeza, nos solemos enfrentar con la página en blanco, hasta poder plasmar lo que necesitamos expresar. Ellos escriben una historia, y nosotros, también.
Con el fin de mostrar este parentesco entre el arte de escribir y la ciencia de aplicar normas, al primero que deseo mencionar en este sucinto repaso, -que está lejos de ser taxativo-, es a Héctor Tizón, porque considero que su calidad literaria así lo merece. Tizón nació en 1929 y falleció en 2012, fue diplomático, convencional constituyente en el año 1994 y Juez del Superior Tribunal de Justicia de Jujuy, siendo uno de los grandes escritores argentinos.
Narró con maestría historias que transcurren en el noroeste argentino, escribiendo libros de una belleza poética poco común. Entre sus libros se encuentran "Fuego en Casabindo" (1969), "El cantar del profeta y el bandido" (1972), "Sota de bastos, caballo de espadas" (1975), "La casa y el viento" (1984), "El viaje" (1988), "El hombre que llegó a un pueblo" (1988), "Luz de las crueles provincias" (1995), "La mujer de Strasser" (1997), "Extraño y pálido fulgor" (1999), "El viejo soldado" (escrito en el exilio, 2002), "La belleza del mundo" (2004). Entre sus cuentos podemos nombrar: "A un costado de los rieles", "Ciego en la resolana", "El jactancioso y la bella", "El traidor venerado", "El gallo blanco", y "Petróleo", entre otros. Este último, maravilloso y fatídico. También escribió "La España borbónica" (Ensayo), "Recuento" (Antología personal), "Tierras de frontera" (Ensayo), "No es posible callar" (Ensayos), "El resplandor de la hoguera" (Memorias).
La frase que inicia este humilde artículo es suya, y creo un poco cierta: "También hay poesía en los Tribunales". Él sostenía que el discurso del jurista es muy parecido al del escritor y que, mientras un escritor trabaja con personajes, un jurista la hace con personas. "Un juez, a diferencia de un narrador, no puede emplear sobreentendidos ni ambigüedades: su tarea exige la precisión absoluta. Esa rigurosidad aparece con nitidez en el caso del Código Penal: si uno quita o cambia de lugar una coma de la ley, modifica completamente la tipificación del delito" (Entrevista en el Diario La Gaceta de Tucumán, 2011).
Otro talentoso con mayúsculas fue Macedonio Fernández (1874-1952) quien, antes de convertirse en escritor de literatura fantástica, se desempeñó como fiscal en el Juzgado Letrado de Posadas, Misiones. La historia cuenta que, desde su cargo, defendió apasionadamente a un peón rural que había huido de su trabajo, incumpliendo así un contrato laboral (absolutamente ilegítimo) que le habían obligado a suscribir por tres años. Un juez penal ordenó detener al prófugo y Fernández reaccionó con un escrito en el que exigió que le otorgaran la libertad. Ello provocó que lo invitaran a retirarse de la justicia, y así lo hizo. Su tesis doctoral fue famosa, puesto que defendía la total igualdad entre mujeres y hombres, en una época en que ello no ocurría.
Sostenía: "De la Abogacía me he mudado; estoy recién entrado a la Literatura y como ninguno de la clientela mía judicial se vino conmigo, no tengo el primer lector todavía. De manera que cualquier persona puede tener hoy la suerte de llegar a ser el primer lector de un cierto escritor".
Escribió, entre otros, "No toda es vigilia la de los ojos abiertos", "Papeles de Reciénvenido", (Obras Completas), "Una novela que comienza" (Poemas), "Cuadernos de todo y nada", "Adriana Buenos Aires", "Museo de la Novela de la Eterna", "Epistolario" (Relatos, cuentos, poemas y misceláneas).
Quien escribe excelentes novelas y ha sido prolífico en ello, es Gustavo Bossert (1938- ), Juez de la Corte Suprema de Justicia de la Nación desde 1994 hasta 2002, fecha en que renunció. Bossert se inclina por el género policial, y sus libros suelen publicitarse en la contratapa de la revista cultural Ñ, del diario Clarín.
En 2009, dijo: "En estos momentos, estoy con el cuerpo y el alma en otras cosas. He vuelto a ser abogado, ejercito haciendo escritos para estudios jurídicos; soy bipolar porque practico asimismo la Literatura, voy y vengo entre Derecho y Literatura..." (Entrevista en el diario El Litoral, 2009). Escribió "Cuando mi voz estuvo en la silla del Emperador" (Cuentos), "Completaremos la familia" (Cuentos), "Cerrar los ojos" (Cuentos), La trampera (Cuentos y una nouvelle), El atropello (Novela), "Los sirvientes" (Novela publicada en Francia como "Les domestiques"), "El rey petizo" (Novela) "Acoso sexual" (Novela), entre otros. También podemos citar el guión cinematográfico de "La invitación" (1982), en colaboración con Rodolfo Mórtola y el director de esa película, Manuel Antín.
Para los laboralistas, el ex Fiscal General del Trabajo de Capital Federal, Eduardo Álvarez Tuñón (1957- ) es una figura conocida y respetada. Dueño de una oratoria y un histrionismo únicos, Álvarez Tuñón (al que conocíamos sólo como Álvarez) se jubiló en 2018, y se ha dedicado de lleno a la Literatura. Escribió las novelas "El desencuentro", "El Diablo en los ojos", "La ficción de los días", "Las enviadas del final", "El desencuentro", "La mujer y el espejo", "Reyes y Mendigos".
Hace un par de años, ofreció una charla sobre "La relación de dependencia entre Don Quijote y Sancho Panza", en la sede de la Asociación Argentina de Derecho del Trabajo y de la Seguridad Social. En ella, analizó jurídicamente el contrato de trabajo celebrado entre ambos, en el cual la retribución era "en especie" y sujeta a condición, puesto que Don Quijote ofrecía abonarle a Sancho con una isla, aún no descubierta.
He dejado para el final (the last, but not least), deliberadamente, al recientemente fallecido Héctor Negri (1940-2020), Ministro de nuestro máximo tribunal bonaerense. Negri escribió poesía, publicó infinidad de libros y hasta tenía sus propias páginas en las redes (hectornegri.com.ar y el blog "Derecho y Diálogo", el cual dirigía). Era un apasionado del Derecho, y como podrán apreciar en aquellas, también lo fue en la Literatura. "Mi padre, que tuvo un gravitación muy fuerte en mi existencia y en mi educación -un hombre realmente sensacional en todos los sentidos-, me incentivaba para que escribiera un pequeño diario familiar. Tenía siete u ocho años y ahí volcaba todo lo que ocurría en casa... Después, me estimuló para que empezara a escribir los primeros cuentos; eso lo hice a lo diez años. Fue recién a los veintidós cuando publiqué mi primera poesía. Luego, vinieron los libros", relató. Escribió los libros de poesía "Antiguo amor", "Rostros de amor", "Alguien desesperadamente ajeno", "Introducción a la soledad", "Cuando hablar de amor ya no tiene sentido", "Sobre mi propia sombra". Éste es uno de mis poemas preferidos:
Desde aquí, mi pequeño homenaje al Dr. Héctor Negri, Juez de la Suprema Corte de Justicia de la Provincia de Buenos Aires, Ciudadano Ilustre de la misma, Faja de Honor de la Sociedad Argentina de Escritores (SADE), jurista, profesor de Derecho y escritor. Para cerrar, vuelvo a la idea original: Literatura y Derecho, más cercanas de lo que creemos. Ese "doble idioma", que muchos amamos. (Gentileza: revista "Espacio Judicial" - Nro. 1).
ME DESCUIDÉ UN INSTANTE
Me descuidé un instante. Un segundo,
El susurrar apenas de una brisa.
Un hálito de tiempo. La indivisa
porción del aíre azul en el trasmundo.
Y fue un descuido atroz, mortal, profundo,
porque perdí de pronto mi sonrisa.
Porque cayó borrada la divisa
de mi joven amor, y de mi mundo.
Me descuidé una luz, y temblorosa
el alma envejeció. Era la rosa
de mi mañana alegre y arrogante
rodando en el abismo sin medida.
Fue el final de mi tiempo y de mi vida.
Un grito fue. Me descuidé un instante.
(Héctor Negri, "Rostros de amor". Editorial Vinciguerra - 2006)
Mariana L. Lirusso / Jueza del Tribunal de Trabajo Nro. 3 del Dpto. Judicial Zárate - Campana



