Parece que ustedes no me entienden, no hagan ruido. Déjenme que les cuente. Deben prestar mucha atención y no se asusten. Sí... sí, ¡soy yo! No tenemos mucho tiempo. Pasen, acomódense como puedan. Ojo con los floreros y cierren la puerta. Apaguen los puchos. Eso sí: será nuestro secreto. Nadie debe enterarse que nos vimos, porque después las autoridades me sancionan, no me dejan salir y es un embole quedarse encerrado acá con mis viejos.
Gané a la lotería. Cuando eso pasa los organizadores te dan unos minutos para volver, pero no te dejan llamar a tus amigos. Vean, cuando llegué, debo admitir que al principio se puso bravo. Digan que vine en primavera: no hacía tanto frío por las noches y algunos conocidos me estaban esperando. Tuve una cálida bienvenida, después les cuento como es la cosa. También, debo admitirlo, estaba un tanto triste. No fue nada sencillo verlos a ustedes marchar juntos… pero bueno, los vi que se iban abrazados y supe lo mucho que me querían y lo mucho que se querían entre ustedes. "Ahí hay amistad de la buena", me dije.
Vos, boludito… hablaste bien. ¡Pará de llorar tarado! ¡Vos también papafritas! ¡Basta! ¿Ya está? Bueno, dejemos eso ahí y sigamos que tengo sólo cinco minutos y ya pasaron dos. Luego que se fueron ustedes, yo estaba muy agotado. La muerte por culpa del corazón te deja el cuerpo muy cansado. Pero al rato me golpearon la puerta y me llevaron al pie del ciprés que está allá en el fondo, y ahí, debajo de la sombra me sentaron y me explicaron cómo es la cosa acá. Parece que también hay reglas de convivencia: cuando guardar silencio, cuando podés salir y todas esas cosas.
Me indicaron que después de pasar las primeras veinticuatro horas, por lo de la catalepsia ¿vieron?, te autorizan a pasar por la Secretaría de los Difuntos a buscar el "Reglamento del Dormitorio" donde están todas las instrucciones, algo así como las normas de la vecindad. Porque al fin de cuentas, el cementerio es un dormitorio grande, como una ciudad llena de habitaciones. Te dan un plano para que te ubiques, las calles, las principales tumbas, la entrada... No tiene marcadas las salidas y eso es una cagada ¿se me imaginan el despelote que se arma si nos dejan salir? Cada uno en su apartamento, en la soledad de su intimidad, como estar acostado pensando en la nada hasta que te avisan que llegó un nuevo vecino.
Cuando se termina el Servicio se desata una fiesta de bienvenida que dura algunos días, todo depende de quién haya venido. Con algunos te pegás un embole bárbaro. Pero en general se arman lindas jodas. Se busca aliviarle el dolor al nuevo vecino. Pasan todos a saludarlo. Salen todos, nadie se queda adentro y se cruzan caminando en los pasillos, un despelote de la puta madre porque estamos todos vestidos iguales y eso te complica un poco. La pilcha siempre fue importante.
Además, imagínense, acá nadie se corta el pelo. De manera que tenés que ser mago para saber si es una mina. Algunos caminan en pareja. Yo prefiero hacerlo solo, siempre se te cruza algo nuevo. Acá hay miles de vecinos, como les dije, es una ciudad. Bien saben ustedes que nunca le tuve asco a nada. No hace mucho conocí a una morocha hermosa, venía caminando con una amiga por la principal. Porque acá también hay una calle principal, no es la avenida Real pero para nosotros que estamos cautivos disfrutamos mucho andar por ahí.
En esa calle están todos los cajetillas. Rara vez te dan bola, algunos dicen que son los fundadores de la ciudad, otros dicen que fueron los intendentes… para mí son todos charlatanes de feria. Yo les tengo algo de bronca y a veces hago de las mías, cambio las placas de las tumbas y se arman unos despelotes terribles.
A mí me gusta ir para el fondo, ahí se pone bueno siempre, nadie te ve y hay muchas Disposiciones Finales. Cuando vengan les va a gustar, pero para eso falta mucho. Todo empieza cerca de las nueve de la noche, y se arman juegos para divertirnos. A mí me gustan las escondidas. Son de la puta madre, nunca cuento y siempre pico primero.
El otro día estaba escondido cerca del Ruso, de Darío, hablando con Don Calixto. No entendían nada. Y me encontré con algunos atorrantes que hacía mucho no veía: Franquito, Marito de Pietro, meta conga y tute. Todo bien ahí. Sigo con lo de la morocha. Ella se dio cuenta que la venía siguiendo, no paraba de caminar, por las laterales luego por las trasversales. Se quedó un rato parada ahí cerca de la Secretaría. Fue cuando aproveché para afanarle unos gladiolos a la familia Coletta -Dios me perdone-, hermosos y turgentes. La alcancé y le mentí. Le dije que me los habían dejado en casa. A propósito, ¡están viniendo poco! No se olviden de traerme gladiolos la próxima. Acá pegan onda los Crisantemos, dicen que honra la memoria de los que ya no están. Los lirios blanco que en verdad son como las calas, definitivamente horribles, para las viejas. Y están los gladiolos, flor erótica si las hay. Las muertitas se enloquecen cuando le regalás un gladiolo, lo ponen en el tarrito con agua de lluvia para la envidia de las amigas, para eso nomás, de reventadas que son.
La cuestión es que le regalé los gladiolos y ahí empezó todo. Caminamos de la mano largas horas, íbamos y veníamos, pasamos por las rejas de la entrada como tres o cuatro veces dando vueltas, con ganas de escapar. Ustedes saben cómo soy: me enamoro muy rápido, no lo puedo evitar. Después de lo que me pasó con la mina del avión, que la dejé marchar allá en Rosario, no dejo para mañana lo que puedo hacer hoy. Nuestras ánimas estaban a punto caramelo justo cuando nos cruzamos con Don Agustín, es que vino su esposa María a saludarlo. Iban al bingo. Me le animé, detuve su marcha y le conté que sus nietos nos habían echado de fábrica. Que mi padre, el Bubi, quedó muy triste. No podía creerlo, se puso loco el tano.
Me preguntó por el Pocho Mollo. "También lo echaron", le dije. Siendo el fundador de la fábrica me prometió que tomaría represalias cuando esas basuras vengan para acá, y que al parecer para eso no falta mucho.
El viejo no sólo es importante allá, acá también lo es. Lo quieren todos, por las flores que tiene te das cuenta. Dicho esto les cuento que ese encuentro cambió mi destino, y de alguna manera, el de ustedes. Dejé la morocha y me fui a la timba. Había premios para el ambo, para la quintina, boludeces, una placa de mármol, cosas así. Pero para el cartón lleno el premio eran "Cinco minutos de resurrección". Compré un cartón. Acá es difícil hacerse de guita. No es la guita que ustedes conocen, son flores. Y como les dije, ustedes han venido poco, no tengo tantas. Volviendo, estoy muy disperso. Parece que le caí bien al hombre, creo que se quedó con culpa, porque me invitó a sentamos juntos.
Ahí estabámos Don Agustín, su mujer y yo, Ricardito Beutler ¿qué tul? Hablamos de todo. En un momento, disimuladamente me pidió que le recuerde y explique las funciones de las glándulas de Bartolino y las de Skene. En fin, acá se enteraron de mí historia. No es fácil ocultar lo que ha sido uno, menos si fuiste clitorista profesional. Todos te preguntan, todos están a media masa y se entiende que te pregunten. Están todos desesperados, y yo saco chapa de campeón, eso me da privilegios. Bueno basta, ¡basta de verdad! Nos queda muy poco tiempo, apenas un minuto. Vamos al grano.
No lo van a creer, justo en la bola 40 canté Bingo… ¡con el 32! ¡Tu número Pedrito! Me hicieron pasar adelante, todos los muertitos aplaudían, me abrazaban y no me soltaban. Me dieron el premio, y acá estamos, casi dos años sin vernos, y yo resucitado.
Me contaron que ahí fuera la maldita muerte está arrasando con todo y que algunos locos encima la están provocando. Bueno… ¡dejen de llorar! Les cuento que les falta mucho para que vengan a vivir acá. La muerte, fea y cruel, se hizo mi amiga. Armamos pareja al truco, somos pareja. Le encanta verme jugar. Le pedí que no joda con ninguno de ustedes, ni con sus seres queridos. Para eso los llamé, para avisarles. Vayan tranquilos amigos, pero vengan más seguido y no se olviden de traer Gladiolos. Ahh… y no dejen de avisarle al resto de los amigos, en especial al Dino.



