Conocí la calle Castilla un día de sol, por supuesto antes de hacer los deberes de la escuela. Una casa en la esquina y campo con matorral el resto. Solo un pedacito de 20 x 10 metros con un terrible cráter lunar cerca del medio nos dejaba jugar a la pelota. Un par de ramas del matorral, unas piedras de algún escombro esparcido y olvidado para sostenerlas y una pelota gastada de tantas batallas quién sabe de quién. Nuestra primera expedición para conocer el terreno estaba hecha.
A la vueltita nomas, sobre Salmini había otro pedacito de tierra con solo un habitante que la ocupaba. Don José era un linyera que acomodaba su poca ropa y cartones al lado de un añejo árbol y unas latas de pinturas viejas que dibujaban su juego de living.
Al lado del almacén del Dante, en la esquina de Berutti y Urquiza, armamos algo mejor con arcos de maderas enterrados a mano, pero la medianera espantaba cualquier cliente. Y así nos enteramos de la canchita "La Atalaya"; y la de "Los Chilenos"; y la del costado de la Escuela Normal; y la otra canchita en la Urquiza, casi la ruta. Y aunque siempre éramos visitantes, aparecían potreros y lugares de juegos por donde un pedazo de tierra se dejara edificar en arquitectura manual con seis maderas para lo que sería la diversión más inclusiva de todas: jugar a la pelota.
Hoy la sociedad ha cambiado, el cemento para arriba escondió cualquier intento de juego libre. Los potreros de tanta diversión están bajo un piso de cerámica encerada y unos sillones de pana cara desplazaron mi arco de tantos goles. Un quincho y una piscina dejaron huérfanos los gritos y las risas de la libertad del juego divertido y un parque de césped ingles tapó el cráter lunar de mitad de cancha.
Hoy la sociedad te predispone para ser turista en tu propia vereda. No existen los permisos de libertad para que un niño de 10 años pueda recorrer lugares de juego hasta la noche perdiendo el contacto cercano con la familia.
Hoy sobran calles para niños caminando. Llegábamos de jugar para la hora de la cena después de caminar a oscuras por varias cuadras; hoy también se llega para la hora de la cena, a tiempo, pero la distancia es lo que marca la diferencia: ya no hay calles a oscuras, hay dos pasos entre lo virtual y un plato humeante.
Podemos decir que el potrero era un pedazo de tierra donde nos juntábamos a jugar a la pelota. Siento que no es verdad, era mucho más que eso. Era uno de los recursos lúdicos que nos preparaba para lo que venía: la vida misma. Hoy los límites son otros, el safari solitario por las calles casi sin autos y menos gente ya no existe, ese andar despeinado, tomando agua de cualquier manguera regadora, bajando cordones sin mirar, subiendo otros con la libertad y la tranquilidad de lo cierto, quedó en el recuerdo.
Que todo tiempo pasado fue mejor, no lo sé, pero seguramente fue distinto y lo mejor que puede pasar es que lo único que no cambien sean los mismos cambios.
¡Hasta la próxima
Néstor Bueri / Psicólogo Social



