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» Este artículo corresponde a la Edición del viernes, 09/oct/2020 de La Auténtica Defensa.

Kafka y El Proceso
Por Karen Ileana Bentacur







Karen Ileana Bentacur. Foto: Archivo 2009.

En "El Proceso", nuestro personaje Josef K. es un Gerente de Banco, de quien en algún momento se menciona que es estimado como un "casi abogado". (Franz Kafka es abogado, y la letra K. en el apellido del personaje podría ser sugestiva en cuanto a una inspiración autobiográfica); quien a partir de la visita de dos funcionarios que le anotician su situación de "detenido" -pero sin embargo conservando su libertad-, resulta objeto de un proceso penal, cuyos alcances no comprende -tras avanzar en el texto inacabado de la novela, se puede advertir que nunca alcanza a comprender-.

Estos funcionarios que lo visitan en su pensión en una mañana cualquiera, eran dos simples oficiales notificadores, ni más ni menos; nada sabían ellos, por más que K. les suplicara e impetrara, acerca de la naturaleza de los cargos, pero sin embargo, uno de ellos le previno así: "…somos empleados subalternos, apenas comprendemos algo sobre papeles de identidad, no tenemos nada que ver con su asunto… no obstante somos capaces de comprender que las instancias superiores, a cuyo servicio estamos, antes de disponer una detención como ésta, se han informado a fondo sobre los motivos de la detención y sobre la persona del detenido. No hay ningún error. El organismo para el que trabajamos, por lo que conozco de él, y solo conozco los rangos más inferiores, no se dedica a buscar la culpa en la población, sino que, como está establecido en la ley, se ve atraído por la culpa y nos envía a nosotros, a los vigilantes. Eso es la ley. ¿Dónde puede cometerse aquí un error?".

Desde entonces, K. debió comparecer a una sala de audiencias, contratar a un abogado -al que más tarde comunicó que "renunciaría a sus servicios"-, intentar dejarse ayudar por cualquier allegado de los jueces -como por ejemplo, un pintor de retratos-.

Abogado como nosotros, el autor no obstante nos expone a la perplejidad de una persona común frente a un sistema judicial inescrutable -por momentos absurdo, arbitrario, eventualmente corrupto; una realidad aplastante, una inexorabilidad desconcertante, inabordable, insuperable.

Así, vemos que el acusado "se volvió hacia la escalera para dirigirse al juzgado de instrucción… Se enojó porque nadie le había indicado con precisión la situación de la sala del Juzgado. Le habían tratado con una extraña desidia e indiferencia, era su intención dejarlo muy claro. Finalmente decidió subir por primera vez la escalera y, mientras lo hacía, jugó en su pensamiento con el recuerdo de la máxima pronunciada por el vigilante, que el tribunal se ve atraído por la culpa, de lo que se podía deducir que la sala del Juzgado tenía que encontrarse en la escalera que K. había elegido casualmente."

Una vez en la sala, nuestro acusado se expresa del siguiente modo: "Es muy probable que el señor juez instructor hable mucho mejor que yo, es algo que forma parte de su profesión. Lo único que deseo es la discusión pública de una irregularidad pública. Escuchen: fui detenido hace diez días, me río de que motivó mi detención, pero eso no es algo para tratarlo aquí. Me asaltaron por la mañana temprano, cuando aún estaba en la cama. Es muy posible -no se puede excluir por lo que ha dicho el juez instructor- que tuvieran la orden de detener a un pintor, tan inocente como yo, pero me eligieron a mí. La habitación contigua estaba ocupada por dos rudos vigilantes. Si yo hubiera sido un ladrón peligroso, no se hubieran podido tomar mejores medidas. Estos vigilantes eran, por añadidura, una chusma indecente, su cháchara era insufrible, se querían dejar sobornar, se querían apropiar con trucos de mi ropa interior y de mis trajes, querían dinero para, según dijeron, traerme un desayuno, después de haberse comido con desvergüenza inusitada el mío ante mis propios ojos…"

Estas alegaciones, lejos de mejorar su situación, motivaron el castigo de azotes para los vigilantes, sin que fuera dado al Sr. K., facultad alguna para evitar o dejar sin efecto tamaña consecuencia, que por supuesto, se ejecutó.

Cuando luego de restar toda relevancia al proceso, su tío lo persuade de requerir los servicios del abogado, éste le explica que "los escritos judiciales, ante todo el escrito de acusación, eran inaccesibles para el acusado y la defensa, por consiguiente no se sabía con exactitud a qué se debía referir, en concreto, el primer escrito, así que éste sólo podía contener por casualidad algo que fuera importante para la causa. Datos exactos y aptos para servir de prueba se podían elaborar con posterioridad, cuando los interrogatorios del acusado hicieran aparecer con más claridad los cargos que se le imputaban o permitieran deducirlos con mayor precisión. Naturalmente, bajo estas condiciones, la defensa se encontraba en una situación muy desfavorable y difícil. Pero también esto era deliberado. En realidad, la ley no permitía una defensa, sólo la toleraba, no obstante, incluso respecto al texto legal del que se podía deducir una tolerancia, existía una fuerte disensión doctrinal..."

Con respecto a los funcionarios judiciales, K. solía buscar información, y se le supo explicar que "como estaban sumidos noche y día en la ley, carecían del sentido para las relaciones humanas y en algunos casos lo echaban de menos.

Entonces acudían a los abogados para tomar consejo y detrás de ellos venía un empleado con esas actas que, en realidad, se supone, son tan secretas… Por lo demás, en esas situaciones se podía comprobar la enorme seriedad con que esos señores se tomaban su trabajo y cómo se desesperaban cuando topaban con impedimentos que, por su naturaleza, no podían superar. Su posición tampoco era fácil, se les haría una injusticia si se pensase que su posición era fácil. La estructura jerárquica de la organización judicial era infinita y ni siquiera era abarcable para el especialista".

En determinado momento, resulta que El Proceso ya no abandonaba los pensamientos de K. "Con frecuencia había considerado la posibilidad de redactar un escrito de defensa y presentarlo al tribunal. En él incluiría una corta descripción de su vida y aclararía, respecto a cada acontecimiento importante, por qué motivos había actuado así, si esa forma de actuar, según su juicio actual, era reprochable o no, y las justificaciones que se podían aducir en uno o en otro caso. Las ventajas de un escrito de defensa con un contenido similar, en comparación con la simple defensa a través del abogado, por lo demás tampoco libre de objeciones, eran indubitables…"

En las reflexiones acerca de su abogado, K. se decía que sus discursos se repetían cada visita. "Siempre había progresos, pero nunca podía comunicar de qué progresos se trataba. Se trabajaba sin cesar en el primer escrito, pero nunca se terminaba, lo que en la siguiente visita resultaba una gran ventaja, pues precisamente los últimos tiempos, lo que no se podía haber previsto, habían sido desfavorables para entregarlo…"

"¿Era consuelo o desesperación lo que quería provocar el abogado?. K. no lo sabía, no obstante pronto tuvo por seguro que su defensa no estaba en buenas manos."

Más adelante los obstáculos superan al acusado: "Aunque K. tenía la esperanza de aplicar este método, la dificultad de redactar el escrito le resultaba insuperable…

El escrito judicial resultaba un trabajo interminable… No hacía falta tener un carácter miedoso para llegar a creer que era imposible terminar un escrito semejante. Y no por pereza o astucia, lo que sin duda impedía a los abogados concluir su redacción, sino porque tenía que recordar y examinar concienzudamente, toda su vida, sin tener conocimiento de la acusación y de sus posibles ampliaciones. Y, por añadidura, qué trabajo tan triste. Tal vez fuera adecuado para ocupar a un anciano senil en los días vacíos de su jubilación. Pero, ahora que K necesitaba invertir toda su capacidad mental en su trabajo… y ahora que, como hombre joven, deseaba disfrutar las cortas tardes y las noches, precisamente ahora tenía que comenzar a redactar ese escrito".

Compenetrado en su proceso, indagó más, y el "pintor judicial" encargado de retratar a los jueces, así le dijo: "…siempre tuve la oportunidad de ir a los juicios, siempre la aproveché, he presenciado innumerables procesos y he seguido sus distintas fases, tanto como era posible, y, lo debo reconocer, no he conocido ninguna absolución real. -Así pues, ninguna absolución -dijo K como si hablase consigo mismo y con sus esperanzas-. Eso confirma la opinión que tengo del tribunal. Tampoco por esta parte tiene sentido. Un único verdugo podría sustituir a todo el tribunal… Dejemos entonces la absolución real. Usted mencionó otras dos posibilidades. -La absolución aparente y la prórroga indefinida… Ambos métodos tienen en común que impiden una condena del acusado. -Pero también impiden la absolución real -dijo K.- como si se avergonzase de haberlo descubierto".

Dado que K es ejecutado en una plaza solitaria, por dos verdugos a quienes no opuso resistencia -eran los representantes de la ley y la resultante del veredicto- ha de suponerse que desestimó la absolución aparente y la prórroga indefinida.

Pero la cuestión es, que aquí, ley, justicia, proceso, acusación y castigo, remiten al curso de la vida; a historias personales; a tramas sociales: sabernos -todos y cualquiera de nosotros- acusados y presuntos culpables; y encontrarnos de improviso, fluctuando -por consiguiente- entre la indiferencia, el enojo, la rebelión, obsesión- y todo lo que en nosotros ello pueda suscitar reactivamente.

Una punta de que se trata de esto, la encontramos al apreciar que los personajes masculinos con los que se vincula K a propósito de "El Proceso", resultan alcanzados por los acertijos, análisis, prácticas y reglas de "Los Tribunales"; en tanto los personajes femeninos, irrumpen como excepciones a ese mundo de prescripciones, arrancándolo por momentos ---y sólo por momentos- de aquella trama de tormentos.

Entrevemos así, en "El Proceso", una remisión a todo lo "paterno" que rige en la vida, en la psicología, en la época, y que nuestro autor abogado denuncia con vehemencia.

A través de la carta que Kafka escribió a su padre (que fue retenida por su madre y en consecuencia no llegó nunca a destino; y que no debió ser conocida por el público general, no sólo por el pedido del escritor de quemasen a su muerte todos sus manuscritos, sino también por el carácter íntimo de la misiva), podemos conocer el ánimo y el espíritu de Kafka. Allí escribió: "…es verdad que nunca me golpeaste realmente. Pero esos gritos, ese enrojecimiento de tu rostro, ese rápido movimiento para quitarte los tiradores y colocarlos deliberadamente en el respaldo de la silla, todo eso era casi peor para mí. Es como cuando uno va a ser ahorcado. Si realmente lo ahorcan, está muerto y todo se acabó. Pero si tiene que asistir a todos los operativos para su ejecución y sólo cuando el nudo corredizo ya cuelga ante sus ojos se entera del indulto, es posible que quede afectado por ello durante toda su vida. Además, de tantas veces en que, según tu opinión claramente expresada, merecía yo una paliza de la que me salvaba por poco, gracias a tu perdón, sólo conseguía acumular un sentimiento de culpa todavía más grande. Desde todos los ángulos, yo quedaba siempre culpable frente a ti… Mis escritos trataban de ti: en ellos quedaban consignadas las quejas que yo no podía expresarte a ti, en persona… las tentativas de casamiento, fueron los ensayos de salvación más extraordinarios, más ricos en esperanzas, si bien fue luego por igual extraordinario su fracaso. Como en este terreno todo es fracaso para mí, temo que tampoco me sea posible hacerte entender estas tentativas de casamiento. Sin embargo, el éxito de esta carta depende de ello, porque en estas tentativas se reunieron, por una parte, la totalidad de las fuerzas positivas de que dispongo, y por la otra, se reunieron también, y con verdadera furia, la totalidad de las fuerzas negativas que ya describí como resultado de tu educación, es decir, debilidad, falta de confianza en mí mismo, sentimiento de culpa… Casarse, fundar una familia, aceptar los hijos que lleguen, mantenerlos y hasta encaminarlos un poco en este mundo inseguro es, a mi entender, lo máximo que puede alcanzar un hombre…

No se trata en absoluto, además, de lograr ese máximo, sino una aproximación lejana, pero decente; no es necesario volar al centro mismo del sol, pero sí arrastrarse hasta un lugarcito de la tierra, que esté limpio, donde el sol brille a veces y donde pueda uno calentarse un poco. ¿Cómo estaba preparado yo para eso? Pésimamente… las (causas) que me derriban definitivamente son: la presión general del miedo, la debilidad, el menosprecio de mí mismo… Tales como somos, el matrimonio me está vedado justamente porque es la jurisdicción que más te corresponde de hecho… para mi vida solo pueden tomarse en consideración esos lugares que tú no cubres o que no están a tu alcance. Y esos lugares de acuerdo con la idea que tengo de tu tamaño, son muy escasos y nada confortantes, y particularmente el matrimonio no se encuentra entre ellos".

En su obra nos expone Kafka ante la posibilidad de que ni siquiera el estado de derecho, la constitución republicana con sus balances de pesos y contrapesos, los códigos procesales, las diversas instancias de revisión, así como por otra parte tampoco las terapias psicológicas, los estudios de género, y las enseñanzas de la historia, logren verdadero resguardo frente a la supremacía cultural de la noción de culpa, montada en un supremo principio general de presunción de culpabilidad.

Además del gusto por las palabras y la deliciosa prosa de Kafka, y por cierto la satisfacción que en ello encontramos sus lectores, es admirable la vigencia de su obra, que se proyecta trascendente, a nuestros días.

(Gentileza: Revista "Espacio Judicial" Nro. 2 - Colegio de Magistrados y Funcionarios Zárate Campana)


Karen Ileana Bentacur - Juez de Cámara Civil Dpto. Judicial Zárate Campana


 
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