Le tocábamos el timbre al dueño de la pelota y haciendo ruido por la calle iba apareciendo el resto. El sonido de picar la pelota en el hormigón del barrio era bastante alcahuete. Llegando a Beruti y Urquiza ya nos encaminábamos unos cuantos para la canchita que esperaba ansiosa el sonar de gritos, corridas interminables, caídas polvorientas, discusiones y diversión infantil inclusiva.
Estrenaba mi nueva camiseta de San Lorenzo comprada en "Mascotita Deportes" de la calle Castelli. Roja y azul de hilo y como siempre el Nº 5 de la "Oveja" Telch en la espalda. Un número enorme de plástico, cosido sutil y prolijamente por mi mamá en una noche de desvelo y mates, adornaba la espalda
Un caminar entre pases y charla a modo de entrenamiento nos acercaba a esa extensión de tierra casi despareja, con unos troncos de árboles, qué vaya a saber uno de donde salieron, enterrados a pala y escombro por mis amigos y yo cuando recién habíamos pasado los diez años de edad.
Nosotros armábamos nuestro escenario de juego, lo arreglábamos, lo perfeccionábamos y lo disfrutábamos de la misma manera. Todos en colaboración, cooperación, ideas, esfuerzo, comunión, idas y vueltas. Armábamos los equipos a ojo sabiendo el talento y habilidades de todos y para que no haya "robo" los mejores jugaban separados, así el picado se hacía más parejo.
Todos jugábamos sin que nadie nos dijera dónde y todos éramos referí y autoridad. Mi camiseta de San Lorenzo estaba a punto transpiración, más aún con ese número de plástico que oficiaba de calefacción corporal. Mis amigos eran hinchas de otros equipos y las cargadas por esos clásicos ganados y perdidos, River y Boca principalmente, se vivía distinto en la canchita. Pero para mí, hincha declarado del "Ciclón", el clásico era Huracán.
La pelota me quedó cerca de la mitad de cancha, cerca lo vi a mi amigo el "Mono" Sipes, se la pasé en milimétrico pase "bochinesco" y definió ante la salida del "Pichi" Carballo, arquero de selección, en un toque clásico, suave y directo, junto al palo-tronco de árbol imperfecto, como Madurga ante la salida de Perico Pérez.
La corrida del festejo parecía no terminar, el saludo cómplice de dos amigos en la infancia después de compartir un momento lúdico único transformado en el logro del objetivo final, tiene sabor a éxito. Pasé mi brazo sobre su hombro y trotamos hacia el centro de la canchita, riéndonos, felicitándonos y festejando una obra maestra del juego. Mi amigo el "Mono" me abrazaba y sonreía dándole excusa a su apodo y se detenía solo para palmearme la espalda que ocupaba ese caluroso plástico No 5.
En la canchita del barrio se juntaban los colores de camisetas distintos, los gustos, las formas, los deseos distintos. El potrero era un rejunte de vidas distintas y parecidas, pero algo en común nos unía sin características ni condiciones. Todos compartíamos el juego y nadie quedaba afuera.
Esa tarde fui feliz, como casi todas las veces que me juntaba con mis amigos a disfrutar del juego más divertido. Así como así, no nos dábamos cuenta de la inclusión que existía. Antes nos divertíamos, hoy los divierten; antes iniciábamos el juego, hoy eso hay que pagarlo. Es muy probable que hoy si un niño quiere jugar a la pelota no toque el timbre de nadie, solo lo puede encontrar en una escuela de fútbol. La conjunción existente en el antiguo potrero de diversión e inclusión donde juegan todos, hoy pasa por un costado a veces extremadamente competitivo, acercándose al futbol profesional.
Esa tarde fui feliz con mi amigo el "Mono" Sipes, fanático de Huracán, ni se dio cuenta de los colores de mi camiseta y yo ni pensé en su equipo favorito, pero el potrero no conoce de distinciones, todos íbamos hacia el mismo lado, la diversión, la inclusión y la amistad, quizás para siempre.
¡Hasta la próxima!
Néstor Bueri / Psicólogo Social



