InicioFarmacias#DifusiónArchivoBúsquedaSesiones HCD
  Ir a la edicion del dia
MEDIO DIGITAL DE CAMPANA
BUENOS AIRES, ARGENTINA
viernes, 21/ago/2026 - 11:44
 
Parcialmente nuboso
8.9ºC Viento del Sur a 18Km/h
Parcialmente nuboso
Política y EconomíaInfo GeneralPolicialesEspectáculosDeportesNacionales
Twitter Facebook Instagram
» Este artículo corresponde a la Edición del martes, 24/ago/2004 de La Auténtica Defensa.

Espasmos inútiles




Buenos Aires (especial para NA por Pepe Eliaschev) -- En lugar de la serenidad fecunda, se opta por el paroxismo.

Así, dificultades graves pero manejables se convierten en invencibles guerras santas.

Una vez más, la Argentina huye por la tangente de la irritación desmesurada. Bien entendido: por supuesto que este país, pero sobre todo el área metropolitana, padece una comprensible psicosis de inseguridad, generada por la plaga de los secuestros extorsivos, la modalidad criminal devenida en paradigma de todo lo que anda mal en la Argentina.

¿Cuántos secuestros? ¿Cuántos asesinatos? ¿Qué incidencia real tienen esos delitos en la vida cotidiana de la totalidad del pueblo argentino?

Uno de los rasgos más inverosímiles de esta crisis es que encuentra al país bastante inerme en materia informativa.

El mismo Gobierno no tiene en la manga la carta que le permita ir a los medios con datos contundentes que sitúen en un contexto objetivo el tamaño verdadero de la amenaza criminal. Esa amenaza existe y no ha sido inventada por intereses ideológicos. Eso está claro.

Pero también es cierto que, en no pocos casos, la capacidad que tienen los sectores para universalizar sus penurias deriva de su posibilidad real de llegar a los formadores de la opinión pública.

El secuestro de Nicolás Garnil ha sido un hecho criminal intolerable. Su difusión, empero, no hubiese sido similar si, en lugar de ocurrir en La Horqueta, San Isidro, hubiera acontecido en Villa Mitre, Berazategui.

Como quiera que sea, la inminencia de la tercera marcha de Juan Carlos Blumberg en Buenos Aires y la beligerante carta que la señora de Garnil entregó a un matutino y a un canal de TV, deflagraron un particular apuro en el Gobierno, donde no tiembla el pulso a la hora de organizar escenarios simbólicos que, supuestamente, modifiquen la sensación térmica de quienes se alimentan de los medios para organizar sus respectivas vidas privadas.

Ahora, el presidente Néstor Kirchner no quiere quedar fotografiado como un hombre insensible ante la penuria producida por la imagen de descontrol, impunidad y hegemonía criminal que, a menudo, pareciera proyectar la Argentina.

En la capital de la provincia de Buenos Aires, que se presenta como la más afectada por la peste delictiva, se apresuran planes gubernamentales para operar sobre el costado simbólico y psicológico de la cuestión.

No es un invento de la izquierda "garantista", ni un berretín de los intelectuales progresistas. El malhumorado vicepresidente del conservador gobierno de Colombia, el mejor amigo de George W. Bush en América Latina, ha estado preconizando en la Argentina que los medios periodísticos se auto-restrinjan y no le hagan el juego a los secuestradores de personas con coberturas desaforadas y sensacionalistas.

Así, el gobernador Felipe Solá medita estos días "conversar" con los editores locales para que la actividad informativa sea más mesurada, menos acuciante y descontrolada.

Ese vicepresidente colombiano, Francisco Santos Calderón (él mismo secuestrado durante largos meses en su país e integrante de una familia periodística de abolengo) anduvo chuceando feo a los informadores argentinos, alegando que el periodismo de este país es el mejor amigo de los delincuentes. Es que, fiel a sí misma, la Argentina tiene dificultades para reaccionar sin espasmos.

Pero el Gobierno tiene que haber aprendido algo sobre la eficacia verdadera de este tipo de manejos.

El asesinato de Axel Blumberg produjo el luego abortado plan de seguridad presentado por Gustavo Béliz.

Las reacciones inmediatas y en caliente podrán tal vez proyectar ejecutividad y musculosa decisión, pero en materia de política criminal son poco conducentes y suelen llevar a apresuramientos lamentables.

La presión social sentida por el Gobierno ha generado, además, reacciones operativas nada candorosas desde el propio poder.

La Fundación Axel, por ejemplo, está siendo apoyada de manera evidente por el Poder Ejecutivo, que no permitirá que Blumberg se le convierta en la bestia negra de la gestión del Dr. Kirchner.

Ese apoyo, muy llamativo si se certifican las cifras que se meneaban la noche del jueves 19 en un importante cóctel diplomático en la zona más cara del porteño barrio de Belgrano, le permite funcionar con mucha soltura al grupo creado por el ingeniero Blumberg, mientras que la Casa Rosada sale de su condición defensiva ante los embates del padre del joven asesinado.

De hecho, hay que decir que Blumberg no se solidarizó, ni avaló los tramos más politizados de la carta de la señora de Garnil. Pero merece consideración el argumento de que lo que se presenta como imparable ola delictiva es el equivalente al terrorismo de Estado que asoló a la Argentina entre 1974 y 1983.

Se argumenta con fundamentos que hubo un Estado criminal que amparó, propició, organizó y encubrió el secuestro y asesinato de personas y que, ante esa realidad siniestra, surgió el potente reclamo de las madres de las víctimas. Y se agrega, ahora en clave engañosamente simétrica, que -casi 30 años después- el equivalente actual de aquellos 10.000 Desaparecidos serían las víctimas fatales de los secuestros extorsivos de hoy, mientras que quienes portan crespones negros y sostienen en sus manos velas encendidas son la réplica contemporánea de las Madres de Plaza de Mayo surgidas en 1977.

Es un paralelismo equívoco y estéril, que a nada y a nadie

sirve. Si las víctimas de los secuestros de hoy son en gran medida el resultado de un Estado inerme, cuyas propias fuerzas de seguridad fueron obliteradas por el crimen y la corrupción, ese resultado indirecto ¿se compara acaso con la responsabilidad moral y el peso político que implica decidir y ejecutar desde el Estado la eliminación física, con métodos atroces, de millares de personas, hayan sido o no terroristas?

Se impone la precisión: si es evidente que no hay democracia sin una mucho mejor distribución de la riqueza y, por lo tanto, la Argentina es apenas una república organizada sobre una fortísima desigualdad social, también es verdad que esta sociedad predemocrática no alcanzará consistencia elemental en su marcha a la democracia plena mientras la anomia y el cinismo colectivos sigan imponiendo la percepción de que la legalidad y la ilegalidad son lo mismo.

En tal sentido, el aguijoneo cruel de los secuestros extorsivos y el clima de desborde destructivo y arbitrario al que se disfraza a veces de protesta social, conspiran de manera abierta contra la propia continuidad del orden constitucional.

Es oportuno que en el Gobierno se tome nota del impacto popular colosal que tienen hechos delictivos abominables, reiterados y no esclarecidos, ni castigados. Es un reflejo legítimo y oportuno, que proyecta la necesaria presencia de los poderes del Estado ante situaciones que conmueven y perturban hondamente el alma colectiva.

Pero debe desaparecer la tentación malsana de apelar a la

magia.

El predicamento nacional no tiene soluciones inmediatas, menos incluso en el terreno de las lacras que delatan mayor desesperación, audacia y falta de códigos por parte de excluidos, transgresores y delincuentes. Es en este punto donde el gobierno del presidente Kirchner no termina de entender el mal gratuito que a menudo perpetra desde su estilo aparentemente inocuo de manejarse con desprolijidad e improvisación.

El caso del Fondo Nacional de las Artes y el frustrado intento de designar a su frente a Nacha Guevara es, en este punto, una obra maestra del terror. Sobre todo, porque emana del episodio un tufo insoportable a negligencia y soberbia, unidas a un penoso sentimiento de hacer mal las cosas sin favorecer a nadie y a nada, menos incluso al propio Gobierno.

¿Y qué tendrá que ver la telenovela a propósito de la Guevara con la hostil carta de la señora de Garnil? Sencillo: en una era de tamaña descomposición y en la cual el cinismo proverbial de los humanos se asocia con un sentimiento nacional muy profundo de desprotección, es el Gobierno el destinatario inexorable de las demandas, desde las más normales a las más desmesuradas.

Por eso, no ayuda que el Presidente se siga dejando gobernar por los arrebatos de imputarle todo a las responsabilidades de los otros y del pasado.

Dijo, por ejemplo, en Catamarca esta semana: "Ellos, que a veces escuchamos hablar, son los que fundieron y quebraron a la Argentina y creen que los argentinos no tienen memoria".

¿Qué duda cabe?, Monasterio de carmelitas descalzas ciertamente no somos, pero hay mucho de adolescencia y hasta de falta a la verdad en ese altisonante "ellos" que le gusta usar al Presidente, que fue gobernador provincial durante el gobierno del Dr. Menem y solo a fines de los años Noventa conjugó con firmeza una verdadera diferenciación con los "ellos" que ahora sacude ritualmente.

A la Argentina, e incluso hasta al propio Gobierno, le vendría bien mayor mesura, mejor juicio de responsabilidades, menos aquelarre retórico y más sentido de la continuidad histórica de una nación.

Pepebis@arnet.Com.Ar

www.Pepeeliaschev.Com.Ar


 
P U B L I C I D A D






Av. Ing. Rocca 161 (2804) Campana - Provincia de Buenos Aires
Tel: 03489-290721 - E-mail: info@laautenticadefensa.com.ar
WhatsApp: +54 9 3489 488321.-