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» Este artículo corresponde a la Edición del sábado, 02/ene/2021 de La Auténtica Defensa.

Una metáfora para el amor
Por Lic. Ana Julia Cesari







Ana Julia Cesari. Foto: Linkedin


La realidad cotidiana de las parejas durante este tiempo de pandemia ha conllevado, en general, cambios y adaptaciones constantes. Probablemente algunos pactos se hayan roto, la tolerancia haya sido puesta al límite en muchas ocasiones y por tanto fue necesario resignificar el vínculo para hallar nuevas maneras que hagan posible este tránsito.

El encierro pareciera generar respuestas diversas en lo que atañe al amor y los vínculos de pareja, ritmos que se imponen o se alternan, en un abanico que suele ir desde una especie de apatía absoluta al más furioso y enardecido de los impulsos odiosos.

El amor busca su nombre y no lo encuentra, ni en sí mismo ni en el otro. Todos sus parámetros están trastocados: el tiempo de convivencia permanente, la sexualidad interferida, la virtualidad de la imagen, el desencuentro de los cuerpos, los proyectos anestesiados y sobre todo la imposibilidad de la fantasía.

Aparece en muchos casos una especie de fusión, una falta de discriminación de los espacios entre los integrantes de la pareja, surge así el peligro de fundirse con el otro, un estar endogámico impuesto por la realidad que nos excede y nos hace transitar cómo si fuésemos dos y el mismo. En estos momentos suele ocurrir que las parejas desestiman esos espacios particulares, conviviendo como engendrados por un mismo útero, en una ilusión de similitud, a la manera de una hermandad que borra la sexualidad del juego. Esta situación no tardará en hacer sentir algún grado de angustia.

A su vez, otros momentos o formas que adopta el vínculo amoroso parecieran acentuar impulsos hostiles, como intento desesperado del yo de cada uno por separarse y diferenciarse; aquí probablemente los amantes armarán trincheras, intentarán individualizarse y encontrarán siempre desertores que ameriten furiosos ataques.

Muchas veces, los espacios psíquicos se achican tanto que la demanda se vuelve extrema, aparece allí un grito desesperado en el que lo prometido es deuda y el otro se me representa como aquel que se niega a cumplir un acuerdo tácito, "ser y hacerme feliz".

La falta de distancia coarta algo indispensable para el amor, la fantasía, la posibilidad de inventarme al otro y de ensayar un yo distinto.

Es como si se hubiera escondido la metáfora para el amor, el yo y el otro se enfrentan y se confunden. Allí, donde debiera estar lo doloroso de la duda, la confianza en el mito, la distancia que abre y agazapa, la piel entregando sus temblorosas certezas; se impone en cambio un vínculo sin relato. Como si el narrador hubiese abandonado el cuento, todo pasa a ser extremadamente cotidiano y conocido. El amor no respira, pasa sus días incubándose a sí mismo, recordando quién era, soñando su propio sueño.

Ensimismado, el yo, tenderá a formularse complejas y entreveradas preguntas; acerca de lo que fue, sus ilusiones, la necesidad de un sentido nuevo, la historia vivida y la felicidad con y sin el otro.

La pregunta en el charco obtiene una respuesta de barro y el eco del agua perpetúa el misterio. Si el otro del mito pudiese responder al yo tal vez diría: "Soy todo lo que quieras que sea, amigo o enemigo, tu voz enrarecida me conforma, ya que tú mismo dudas de tu propia esencia".

El amor es siempre una promesa, ya que nace de la misma herida del amor y viene a ocupar el lugar de la añoranza por lo perdido; la incógnita y la posibilidad están en su origen y es desde esa falta originaria que los amantes estarán expectantes, pues el otro elegido es aquél construido para dar una respuesta posible y esperada, allí el pacto implícito de los que se aman y la esperanza de calmar ese deseo.

El contexto nos oprime permanentemente, las parejas sienten vivir el fin del fin como tal vez nunca antes lo hayan vivido. Sin embargo la metáfora los ronda, busca una voz que confíe y se alce.

El otro es barro, para quien la pregunta inaugura una forma posible. Será todo o nada según lo moldee con la paciencia del que espera que el viento seque, le preste al fuego la posibilidad de hacerlo invencible y sobre todo admire algo de esa figura, que se revelará ante su creador y no dejará de reconocerse libre para volver así a hacerse promesa, encarnando una metáfora nueva.


 
P U B L I C I D A D






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