En la película "Efecto Mariposa", el protagonista tiene la posibilidad de, al concentrarse en una foto, regresar al pasado para modificarlo. Luego, vuelve al presente nuevamente y verá su vida cambiada para bien o para mal. Intenté hacerlo tomando una foto de la primaria: miré a mis compañeritos, mis pantalones cortos, mis zapatitos con cordones, el portafolio marrón con dos bolsillitos a los costados que se cerraban tipo cinto y el guardapolvo blanco hasta las rodillas. Quería regresar, quería volver a ver a mis amigos de potrero, los de la canchita pelada, de partidos y juegos hasta la noche y avisarles, pasarles la novedad de algo que seguramente los iba a alegrar y, a la vez, sorprender.
Pensaba volver a subirme al techo de tejas de mi casa, de ahí al tanque de agua y sosteniéndome de la antena de la tele, divisar si en la canchita había una pelota por el aire, señal inequívoca de que se preparaba un partido. Bajar más rápido de lo que subí, tirarme del techo y correr las cuatro cuadras hasta el "estadio" para encontrarme con mis amigos y decirles casi sin aliento:
-¡¡¡Chicos, chicos!!! ¿Saben que dentro de cuarenta años van a existir "Escuelas de Futbol"?
Me imaginé la sonrisa entre pícara y sarcástica del "Mono" Sipes, pensé que el "Tano" Mazzocchi me habría vuelto a tirar con algo, que el "Tito" Cazador se mordería la lengua y prepararía el golpe y que el "Ratón" Ituarte pisaría la pelota y escucharía la respuesta.
Todos sabíamos que para aprender había que ir a la dichosa escuela. Recuerdo a la Sra. Aurora Reyes en mis primeros grados en la Escuela 9, con su personalidad contenedora y una presencia docente de respeto y formación; recuerdo también cómo me enamoré perdidamente de María de las Mercedes Zanni, mi maestra de 5º grado en la Escuela 2. Ellas me enseñaron sobre Belgrano, San Martín, Sarmiento, las invasiones inglesas, el 25 de mayo, la independencia y el Cabildo, además de valores, respeto y educación. Pero para aprender había que ir a la escuela, en otro lado no se enseñaba.
"Dejá de mentir, ¿cómo van a enseñar algo que se aprende en la canchita? ¿Quiénes serían los maestros?", me diría el "Colorado" Mujica.
La charla y la discusión habría durado horas; el asombro y las preguntas de pocas respuestas quedarían flotando en la media tarde. Sentados en la imaginaria área grande y apoyados en el poste, nos hubiéramos reído de los ilusos que, además de la escuela diaria, tendrían que ir a otra escuela para aprender a jugar a la pelota. "Imposible", diría mi amigo Gustavo mientras revoleaba el pastito seco que saboreaba antes de jugar.
En los pocos canales de televisión escuchábamos la voz de Horacio Aiello "a la izquierda de su pantalla, señora" y aprendíamos qué era un córner. Y el "Lobo" Fischer nos enseñaba la bicicleta. Y aprendimos a gambetear mirando a Rojitas o al "Beto" Alonso o al "Bocha". Y cómo cabeceaba Victorio Cocco…
¿Cómo va a haber una escuela para aprender lo que se mira y se copia en la tele y después se practica y se crea en la canchita? ¿Por qué van a existir Escuelas de Futbol? ¿Nos vamos a quedar sin la canchita? ¿En la tele no habrá más futbol? ¿Qué van a dar en la tele?
Hay mucho para hablar de lo que sucedió después de cuarenta años: "mi canchita" ya no existe, quedó sepultada entre casas y chalets y las Escuelas de Futbol llegaron, cambiando el apenas pasto que raspaba por un césped como para dormir la siesta y las zapatillas "Flecha" por botines de colores que incluyen medias; una pelota pesada, desinflada, mal cocida con la cámara a punto de salirse que pica para cualquier lado, por una tan liviana que parece de playa; el deseo de jugar para divertirse con los amigos de todos los días, por el deseo, en muchos casos, de un futuro con muchos ceros en la cuenta bancaria. Y una libertad lúdica de aprendizaje diario, por la contención adulta a veces imparable.
¡Hasta la próxima!
Néstor Bueri / Psicólogo Social



