Caminaba con dificultad. El terreno pedregoso, árido, irregular y poceado impedían cada paso. "Qué vergüenza" le hubiera dicho su hermano mayor, "¿Con 18 años no podías caminar por ahí? Que flojito". Tal vez hubiera podido correr sin inconvenientes si hubiese estado solo. En esta oportunidad no era lo mismo, cargaba sobre sus hombros un cuerpo más pesado que el propio. Solo pocos minutos antes iba con su superior inmediato a evaluar, desde lo lejos, la posición enemiga. Habían llegado rumores que los Ingleses habían logrado desembarcar y hacer cabeza de playa. Desde lo alto de la colina podría corroborarse y definir la fortaleza de aquella poderosa escuadra.
No tenían conocimiento del terreno, tampoco de la tarea encomendada. Estaba cursando el cuarto mes del servicio militar obligatorio cuando lo trasladaron a Las Malvinas. Su jefe inmediato, un cabo del Ejército tres años mayor, nunca había realizado tareas de inteligencia como la que les habían confiado.
Desde algún lugar de la inmensidad de esa geografía alguien venía siguiendo la trayectoria de ambos. No habían alcanzado la cima de la colina cuando un fuerte zumbido seguido de un sórdido golpe en la pierna del cabo primero alteró la inestable calma. Había sido un disparo certero a distancia. El muchacho, muerto de miedo, desorientado y perplejo trató de divisar de donde había partido el proyectil. La nada y el silencio invadían la geografía. Vio al militar tirado a unos metros, sangrando, parte de su pierna izquierda destrozada. Corrió a él, le sacó el cinturón y rápidamente le aplicó un torniquete que había aprendido a hacer en el colegio secundario. Volvió a buscar en derredor, con la mirada, si algo se movía. Estaba dispuesto a luchar con quien hubiere herido a su compañero. Nuevamente la nada lo invadía todo. Sin pensar corrió hasta el filo de la colina. La misión era divisar al enemigo. Tenía que lograrlo. Se echó en el piso recordando el grito de cuerpo a tierra que emanaba de sus superiores durante la instrucción de los primeros tres meses de servicio. Se arrastró y con movimientos serpentarios logró llegar. Desde allí veía el mar, la playa y un sin número de buques, botes y soldados a lo lejos que eliminaban la quietud del lugar. La distancia, y probablemente el viento, no dejaba llegar el sonido. Aviones iban y venían sobre un enorme porta aviones ubicado en el centro de la flota. Con el corazón acelerado, y las pupilas dilatadas, observaba, a través de su prismático, el poderío del enemigo. Un movimiento brusco e inesperado evidentemente había alertado al franco tirador. A escasos centímetros un proyectil destrozó una pequeña roca, precedido por el mismo zumbido anterior. Automáticamente rodó colina abajo. Frenó su marcha a varios metros del cuerpo de su superior. Invadido por una tormenta de adrenalina no reparó en la rotura de su uniforme ni en el sangrado de sus heridas. Se puso de pié, corrió agazapado hasta el cabo primero, constató que aún inconsciente tenía pulso. El torniquete había frenado el sangrado. Se hincó para cargarlo entre los hombros, cuando lo logró con gran dificultad y cuidado comenzó el descenso hasta el campamento. Tenía que salvarle la vida a su compañero y tenía que avisar a sus superiores lo que había visto a la distancia en la playa.
Sus fuerzas comenzaron a flaquear. Mal alimentado desde que había sido traído a la isla, sediento, y cargando semejante peso inerte, no pudo más. Se había alejado del lugar donde habían sido sorprendidos por los disparos; cayó agotado perdiendo la conciencia por largos minutos. Lo despertó un grito ensordecedor, su compañero, preso de un ataque de nervios, gritaba desesperado de dolor. Trató de reponerse, sacó la cantimplora y le dio a beber agua. El joven cabo no estaba en sus cabales, con excitación evidente lloraba, imploraba y maldecía. Recordó haber visto en alguna película la maniobra. Sin pensarlo le propinó un puñetazo en el maxilar inferior que noqueó a su superior. Lo volvió a cargar en los hombros y reinició la marcha hasta su campamento.
Los soldados de guardia, vieron a lo lejos el tambaleante andar. Muchos salieron a su encuentro. Se desplomó antes que pudiera llegar la ayuda. Logró, con balbuceos, narrar a los primeros auxiliantes lo que había visto, luego perdió por completo el conocimiento.
Enterado el subteniente a cargo del batallón, hizo desalojar el campamento y esa noche todo el escuadrón se refugió, camuflado entre la geografía, a cientos de metros de las carpas.
Aviones Sea Harrier de la Flota Inglesa con vuelos rasantes, bombardearon el campamento no dejando nada en pie. Al alba, el batallón en pleno, solo con un herido, el cabo primero, emprendieron la marcha hasta la base operativa central.
En su recuerdo, cuarenta años después, aquel cabo primero, sus hijos y sus nietos, con lágrimas en los ojos colocan una flor al pié de la estatua del soldado desconocido. Que placer le causaría enterarse, alguna vez, que le deparó el destino a aquel intrépido mancebo que un día salvó a todo un batallón y dos veces su vida.
El Dr. Víctor Racedo es integrante de Campana Amanecer Literario y de SADE Campana



