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» Este artículo corresponde a la Edición del domingo, 23/may/2021 de La Auténtica Defensa.

A Toda Costa:
Añoranzas de una niñez feliz
Por Lía Suárez de Roveda




Érase una vez una niña muy afortunada que tuvo el privilegio de conocer por dentro y por fuera la famosa "Casa de los Costa".

Nos ubicamos en los alrededores de la mitad del siglo XX. Siendo pequeña y teniendo cierta familiaridad con los caseros Don Manuel Rodríguez y Doña Gloria Ferro y también con el cocinero polaco Don Vicente, recorría la casa y el parque. Compartía el tiempo con la hija del matrimonio gallego, llamada Betty y con sus sobrinos, Glorita y José Manuel Eiras.

Juntos, visitábamos el cuarto de plancha y costura, la vieja cocina y las distintas dependencias que un día desaparecieron bajo la piqueta demoledora.

Esa parte de la casa se comunicaba con el cuerpo principal por un patio cerrado, el que unía la parte demolida con la casona. Las plantas altas de ambas, se vinculaban por un pasadizo aéreo.

La casona estaba flanqueada a ambos lados por una galería de columnas inmensas y piso damero. El comedor principal tenía una mesa para doce comensales; sus paredes estaban recubiertas de tela color bordó que hacía resaltar los marcos de las puertas pintadas de blanco. Remataba la estancia una enorme estufa de mármol blanco, réplica de una de las casas de los Medici. Ese comedor se relacionaba con la sala de música por una gran puerta vidriada, a través de la cual se veía un piano de cola y hacia la derecha aparecía el escritorio que perteneciera a Juan Manuel de Rosas.

Las habitaciones de la casa eran grandes, los baños tenían bañeras de patas arqueadas y azulejos cuadrados blancos.

Hacia el patio daba la antecocina, inmensamente pulcra y blanca, donde se guardaba la vajilla inglesa. La pared lindante al comedor tenía un montacargas.

Siguiendo en su recorrido a Don Manuel, esa nena tuvo la oportunidad de conocer, en sus últimos años de vida, a Doña Sofía ó la "Niña Costa", para entonces postrada en cama. Era una persona muy amable, introvertida y excelente pianista, siendo visitada frecuentemente por una amiga: Margarita Culten. Muy poca era la vida social de la Niña Sofía; esporádicamente interrumpida cuando se ofrecía un cóctel de bienvenida a algún gerente de Esso (hoy Axion).

Don Manuel cuidaba y protegía al grupo de niñas que invadían a diario el parque y la mansión. Iba mostrando los recovecos de la casa y con gran asombro de ellas, quienes imaginaban miles de aventuras, abría la tapa del sótano que comunicaba con el túnel que tenía salida hacia la barranca.

Don Vicente vigilaba a las niñas sobre todo a la salida de esa área de servicios, donde se encontraba la araucaria centenaria con sus peligrosas piñas.

El parque fue mudo testigo de diversas actividades como el paso de un circo y la filmación de una película en el año 1950: "El diablo de las vidalas".

Y lo rodearon algunas fantasías: tal la matanza de ovejas por un felino llegado en camalote y la tan comentada huída al exilio, por el túnel y hacia el río Paraná, de Juan Manuel de Rosas.

Ese parque era inmenso con árboles centenarios, pinos mediterráneos, orejas de elefante, ombúes, algarrobos y talos en la barranca. Se accedía al mismo por un gran portón de hierro forjado. El sendero describía un gran recorrido por el borde de la barranca, donde se alzaba una señorial glorieta y continuando con el trazado se llegaba a las tumbas de los perros: Miloff y los dálmatas Tom y Chuto.

Esas niñas disfrutaban de los senderos orlados de agapantos y coronas de novia. Cada tanto y cercanos a la casa, donde había una rotonda con un aljibe central de adorno, se distribuían hermosos bancos de hierro.

Lo más importante para esas niñas era poseer el control total del parque (prohibido para los varones). La base de sus juegos partía de un viejo ombú en el cual cada raíz pertenecía a alguna de ellas.

El loteo del predio tuvo lugar finalmente, el 19 de octubre de 1958. El tiempo pasó… todo se transformó. Los árboles se troncharon, las topadoras arrasaron con todo el talar. El parque se dividió en lotes, la casa pasó por varios dueños y luego se derrumbó, quedando como mudo testigo algunas columnas de pie.

Todo cambió….Esas niñas se convirtieron en mujeres y nunca se permitieron olvidar aquellos años de sus vidas. Una de ellas fui yo: Lía, acompañada por: Mabel Armesto, María Cristina Gangarello, Virginia Halecka, Marta Leal, Marina Nicelli y Marina Vera.


NOTA: Para la redacción de este artículo, aportaron datos sumamente importantes, las señoras Beatriz Rodríguez Ferro de Carlino y Alicia Suarez de Norese.


Casa de los Costa. Imagen ilustrativa, selección del editor.

 
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