Hace 20 años, 8 chicos con capacidades especiales fueron invitados por un grupo de voluntarias de la capilla Santa Bárbara a reunirse semanalmente unas horas, sin mayor expectativa que tomar mate, salir a caminar, jugar. Hoy la ONG Grupo Esperanza es la referencia necesaria y cotidiana de 80 jóvenes y adultos. Una obra solidaria que es orgullo y ejemplo para toda Campana.
A Juana Gutiérrez se le quiebra la voz. Parece mentira, pero pide disculpas por emocionarse. Y es que no le alcanzan las palabras para explicar lo que siente, cómo el Grupo Esperanza le cambió la vida a su hijo, Nicolás (33), y a ella misma: "Me costaba mucho aceptar como madre verlo así, empastillado, todo el día tirado en la cama, sin amigos, sin nada qué hacer... solamente la madre de hijo con discapacidad sabe lo que es. El dolor cotidiano. Y yo misma me fui apagando con él. Desde que nos recibió el Grupo Esperanza, nuestras vidas tomaron un giro de 180 grados. Mi hijo ahora es independiente".
Hoy, 8 de junio, el Grupo Esperanza cumple 20 años de actividad. Todo se gestó en el seno de la Liga de Madres de Familia de la Capilla Santa Bárbara, en el barrio Dalmine. Marita Nabais, docente y con particular inclinación por la Educación Especial, propuso la idea que fue acompañada por otras tres voluntarias: Alicia Ocelli, Anita Vigo y Élida Balbidares. "Ahora la cosa cambió bastante respecto a aquellos años, hay más opciones de acompañamiento y contención, pero la realidad es que antes los chicos cumplían 18 años y se quedaban sin nada qué hacer, cómo continuar sus vidas, integrarse, expresarse, o simplemente jugar... Era un vacío terrible", recuerda.
El Grupo Esperanza es una asociación civil sin fines de lucro que lleva a cabo un proyecto de realización de actividades para el tiempo libre de jóvenes con discapacidad mayores de 18 años. Comenzó tímidamente, en el SUM de la capilla, convocando a un pequeño grupo de 8 jóvenes. 20 años después, esa cifra se multiplicó por 10 y hay lista de espera.
Poco a poco, aquel SUM fue quedando chico, tanto en superficie como en disponibilidad horaria. Pero dicen que la esperanza es lo último que se pierde, y ahí apareció el terreno donado por la Municipalidad durante la intendencia de Stella Maris Giroldi, en el año 2008.
Las crónicas periodísticas señalan que la donación se hizo efectiva con un simbólico corte de cintas en el terreno baldío que ahora tenía su alambrado perimetral y un cartel que decía: "Aquí se construye la Casa Esperanza". Hubo una suelta de palomas.
"Estábamos como locas de alegría, fue el gran primer paso. Sabíamos lo que queríamos, pero no cómo lo íbamos a lograr. Pedíamos donaciones, la gente nos traía ladrillos, arena… lo que tenían o podían. Lentamente, llegamos a levantar las primeras paredes por la mitad. Fue entonces que Juan Sajnín se enamoró del proyecto. Se involucró personalmente, e involucró a otras empresas de diferentes rubros. Fue impresionante", relata Marita y agrega: "Ahora tenemos otra visibilidad, y son las empresas que se acercan a nosotros para apoyarnos o proponernos proyectos".
En ese sentido, vale aclarar que está en agenda la concreción de una Huerta Hidropónica gestada desde el programa Gen Técnico de TenarisSiderca. El intendente Sebastián Abella firmó a principios de mayo de este año un convenio con el Grupo Esperanza que permitirá que la institución cuente con un innovador y moderno invernadero hidropónico: a modo de comodato, el Municipio cedió por 20 años un terreno de 700 m2 lindero a la Casa Esperanza, donde los jóvenes que asisten allí, podrán contar y manejar una huerta con tecnología de punta.
El importante proyecto impulsado por TenarisSiderca y la Fundación Rocca está enmarcado dentro del programa Gen Técnico: luego de nivelar el terreno y su posterior alambrarlo, alumnos de las escuelas técnicas de Zárate y Campana, trabajarán para emplazar el invernadero hidropónico 100% sustentable que implica una inversión de u$s 100 mil por parte de Tenaris y Fundación Rocca.
En el convenio, al lado de la firma del Intendente está la de Norma Marquesate, actual presidenta de la institución: "Es una forma impensada y maravillosa de transitar estos primeros 20 años… y así como aquel grupo inicial de 4 mujeres de la Capilla Santa Bárbara no sabían en realidad lo que estaban gestando, hoy no podemos ponderar la dimensión y escala de lo que está naciendo con este proyecto: lo fundamental es que todos los productos que se cosechen podrán ser comercializados por los mismos integrantes de Casa Esperanza. Estamos hablando ya no sólo de esparcimiento e inclusión, sino también de inserción laboral de los chicos. Es maravilloso".
Como Juana, Norma también se quiebra cuando habla del Grupo Esperanza al que llegó porque el destino así lo quiso. Hace 16 años, ella asistía semanalmente a un taller de pintura, donde se cruzaba con los chicos del Grupo Esperanza. "Entonces me quedaba un rato más, les cebaba mate, los acompañaba, era algo que me surgía espontáneamente. Hasta que un día, el profesor dijo que no los podía recibir más... Fue entonces que a los pocos días me llamaron por teléfono y me preguntaron si yo no podía hacerme cargo del taller de plástica de los chicos. Me tomó por sorpresa, mi primera reacción fue decir que yo no estaba capacitada, que lo lamentaba mucho y agradecía la propuesta, y corté… pero no habían pasado ni dos minutos cuando devolví la llamada para decirles que sí. Fue una bendición para mí, todos estos años han sido un regalo de la vida... una puede estar mal, tener problemas, pero llegás a Casa Esperanza y la infinidad de abrazos y amor que recibís de los chicos es impresionante. Hacemos sacrificios, trabajamos mucho, le dedicamos muchas horas todos los voluntarios. Pero dicen que el amor mueve montañas y es así. Damos amor, y recibimos mucho más del que damos... no es algo frecuente y el que no lo experimenta en carne propia, no alcanza a entender lo que nos pasa".
El taller de plástica que arrancó Norma, es sólo un ejemplo de las decenas de voluntarios que se acercan al Grupo y aportan lo suyo, tengan o no un vínculo previo con alguno de los chicos. "Cuando me hicieron la entrevista para admitir a mi hijo Nicolás, me preguntaron que sabía hacer. Yo no entendí qué tenía que ver eso con mi hijo. Pero les dije que me gustaba pintar y también tenía mano para la cocina… y ese mismo día arrancamos haciendo pizzas", cuenta Juana y dice que hasta el inicio de la pandemia, iba todos los días a Casa Esperanza y daba una mano donde hiciera falta. "Mi hijo está muy bien ahí, admiro mucho a Marita. Conoce a cada chico, los mira, los estudia… hay un equipo maravilloso de gente, una verdadera familia, y todos van encontrando su espacio y su actividad".
Además de Juana, el taller de cocina actualmente cuenta con otras cuatro voluntarias: Silvana Guzzón, Mónica Barraza, Andrea Parravicini y Juliana Marinetto. "Yo - dice Juliana- soy profesora de Artes Plásticas… pero ni me acuerdo porqué me metí al taller de cocina. Mi primo Walter ya asistía a las actividades del grupo, pero el que me lleva es mi novio, Mauro De Cía, que había arrancado con el taller de Murga. Fui a ver cómo era todo eso y no me fui más...".
Hasta la pandemia, el taller de cocina funcionaba los viernes. "No dábamos abato y tuvimos que poner dos turnos, de 20 chicos cada uno. Ahora, no es lo mismo, pero seguimos haciendo cosas por Zoom. Además de cocinar, les enseñamos a manipular alimentos, cuestiones de higiene, salud, a manejarse en la cocina... algunas cosas proponemos nosotras, otras surgen a partir de inquietudes de ellos. En realidad, más que de contenidos, es un es un espacio de intercambio de emociones, sentimientos y, además, de cocina. Todos aprendemos de todos, y de paso cocinamos. Creo que el eje conductor de los talleres es el amor puro, de ida y vuelta. Siempre hay alguna mamá o algún papá que me agradece por lo que hago, y yo siempre les explico que la agradecida soy yo. Lo que recibo de los chicos no tiene precio".
Además de los talleres de Plástica, de Cocina, y de Murga ya mencionados, la lista se completa con Radio, Computación, Deportes, Lenguaje de Señas, Música y Coro, Porcelana Fría, Folclore, Reciclaje, Manualidades, Tejido, Teatro... y siguen las firmas, todas en manos de voluntarios. Las actividades incluyen salidas a comer, excursiones, prácticas de inclusión laboral, y la participación activa en diferentes eventos comunitarios.
De aquellos primeros 8 chicos iniciales que se acercaron al SUM de la capilla Santa Bárbara en el 2001, hoy continúan asistiendo 6 "veteranos". Una de ellas es María Isabel (49). Su mamá, Isabel Nadal, relata: "No te puedo explicar la alegría de María Isabel cuando vino Marita a invitarnos. La idea era ir a tomar mate, a caminar por el barrio Dalmine, a jugar… tan simple, tan importante y tan necesario: un espacio de encuentro, hacer amigos, socializar. Hoy María Isabel vive tejiendo, le apasiona el teatro y la computación. Hasta la pandemia iba a Casa Esperanza de lunes a sábados, todas las tardes. Ahora sigue los talleres por Zoom, pero todos no vemos la hora de poder volver a reencontrarnos en Casa Esperanza. Hace 20 años, Marita sembró una semilla de amor en tierra fértil y prosperó… hoy estamos viendo un gran y frondoso vergel del que todos los que aportaron su granito de arena, formamos parte. Y ese vergel, gracias a Dios, sigue creciendo y nutriéndonos de amor, alegría y encuentros".



