Mi papá conoció en persona a Diego Armando Maradona, al mismísimo; en el año 81´, cuando jugaba para el Club Atlético Boca Juniors. Lo encontró de casualidad en una heladería de la zona de Parque Lezama y aunque no era "el Diego" de trascendencia mundial que fue después, ya era muy conocido.
Si bien mi papá era hincha fanático de River Plate de toda la vida (como mi abuelo, mis hijos y yo) lo que más le gustaba era el buen fútbol y más aun, el llamado "fútbol lirico", como el que despuntaba "el diez".
- "¡San Diego!" -, gritó mi papá cuando lo vio entrar junto a Claudia Villafañe al negocio comercial y quiso darle un abrazo; pero a Maradona no le había gustado mucho que lo quisiera saludar tan efusivamente y un poco lo sacó, lo corrió.
Algo malo le dijo a mi papá porque con mucha congoja se fue para su autito sin comprar helado. Abrumado.
Decía mi viejo, con mucha alegría, que justo antes de emprender la marcha en su vehículo alguien se arrimó a la ventanilla al grito de "¡Maestro!". Era Maradona que se quería disculpar y le había comprado un kilo de helado en muestra de sincero arrepentimiento. Charlaron como quince minutos, un poco de Argentinos Juniors, Boca y más que nada, del mundialito que ganó la selección juvenil en Japón y al despedirse le firmó un autógrafo en una servilleta de la misma heladería: _ ¡Para mi amigo Claudio con afecto, seguí goleando a la vida! (-el 10-)
¡Alucinado quedó mi viejo! Enamorado…
Yo no conocí en persona a Diego Armando Maradona, pero si tuve la fantástica suerte de verlo jugar en vivo y en directo, una y mil veces; para la selección nacional mayor en el monumental de Núñez, cuando vino a jugar para el Club Atlético Newells Old Boys de Rosario y en partidos solidarios. ¡Yo iba a verlo a él! Lo mío no era cosa de ser hincha de un club o de otro.
- ¡San Diego! - le gritaba yo desde las tribunas, aunque por supuesto no me escuchaba y ya era "El Barrilete Cósmico".
Cuando mi papá querido se fue al cielo dejó la anécdota con "el 10" bien regada en las vidas de familiares y amigos, pero más que nada en las cabecitas de sus nietas y nietos. Le encantaba contarla una y otra vez, adornarla y actuarla. Hacía como que caminaba para su auto triste y que alguien lo llamaba desde atrás y la remataba como el mejor actor de Hollywood sacando de su billetera la servilleta ya amarillenta que un día tuvo la genial idea de hacer plastificar. Como bien lo llamó Maradona aquella vez: ¡Un maestro mi viejito querido!
Cuando Diego falleció fui a despedirlo junto a mis hijos a la Casa Rosada donde alguna vez blandeó la copa mundial de fútbol que ganó en México en el 86´. Abrumados fuimos, desconsolados.
Yo creo que ese triste e inesperado día, el de la despedida terrenal del más grande jugador de fútbol de todos los tiempos, nos volvimos a juntar todos ahí en la casa de gobierno…
¡San Diego, mi papá, mis hijos y yo!
(Dedicado a Claudio Valerio)
Cuento de Gonzalo A. Firpo - Email: gonxa02@gmail.com



