Vivir y multiplicar el mensaje de Jesús es la manera de transitar estos días en los que nos preparamos emocional y espiritualmente para celebrar su nacimiento.
En este segundo Domingo de Adviento, corresponde la lectura del Evangelio según San Lucas, Capítulo 3, versículos del 1 al 6: "Corría el año quince del reinado del emperador Tiberio. Poncio Pilato gobernaba en Judea; Herodes, en Galilea; su hermano Filipo, en Iturea y Troconítida, y Lisanias, en Abilene. 2 Y Anás y Caifás eran los sumos sacerdotes. Fue entonces cuando Dios habló en el desierto a Juan, el hijo de Zacarías. 3 Comenzó Juan a recorrer las tierras ribereñas del Jordán proclamando un bautismo como signo de conversión para recibir el perdón de los pecados. 4 Así estaba escrito en el libro del profeta Isaías: Se oye una voz; alguien clama en el desierto: "¡Preparen el camino del Señor; abran sendas rectas para él! 5 ¡Que se nivelen los barrancos y se allanen las colinas y las lomas! ¡Que se enderecen los caminos sinuosos y los ásperos se nivelen, 6 para que todo el mundo contemple la salvación que Dios envía!".
"Juan Bautista -dice el padre Rufino Giménez Fines- muestra que el camino de Jesús termina en Jerusalén donde él dio el testimonio definitivo de su misión a través de la entrega total. El camino de Jesús no pasa por la ambición y explotación que genera la pobreza, el desalojo, el hambre, la inseguridad e incluso la muerte. El camino de Jesús es diferente: no quita vida, sino que entrega la suya para que todos nosotros salvemos la nuestra. El camino de Jesús menciona el desierto. Jesús, es el nuevo y definitivo líder que conduce a la vida. Juan predica un bautismo de conversión para el perdón de los pecados. Invita a comenzar una nueva historia. La invitación de Lucas es para preparar el camino del Señor. Juan quiere proclamar el comienzo de un nuevo tiempo, en el que Jesús va a construir incluyendo a todos los que quieran escuchar su mensaje y encontrarse con la salvación entendida como un proceso de humanización y que cada bautizado asuma el compromiso de ser voz en el desierto como lo hizo el Bautista a fin de ayudar a todas las personas a reconocerse hijas de Dios". En definitiva, San Lucas nos presenta el contexto histórico en el que nació Jesús. No era un mundo muy distinto al nuestro: un emperador degenerado, gobernadores corruptos, mediocres e indolentes en el poder… y el pueblo sufriendo limitaciones y escaséz. En un mundo así, Juan el Bautista pidió que las personas sencillas y humildes prepararan el camino para que el Mesías pudiera llegar. Nosotros tenemos que hacer lo mismo. No es la primera vez que el mundo está muy mal, perdido, gobernado por la oscuridad. Entonces, una vez más, escuchemos a Juan y preparemos la llegada del Salvador".
"La historia para la Teología Bíblica - explica el sacerdote Rogacionista- es el lugar en donde Dios se revela y salva. Por eso San Lucas hace una síntesis de la historia relatándola desde dos perspectivas: la primera desde el poder político social, representado en una pirámide de poder que arranca con el Emperador, continúa con el Prefecto romano, Poncio Pilato, en la región; luego los Tetrarcas Herodes, Felipo y Lisanias, al mismo tiempo que indica datos de la realidad religiosa que dominaban por entonces sumos sacerdotes como Anás y Caifás. En este ambiente es donde el Hijo del Hombre suscita un menaje de salvación iniciado por Juan el Bautista quien rompe con su familia al recibir el nombre y en su forma de vivir. Juan se va al desierto tomando distancia de la Tierra Prometida, que se ha convertido en lugar de deshumanización, oscuridad y muerte. Juan se coloca en la línea de los profetas genuinos de Israel y llama al cambio de vida. Toma el discurso y la exhortación que en el pasado había hecho el profeta Isaías, desenmascarando la hipocresía en la que vivían, invitando a volver a la senda trazada por Dios que busca la humanización plena y total de nuestras existencias", concluye el párroco de Nuestra Señora del Carmen.



