No juzgar a los demás, libera espacio para que crezca el alma y brote lo mejor de nosotros.
En este octavo domingo del Tiempo Ordinario, corresponde la lectura del evangelio de San Lucas, Capítulo 6, versículos 39 al 45: "Jesús siguió hablando por medio de ejemplos: - ¿Cómo puede un ciego guiar a otro ciego? ¿No caerán los dos en el hoyo? 40 Ningún discípulo es más que su maestro, aunque un discípulo bien preparado podría igualar a su maestro. 41 ¿Por qué miras la pelusa que tiene tu hermano en su ojo y no te fijas en el tronco que tú mismo tienes en el tuyo? 42 ¿Cómo podrás decirle a tu hermano: "Hermano, deja que te saque la pelusa que tienes en el ojo", cuando no ves el tronco que tienes en el tuyo? ¡Hipócrita, saca primero el tronco de tu ojo, y entonces podrás ver con claridad para sacar la pelusa del ojo de tu hermano! 43 Ningún árbol sano da mal fruto, como tampoco el árbol enfermo da buen fruto. 44 Por el fruto se conoce el árbol. No pueden recogerse higos de los espinos, ni pueden vendimiarse uvas de las zarzas. 45 Del que es bueno, como su corazón es rico en bondad, brota el bien; y del que es malo, como es rico en maldad, brota el mal. Porque su boca habla de lo que rebosa el corazón".
"De la abundancia del corazón habla la boca…" dice el padre Rufino Giménez Fines con una sonrisa y señala: "Al igual que la palabra del domingo anterior, encontramos a Jesús hablándole a sus discípulos durante el Sermón de la Montaña, que nos invita la práctica constante de no juzgar la actuación de las personas con las que convivimos. La soberbia, el engaño, el propio provecho, el egoísmo endurecen los corazones, nos ciegan. Nos apartan del camino, y nos impide guiar a los demás. Jesús no rechaza la corrección fraterna, de hecho es necesaria en la vida comunitaria. Pero primero tenemos que saber reconocer nuestras debilidades para ser empáticos con los demás, ponerse en los zapatos del otro y condolerse por su ceguera espiritual, que se plasma en sus malas formas de proceder. La corrección constructiva hacia el otro, no nace de la autosuficiencia o del propio orgullo, sino del deseo de buscar juntos el Reino de Dios, que no es otro que la Paz interior. La vida cristiana se refleja por la calidad y el tipo de nuestra conducta, que surge de un interior sano, honesto, despojado de prejuicios y maldad. Quien lleva en su corazón el odio y la mentira, el afán de poder o de lucro, o está dominado por un espíritu de revancha en sus acciones, jamás podrá liberarse así mismo, ni liberar a otro. Un ciego no podrá guiar a otro ciego, explica Jesús con lógica palmaria".
"Las obras del creyente son el fruto de su forma de vida… las palabras de alguien justo tienen autoridad y credibilidad. Las palabras del que especula, del que no da muestras de una vida transparente, no. Para ser buenos discípulos, debemos aspirar a amar como Jesús, quien no pasa de largo ante ningún caído que lo busca de corazón: siempre mira el bien que hay en cada uno de nosotros y lo multiplica. Pero no es algo que se da plenamente de manera espontánea: para que el fruto buscado prospere, está en juego nuestra voluntad. Finalmente, los invito a responder al llamado que hizo el Papa a una Jornada de Ayuno y Oración para el próximo 2 de marzo. Pidamos que la Reina de la Paz preserve al mundo de la locura de la guerra", concluye el sacerdote Rogacionista.



