Ser empático a partir de reconocer nuestros propios errores, es sanador y nos libera.
En este quinto domingo de Cuaresma, corresponde la lectura del Evangelio de San Juan Capítulo 8, versículos del 1 al 11: "Jesús, por su parte, se fue al monte de los Olivos. 2 Por la mañana temprano volvió al Templo, y toda la gente se reunió en torno a él. Se sentó y comenzó a enseñarles. 3 En esto, los maestros de la ley y los fariseos se presentaron con una mujer que había sido sorprendida en adulterio. La pusieron en medio 4 y plantearon a Jesús esta cuestión: -Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio. 5 En la ley nos manda Moisés que demos muerte a pedradas a tales mujeres. Tú, ¿qué dices? 6 Le plantearon la cuestión para ponerlo a prueba y encontrar así un motivo de acusación contra él. Jesús se inclinó y se puso a dibujar con el dedo en el suelo. 7 Como ellos insistían en preguntar, Jesús se incorporó y les dijo: — El que de ustedes esté sin pecado que tire la primera piedra. 8 Dicho esto, se inclinó de nuevo y siguió escribiendo en el suelo. 9 Oír las palabras de Jesús y escabullirse uno tras otro, comenzando por los más viejos, todo fue uno. Jesús se quedó solo, con la mujer allí en medio. 10 Se incorporó y le preguntó: — Mujer, ¿dónde están todos esos? ¿Ninguno te condenó? 11 Ella le contestó: —Ninguno, Señor. Jesús le dijo: —Tampoco yo te condeno. Vete y en adelante no vuelvas a pecar".
"Hoy –señala el Padre Rufino Giménez Fines - nos encontramos con una historia de doble vertiente. Por un lado, Jesús propone una instancia superadora a la antigua ley mosaica, y muestra una de las llaves para alcanzar la iluminación y la paz interior: no juzgar a nuestros semejantes. Por el otro, pone en práctica lo que entendemos como la infinita misericordia de Dios, a partir de tomar plena conciencia de nuestros errores. Jesús tampoco condena a la adúltera, y le dice "Vete y en adelante no vuelvas a pecar". No es necesariamente una orden, sino más bien un consejo, que también está relacionado con nuestra paz interior: en la medida en que nos elevamos espiritualmente, el pecado no tiene lugar para prosperar, porque simplemente no nos nace. Será difícil pecar, porque tendremos plena conciencia del mal que podemos ocasionar a otros y a nosotros mismos al cometerlo. Volviendo al texto específicamente, vemos que si no hay acusadores ni condena, significa que aquella ley ha dejado de tener vigencia y nos muestra el cambio de vida. Jesús pone en las manos de aquella mujer la posibilidad arrepentirse genuinamente y cambiar. Esa es la nueva dinámica del Reino que nos anuncia Jesús. Esta escena es una llamada a adoptar actitudes nuevas. ¿Cuántas veces acusamos al otro aunque sea con la mirada o la frialdad de nuestro trato? Dios nos llama hoy a devolverle el papel de único juez, nos ofrece el poder visibilizar profundamente nuestra condición de semejantes y hermanos, porque somos hijos de un mismo creador".
"El que esté libre de pecado, que tire la primera piedra", les dice Jesús. A ellos también los invita a la reflexión, a experimentar empatía y misericordia, e incluso, al marcharse, se reconocen también como pecadores. Es decir, nadie es tan perfecto como para señalar al otro y condenarlo. En todo caso, nuestra misión pasará por tratar de corregirlo, mostrarle el camino que propone la Nueva Alianza anunciada y practicada Jesús hasta el extremo. Sin ir más lejos, pensemos una de sus últimas palabras en la cruz, elemento de tortura por antonomasia, a minutos de su muerte: "Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen".
"Fijémonos también que Jesús nos muestra lo valioso de nuestras vidas, al dar por tierra una ley que propone la pena de muerte en un contexto histórico en el cual para sus contemporáneos la vida del otro valía poco o nada. Jesús no acusa a la pecadora, pero desea que se arrepienta genuinamente y que nadie se crea juez de los demás. A lo largo de nuestro crecimiento espiritual, todos tenemos que ir examinando las propias intenciones e identificar el motivo que nos impulsa a juzgar: Ninguno es digno de tirar la primera piedra. La mujer, sorprendida de haber salvado literalmente su vida, no piensa aprovechar la inesperada ocasión y huir: se queda dialogando con su Salvador. "¿Dónde están tus acusadores? ¿Ninguno te ha condenado?" La mirada de Jesús, llena de misericordia y amor hace surgir del corazón de la desdichada sentimientos de gratitud, de confianza y arrepentimiento. No se trata de un arrepentimiento fruto de una interpelación acusatoria, sino más bien de una profunda comprensión: Dios no quiere la muerte del pecador, sino que se convierta y viva de manera plena, nos quiere menos criaturas y más humanos, espiritualmente evolucionados. Jesús dice: "Puedes irte", no hace falta hablar mucho más, porque es claro que la mujer ha comprendido y por lo tanto, se ha convertido: será una portavoz de la lógica del amor. Jesús no discute, sino que actúa, apelando a nuestra esencia más pura y desde ahí a nuestro raciocinio. Con sus gestos, Jesús establece así una nueva mediación de salvación, que va de persona a persona, pronunciando un juicio de misericordia en nombre de Dios. Jesús nos pide que entornemos al menos un poco la puerta de nuestro corazón, es decir, nos demos una mínima oportunidad, para que Él pueda hacer lo demás. Sólo el que tiene fe en la misericordia de un padre, podrá tener una vida nueva y liberarse de la red que nos retiene y demora. Sólo el que se reconoce pecador y no se queda en la superficialidad de la culpa, podrá elevarse a partir de la reconciliación: con Dios primero, y a partir de ahí con uno mismo y con los demás", señala el sacerdote Rogacionista y concluye: "Mis bendiciones y agradecimiento a todos aquellos quienes de una manera u otra me expresaron su pesar por la partida de mi querido hermano Félix. No es fácil, lo voy a extrañar mucho. Pero no se lamenten: fue un buen hombre y seguramente ya está en el cielo".



