Me hice un mate, encendí un cigarrillo y salí al patio, sin grandes intenciones. A menudo miro la yerba en el mate y la mente se va, empiezo a imaginar cosa que nunca voy a hacer, cosas que tengo ganas de hacer y tienen algún sustento de realidad, también me pregunto quién soy, a dónde me está llevando la vida.
Que se yo, la mente juega, le suelto un poco la cuerda, como quien dice, al fin y al cabo, lo interesante es entretenerse un poco, aflojar.
Este tanto pensar sin llegar a grandes y trascendentales actos me hace acordar al árbol cafetero que estaba en el fondo de la casa de mi abuela. Daba unos frutos verdes que nunca maduraban, quizá nosotros no le dábamos tiempo y lo arrancamos antes, en verdad que no sé.
El fruto eran unas bolitas que sacábamos y la tirábamos a la pileta o bien fuerte al aire para que suene la chapa del techo de algún vecino, tardaban más o menos cinco segundos los techos en hacer ruidos.
Recuerdo que durante toda la infancia nos subíamos al árbol que queríamos tener, cada uno aportaba su idea, también divagamos y hablábamos de otras cosas.
Creo que en todos esos años llegábamos a poner solo dos o tres maderitas, que parecían todo un piso completo. Parece que el proyecto de casita de árbol nunca resultó.
Lo que sí resultó, es que fueron nuestros primeros intentos de soñar despiertos. Imaginábamos una vida libre de adultos, aprendía a ir más allá de lo que se ve.
Hoy estoy viejo, ya no estoy para trepar un árbol y divagar, pero tengo el mate que me despega del mundo visible, aunque no tan lejos como el árbol cafetero.



