Sin ninguna máquina del tiempo el pasado se hizo presente, me crucé con una ex de mi juventud. Los dos hicimos como que no nos vimos, son de esas historias que no terminan mal, pero tampoco da para saludar. Me gustó verla, es lindo encontrarse de vez en cuando con el pasado, con lo que uno fue, aunque ella está en el podio de las que más me hizo sufrir.
Cuando la vi... no sé, no sé si merecía que yo haya sufrido tanto por ella. Yo le digo, a este tipo de experiencias "superemociones temporarias", que puede traducirse como "simples caprichos".
Hay cosas que la vida te pone por delante y uno inexplicablemente las desea desde los más íntimo. Este capricho temporal me hizo acordar cuando estábamos en la casa de la Nona y llegó mi primo con el cuchillo de Rambo. Él era uno de los más grandes, el que guiaba por dónde más o menos debe ir una niñez.
Vino con el cuchillo de Rambo, igualito al de la peli. Venía con brújula, anzuelos, tenía unos fósforos que se veían distintos a los del cajón de casa, cinco fósforos venían adentro del mango y si mal no recuerdo, también venía con una aguja e hilo para hacer un par de suturas por si te lastimás (como en la película).
Mi mamá me dijo que tenga cuidado, que no lo use, que eso no es para jugar. Mi primo me decía: mirá, es de acero, tomá, fijate, es pesado, es bueno eh! Y me explicó cómo usar la brújula por si algún día me perdía.
Yo pensaba que mi primo con ese cuchillo tenía todos los fundamentos para ser un chico feliz, se lo veía orgulloso y entusiasmado. Mi mamá me advirtió acerca del daño que puede hacer un cuchillo de Rambo, pero nunca me advirtió acerca de las heridas del corazón.



