Enfocarse sólo en acumular sin cultivar nuestra elevación espiritual y la de quienes nos rodean, nos aparta del verdadero sentido de la vida, y del bienestar que tanto anhelamos.
En este décimo octavo domingo del Tiempo Ordinario, corresponde la lectura del Evangelio de San Lucas, Capítulo 12, versículos 13 al 21: "Uno que estaba entre la gente dijo a Jesús: — Maestro, dile a mi hermano que reparta la herencia conmigo. 14 Jesús le contestó: — Amigo, ¿quién me ha puesto por juez o repartidor de herencias entre ustedes? 15 Y, dirigiéndose a los demás, añadió: — Procuren evitar toda clase de avaricia, porque la vida de uno no depende de la abundancia de sus riquezas. 16 Y les contó esta parábola: — Una vez, un hombre rico obtuvo una gran cosecha de sus campos. 17 Así que pensó: "¿Qué haré ahora? ¡No tengo lugar bastante grande donde guardar la cosecha! 18 ¡Ya sé qué haré! Derribaré los graneros y haré otros más grandes donde pueda meter todo el trigo junto con todos mis bienes. 19 Luego podré decirme: tienes riquezas acumuladas para muchos años; descansa, pues, come, bebe y diviértete". 20 Pero Dios le dijo: "¡Insensato! Vas a morir esta misma noche. ¿A quién le aprovechará todo eso que has almacenado?". 21 Esto le sucederá al que acumula riquezas pensando sólo en sí mismo, pero no se hace rico a los ojos de Dios".
"Continuamos – dice el Padre Rufino Giménez Fines- recorriendo el Evangelio de San Lucas, con mensajes que son muy explícitos, una guía de comprensión y conversión: Jesús nos llama a hacernos cargo y difundir la Palabra, multiplicar los panes, es decir la Paz interior con los demás. Luego, para eso nos invita a dejar atrás todo lo malo, lo que nos demora y retiene. Después, el buen samaritano, un supuesto hereje, es ejemplo de espiritualidad cristiana; y luego le advierte a Marta que sus obligaciones no la distraigan de cultivar su interior… El domingo anterior, vimos el poder de la oración, y hoy, vemos como la acumulación de bienes terrenales no son lo importante: nada material nos llevaremos al otro lado. La parábola del rico insensato, nos muestra que es de necios enfocarse sólo en acumular, sin preocuparse del verdadero tesoro que es nuestra elevación espiritual, perdiendo así el verdadero sentido de la vida.
La avaricia es la que le impedía al rico escuchar el llamado de Dios. Ser rico para Dios, es en el amor al prójimo, en ayudarse, acompañarse y apoyarse los unos con los otros.
Para eso, también, tenemos que ubicarnos en el contexto económico y social de aquel momento, tanto en los tiempos del Antiguo Testamento como en los de la iglesia primita; posiblemente muy similar a las desigualdades que hoy vemos en el llamado Tercer Mundo: unos pocos extremadamente ricos y poderosos, mientras que la gran mayoría de la población transitando la pobreza.
De ahí, la constante denuncias contra la corrupción que encontramos en los libros de los profetas y los libros sapienciales: la palabra rico, es sinónimo de avaro, explotador e injusto. Cuando se suspira por el Reino de Dios, lo que se anhela es la instauración de un nuevo orden de justicia, especialmente para los pobres y descartados: mujeres, niños, viudas, esclavos, extranjeros, ancianos y desempleados. Un nuevo orden de igualdad, de derechos y de ejercicio de esos derechos. Jesús, no sólo fue ajeno a esta mentalidad profética, sino que desde la realidad de los pobres y marginados anuncia para ellos el nuevo reinado de Dios. Elige como apóstoles a gente humilde, y exige a quienes lo sigue una clara postura: el nuevo régimen se basa en la solidaridad y en el amor al prójimo.
El Evangelio hoy sigue teniendo plena vigencia, contemplamos una tremenda corrupción, especialmente en las esferas superiores de nuestras sociedades, donde sólo manda y reina el dinero. Prácticamente igual como lo denunciaba hace casi 3000 años el profeta Miqueas".
"En el modelo de Jesús se contraponen dos modelos de riqueza, la verdadera y la falsa. El verdadero tesoro del cristiano es el Reino de Dios… pero no se trata de un reino meramente espiritualista, ajeno al mundo y a los demás. Sólo así alcanzaremos una vida digna, serena, y gozosa. La avaricia todo lo destruye, incluyendo al avaro a quien nada lo colma ni lo conmueve. Familias enteras destrozadas por odios insalvables porque están atravesadas por el dinero, el fraude y el engaño, que destruyen la confianza mutua y el amor.
Coimas de todo tipo que socavan el sentido de la autoridad, amistades que naufragan tras una traición… todo vale cuando el dinero es la prioridad en nuestras vidas. Esta insensata voluntad de los hombres de enriquecerse por sobre sus hermanos: venta de armas, tráfico de drogas, trata de mujeres y niñas, contrabando, evasión, sobreprecios en la obra pública, complicidades y encubrimientos, y tantos otros males.
Ese tipo de riqueza espuria genera una tremenda pobreza para la humanidad, tanto en términos terrenales como espirituales, porque la vacía de valores y lo más sagrado de nuestra condición como hijos de Dios y, por lo tanto, hermanos. La vida es un tesoro en sí mismo, por eso debemos respetarnos y respetar a los demás. No está mal querer vivir en plenitud y felicidad, sin pesares económicos e incluso en abundancia… pero debemos hacerlo sin traicionar nuestra esencia, que nos fue develada por el Verbo cuando se hizo carne y habitó entre nosotros", concluye el sacerdote Rogacionista.



