Cuando dos cosas salen mal uno empieza a creer que la tercera también saldrá mal, porque pierde la confianza sobre sí mismo.
Es una desconfianza sutil que se da de a poco, como un árbol que pierde día a día un puñado de hojas en otoño y de un momento a otro queda desnudo.
Así perdí yo la confianza, no me animo otra vez. Intenté revertir la percepción que había creado sobre mí y la realidad, pero lo sentí artificial. Consideré que estaba intentando automentirme.
Y recordé entonces cuando en la casa de la Nona un bicho aleteó en mi oreja. Era verano y a la tardecita empezaron a molestar los mosquitos. La pile es un gran criadero de estos insectos y se ponía muy intensa la situación a esa hora. Un zumbido se hizo muy fuerte en mi oreja y al intentar espantar con la mano al desconocido insecto, me pareció que se fue hacia adentro. Sentía una molestia en el oído e intenté aliviarla con el dedo dentro de la oreja, con la esperanza de sacar al mosquito o un pedazo de insecto. Necesitaba sacar algo de mi oído.
Le dije a mi mamá que me mire, porque me parecía que entró un mosquito en mi oreja y no me lo podía sacar. Ella me dijo: "No se ve nada y dejá la oreja tranquila que te la vas a inflamar". Le creí a medias. Quería algún tratamiento, alcohol o gotitas para el oído, porque en verdad me estaba molestando demasiado.
Mientras tanto, yo seguía con la mano en la oreja y cada tanto metía el dedo meñique con la esperanza de expulsar algo del mosquito. Estaba seguro que algo había entrado y no podía darme cuenta qué.
El zumbido y el temor de tener un intruso dentro de mi oreja alteró mis sentidos y la incomodidad se quedó ineludiblemente conmigo todo el día.
Todavía no dejo de asombrarme con qué facilidad se engañan los sentidos.



