Una clase magistral sobre descarriados, derrochadores y confundidos. Sólo aquellos que se eleven, podrán experimentar la misericordia: un paso más allá de la ya escasa empatía.
En este vigésimo cuarto domingo del Tiempo Ordinario del calendario litúrgico, corresponde la lectura del Evangelio de San Lucas, Capítulo 14, versículos del 25 al 33:"Todos los recaudadores de impuestos y gente de mala reputación solían reunirse para escuchar a Jesús. 2 Al verlo, los fariseos y los maestros de la ley murmuraban: — Este anda con gente de mala reputación y hasta come con ella. 3 Jesús entonces les contó esta parábola: 4 — ¿Quién de ustedes, si tiene cien ovejas y se le pierde una de ellas, no deja en el campo las otras noventa y nueve y va en busca de la que se le había perdido? 5 Cuando la encuentra, lleno de alegría, se la pone sobre los hombros 6 y, al llegar a casa, reúne a sus amigos y vecinos y les dice: "¡Alégrense conmigo, porque ya encontré la oveja que se me había perdido!". 7 Pues yo les digo que, igualmente, hay más alegría en el cielo por un pecador que se convierta que por noventa y nueve justos que no necesiten convertirse. 8 O también, ¿qué mujer, si tiene diez monedas y se le pierde una de ellas, no enciende una lámpara y barre la casa y la busca afanosamente hasta que la encuentre? 9 Y cuando la encuentra, reúne a sus amigas y vecinas y les dice: "¡Alégrense conmigo, porque ya encontré la moneda que se me había perdido!". 10 Pues yo les digo que, igualmente, se alegran los ángeles de Dios por un solo pecador que se convierta. 11 Y les contó también: — Había una vez un padre que tenía dos hijos. 12 El menor de ellos le dijo: "Padre, dame la parte de la herencia que me corresponde". El padre repartió entonces sus bienes entre los dos hijos. 13 Pocos días después, el hijo menor reunió cuanto tenía y se marchó a un país lejano, donde lo despilfarró todo de mala manera. 14 Cuando ya lo había malgastado todo, sobrevino un terrible período de hambre en aquella región, y él empezó también a padecer necesidad. 15 Entonces fue a pedir trabajo a uno de los habitantes de aquel país, el cual lo envió a sus tierras, a cuidar cerdos. 16 Él habría querido llenar su estómago con las algarrobas que comían los cerdos, pero nadie le daba nada. 17 Entonces recapacitó y se dijo: "¡Cuántos jornaleros de mi padre tienen comida de sobra, mientras yo estoy aquí muriéndome de hambre! 18 Volveré a mi padre y le diré: Padre, he pecado contra Dios y contra ti, 19 y ya no merezco que me llames hijo; trátame como a uno de tus jornaleros". 20 Inmediatamente se puso en camino para volver a casa de su padre. Aún estaba lejos, cuando su padre lo vio y, profundamente conmovido, salió corriendo a su encuentro, lo estrechó entre sus brazos y lo besó. 21 El hijo empezó a decir: "Padre, he pecado contra Dios y contra ti, y ya no merezco que me llames hijo". 22 Pero el padre ordenó a sus criados: "¡Rápido! Traigan las mejores ropas y vístanlo, pónganle un anillo en el dedo y calzado en los pies. 23 Luego saquen el ternero cebado, mátenlo y hagamos fiesta celebrando un banquete. 24 Porque este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la vida; se había perdido y lo hemos encontrado". Y comenzaron a hacer fiesta. 25 En esto, el hijo mayor, que estaba en el campo, regresó a casa. Al acercarse, oyó la música y los cánticos. 26 Y llamando a uno de los criados, le preguntó qué significaba todo aquello. 27 El criado le contestó: "Es que tu padre ha hecho matar el becerro cebado, porque tu hermano ha vuelto sano y salvo". 28 El hermano mayor se irritó al oír esto y se negó a entrar en casa. Su padre, entonces, salió para rogarle que entrara. 29 Pero el hijo le contestó: "Desde hace muchos años vengo trabajando para ti, sin desobedecerte en nada, y tú jamás me has dado ni siquiera un cabrito para hacer fiesta con mis amigos. 30 Y ahora resulta que llega este hijo tuyo, que se ha gastado tus bienes con prostitutas, y mandas matar en su honor el becerro cebado". 31 El padre le dijo: "Hijo, tú siempre has estado conmigo, y todo lo mío es tuyo. 32 Pero ahora tenemos que hacer fiesta y alegrarnos, porque tu hermano estaba muerto y ha vuelto a la vida; se había perdido y lo hemos encontrado".
"El capítulo 15 – dice el Padre Rufino Giménez Fines- es el corazón del Evangelio de San Lucas donde, a través de tres parábolas diferentes, nos muestra el mismo mensaje: la misericordia del Padre, y su regocijo ante nuestra conversión e iluminación. Más aún: la escena surge a partir de una crítica de los fariseos, no se explican cómo Jesús se junta con lo que ellos consideran "la chusma", gente de mala reputación, excluidos de cualquier interacción social y religiosa. Sin embargo, Jesús no sólo interactúa con ellos, les enseña, y hasta come con ellos. Hay que entender el contexto de la época y lo escandalizante de su conducta. Los fariseos hacían una nítida y permanente lectura de lo puro y lo impuro, sobre todo a la hora de la mesa, donde había una sola fuente y todos metían en ella su mano para comer. Normas de higiene al fin, pero que nada tienen que ver con la religión propiamente dicha… Jesús viene a decirnos que somos todos importantes para el Padre, quien tiene misericordia (no lástima) por nosotros: somos profundamente valiosos, tanto es así que nos conoce antes de nuestra concepción… es difícil de interpretar, supera nuestra capacidad de discernimiento: ¿Cómo explicarle a una pisca de sal lo que es el mar? Sin embargo, cuando dejamos de cuestionar, confiamos y simplemente nos dejamos llevar por el amor, todo encuentra sentido y no hace falta explicación alguna".
"El amor que Jesús propone no excluye a nadie. El amor no margina, sino que sale al encuentro del otro. El amor no espera a que nos pidan ayuda, sino que se adelanta a resolver la necesidad. El hijo pródigo, derrochador, sumido en el pecado y el egoísmo, se encontraba en tierras lejanas… se aleja de su padre, quiere ser independiente, mientras que su padre sale cada día al camino para ver si regresaba. Nunca perdió la esperanza, y su corazón de padre lo reconoce aunque está irreconocible: sucio, cansado, envejecido prematuramente. Así es el amor del Padre, a veces nos deja desconcertados al punto de dudar de él, porque su amor es maravilloso, sorprendente, siempre presente en nuestras vidas… Después, tenemos la figura del hijo mayor en la parábola, a quien la envidia no le deja gozar de la fiesta y de alegrarse del retorno de su hermano, quien estaba muerto en vida. Creo que para las personas que estamos en la Iglesia, el peligro es que nos comportemos como el hermano mayor, llenos de envidia, pensando que nunca se nos ha dado… Cuando el padre sale fuera de su casa a pedirle a su hijo mayor que se sume a la fiesta, se devela una de las verdades más atractivas de Dios, y es que nos quiere a todos por igual, y a todos nos perdona nuestros errores. Se olvida de nuestros pecados, nos insta a iluminarnos e ingresar a la fiesta de la vida que él nos ofrece. Hay algo que la parábola no dice, pero está implícito: el hijo mayor escucha a su padre, abre su corazón, comprende todo, y va en busca de su hermano, a festejar que ha vuelta a la vida buena, la que realmente vale la pena ser vivida… ", concluye el sacerdote Rogacionista.



