El gobierno se muestra cauteloso con algunos sectores, y ansioso con otros, o mejor dicho, para algunos hay medidas de disciplinamiento, para otros políticas de promoción: manera de tentarlos, sobre todo, para que traigan dólares. Entre los primeros se encuentra la industria alimenticia y la textil, dos dimensiones distintas pero ambas con alta incidencia en el IPC. Entre los segundos: la automotriz, petroquímica y el sector de servicios profesionales ya han sido premiados con acceso a dólares diferenciales según nivel de exportaciones; también el agropecuario, obviamente, y la semana próxima se suma "el hidrógeno verde".
Repasando brevemente lo que ocurrió esta semana en la negociación de Economía con las empresas alimenticias fue un "boicot" al plan de congelamiento de precios de productos básicos por cuatro meses que quiere lanzar el gobierno en diciembre. Ante un pedido de Economía de que no remarcaran por encima del 4% el listado de los 1.500 productos que entrarán en Precios Justos, en horas siguientes los más grandes fabricantes de alimentos, bebidas y limpieza mandaron a los supermercados listas con aumentos de entre 7 y 15%. Massa defiende la estrategia a advierte que hará cumplir la Ley de Defensa del Consumidor con multas más graves en caso que los informes a cargo de la secretaría de Comercio detecten aumentos por encima de la inflación en determinados rubros. Se abre un escenario de disputa.
Otros que se suman al esquema de Precios Justos, con el debido dudoso alcance de la medida, es el rubro textil. En septiembre Comercio firmó un acuerdo con 60 marcas del sector de confección de indumentaria que prometieron congelar los precios hasta principios de diciembre (antes de las fiestas, esto difiere del esquema general) y que luego por un plazo de 180 días evolucionaran de acuerdo con el tipo de cambio oficial. Acuerdo similar firmarán la semana próxima los textiles, es decir las empresas que operan antes de la confección, y afectará a las ventas de materias primas para la elaboración de ropa de invierno, de modo que no veremos su alcance en el corto plazo.
En danza está un nuevo acuerdo con la industria del trigo, para frenar futuras subas del precio del pan ante la sequía, y con la de aceites.
Pero pasemos al lado de "la zanahoria", de los premios que otorga el Estado para sectores puntuales como el proyecto de ley que la semana próxima el Poder Ejecutivo enviará al Congreso para otorgar "estabilidad por 30 años a las inversiones de hidrógeno". La declaración fue hecha por Massa en un acto en Río Negro, que será la principal receptora de las inversiones en el sector. Una promesa para avanzar en la transición energética.
Recordemos que en noviembre de 2021 la empresa australiana Fortescue Future Industries, cuyo presidente para América Latina es el ex Puma Agustín Pichot, anunció que invertiría USD 8.400 millones para desarrollar el hidrógeno verde en Río Negro. Y en abril de este año la empresa presentó el proyecto ante la comunidad científica y tecnológica de Bariloche, en un evento organizado por el gobierno provincial, quien ya tiene firmado un memorando de entendimiento con la empresa y además colaboró en la redacción de la "Ley de Hidrógeno".
¿Pero qué es el hidrógeno verde? Es una fuente de energía, renovable y limpia (es decir baja en emisiones de carbono). No es una fuente primaria, como el carbón, el petróleo o el gas, sino que deriva de otros componentes, como el agua en el caso del hidrógeno de color verde. Hay hidrógeno de otros colores, como el azul o gris, que emanan del gas natural y la diferencia entre ambos es cuán ambientalmente sostenible es el proceso de separación y la materia prima. El caso del hidrógeno verde es el más limpio: el agua es alimentada por energía eléctrica de fuente eólica o solar que no contamina, y el proceso de producción del hidrógeno, la electrólisis (que es el más difundido), no genera emisiones.
La utilización del hidrógeno es similar a la del gas: para generar calor o en motores a explosión. Un informe de la Agencia Internacional de Energías Renovables (IRENA) señala que el hidrógeno podría representar hasta el 12% de la energía mundial en 2050. Actualmente su demanda se destinada principalmente a la industria de fertilizantes (amoníaco) y a la petroquímica, pero también tiene aplicaciones en la fabricación de alimentos y hasta la industria metalúrgica y siderúrgica, según un trabajo del Centro de Estudios para la Producción (CEP XXI). A nivel mundial seis países son líderes en la producción de este combustible: Australia (tierra madre de Fortescue), Holanda, Alemania, China (que produce y consume más hidrógeno que cualquier país del mundo, aunque en su mayoría de color gris), Arabia Saudita y el vecino Chile con dos proyectos en boga.
La producción del hidrógeno verde es cara, entre otros factores, porque utiliza un metal noble carísimo que es el platino. El cual no se consume pero sí se deteriora. De modo que esta actividad está íntimamente ligada con el desarrollo de la minería (las principales reservas de platino están en Sudáfrica). Es una apuesta a la transición energética que ya impulsan varios países del mundo y a la generación de divisas ya que buena parte se exportará desde Argentina. Se puede pensar también en el mediano y largo plazo.
Con gestión de Agustín Pichot, Argentina recibe una inversión de Australia para producir hidrógeno verde



