En medio de una vorágine tecnológica y cientificista, comenzamos andar este nuevo siglo, deslumbrados por hallazgos y avances. Así, deambulamos preocupados por el último celular y la definición del DVD, pero totalmente inmutables, a la hora de tomar decisiones o hacernos cargo de cambios reales en cuanto a nuestra vida y la de nuestros hijos.
Mientras las relaciones sexuales ahora se inician en la preadolescencia y la cantidad de madres adolescentes crece a diario en forma alarmante, sin distinción de clases sociales ni región geográfica, el tabú y las represiones histórico - culturales de nuestra sociedad aún priman inmutables. Actúan como lazos fuertes y elásticos que presionan e impiden enfrentar el problema con los ojos y la mente abierta. Solo atinamos a mirar para otro lado, pateando lo que surja bajo la alfombra de la indiferencia.
En la legislatura de la Ciudad de Buenos Aires, se están tratando tres proyectos de ley sobre educación sexual. Uno, el más discutido, trata sobre la instauración de la educación sexual desde el primario con la homosexualidad como una elección. Otro proyecto, es el que requiere un taller para los padres porque son ellos "los únicos que tienen el derecho de formar a los hijos". El último establece la instauración de educación sexual en las escuelas y un taller para los padres.
Esta iniciativa, generó fuertes reacciones de diferentes agrupaciones religiosas (cristianas y monoteístas) que se manifestaron en contra de la educación sexual. Esgrimiendo argumentos tales como, que "la educación de los hijos es responsabilidad y derecho de los padres". Lo cual es válido e indiscutible, pero no absoluto, sino ¿para que mandamos nuestro hijos a la escuela?. Otros, se centraron en el tema de la homosexualidad y adujeron que las actividades entre personas del mismo sexo como "abominaciones frente a los ojos de Dios". Entiendo, que la parte de la Biblia donde Dios nos enseña sobre tolerancia, misericordia y libre albedrío, fue obviada para realizar tal definición.
Recuerdo a muchas madres contando que el tema sexualidad era algo totalmente prohibido en casa de sus padres. El solo querer preguntar el porque o el como de su periodo menstrual, las calificaba de "chanchas" o simplemente se las callaba con una silenciosa pero definida cachetada. Se susurraba solo en algunos ámbitos sobre "el asunto" y "la regla". Hoy nos reímos de eso. Pero acaso ¿no es una risa hipócrita cuando tampoco intentamos hablar directa y abiertamente de ello? ¿Cuándo dejamos que nuestros hijos vean sexo cada vez más explicito en televisión, pero miramos para el otro lado ante la posibilidad de que ellos estén experimentando tales cosas? ¿Cuándo dejamos que hablen entre amigos, sabiendo que la información que circula entre ellos es siempre acotada, llena de baches y mala información?
¿No sería entonces, la escuela, el lugar indicado para que se brinde a los alumnos información correcta y objetiva sobre lo que inevitablemente es… nos guste o no, queramos o no? Después será nuestra función dar un marco de contención a esa información. Darle la subjetividad individual según las creencias, costumbres y filosofías familiares, para que esa información sea utilizada y procesada según el tan mentado "derecho y responsabilidad" que los padres tienen sobre la educación de sus hijos.
El tema requiere de acciones inmediatas. No solo en la Ciudad de Buenos Aires, en todo el país. Las connotaciones psicológicas, físicas, familiares y sociales que conlleva cada historia de una madre adolescente son suficientemente profundas y estigmáticas como para que dejemos de mirar para otro lado.



