En este último domingo de Adviento pensemos en José, un hombre singularmente justo para su tiempo, quien comprende y acepta la misión de desposar a María y criar a Jesús.
En este cuarto domingo de Adviento, corresponde la lectura del Evangelio de Mateo, Capítulo 1, versículos del 18 al 24: "El nacimiento de Jesús, el Mesías, fue así: María, su madre, estaba prometida en matrimonio a José; pero antes de convivir con él quedó embarazada por la acción del Espíritu Santo. 19 José, su esposo, que era un hombre justo, no quiso denunciarla públicamente, sino que decidió separarse de ella de manera discreta. 20 Estaba pensando en esto, cuando un ángel del Señor se le apareció en sueños y le dijo: —José, descendiente de David, no tengas reparo en convivir con María, tu esposa, pues el hijo que ha concebido es por la acción del Espíritu Santo. 21 Y cuando dé a luz a su hijo, tú le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados. 22 Todo esto sucedió en cumplimiento de lo que el Señor había dicho por medio del profeta: 23 Una virgen quedará embarazada y dará a luz un hijo, a quien llamarán Emmanuel, que significa "Dios con nosotros". 24 Cuando José despertó del sueño, hizo lo que el ángel del Señor le había ordenado: llevó a María a su casa".
"Aquí – dice el sacerdote rogacionista Rufino Giménez Fines- el Evangelio de Mateo, nos presenta el origen humano de Jesús y su linaje que tiene origen en Abraham, pasando por David... catorce generaciones tres veces, lo que ratifica la ascendencia davídica de Jesús, profetizada en el Antiguo Testamento. Luego, su origen divino es representado en el relato de hoy. Jesús es concebido por obra del Espíritu Santo en el seno de María, una doncella virgen. Es decir, Dios interviene manifiestamente en la salvación humana enviando a Jesús. Aquí, San Mateo nos presenta a Jesús como el verdadero hijo de Dios, el Emmanuel, realizador de la Salvación Divina universal y ya sin distinciones, ni pueblos elegidos".
"Cuando hablamos de Dios, quienes no lo conocen lo referencian como alguien lejano: en el cielo, en lo alto, en las nubes… Recordemos, por ejemplo, a la samaritana que le pregunta a Jesús sobre la presencia de Dios en el monte Gerizim de casi, ahora lo sabemos, 900 metros de altura… Después, siempre hablando de la idea de Dios, cada religión se lo atribuye a su favor. Dios está con nosotros, no con ustedes… Ahí está el diferencial del Cristianismo que viene a incluir, empezando por los excluidos y marginados, dándole el verdadero y singular valor que toda vida tiene… Entonces, a partir de la Nueva Alianza, Dios empieza a estar cerca en la medida en que registramos al otro literalmente como a nuestro hermano y se resume en los dos mandamientos básicos donde pone el acento Jesús: Amarás a Dios por sobre todas las cosas, y Amarás a tu prójimo como a ti mismo. Es decir, que nuestra elevación espiritual, nuestra cercanía con Dios, es directamente proporcional a la capacidad de amor, empatía y misericordia que practiquemos a lo largo de nuestras vidas, siempre teniendo a la gloria de Dios y no a nuestro ego, como eje primordial. Dios ya no es ese que advierte y castiga irremediablemente, sino que es ese padre comprensivo, que nos ama y nos desea lo mejor, por lo que nos pide arrepentimiento sincero para así, volver a empezar: ‘Ve y no peques más’. Aquellos que lo han experimentado saben de lo que hablo: podemos sentir a Dios tan cerca que llegamos a ser su morada, en la medida que estemos abiertos a dejarlo entrar. Esta es la gran noticia que anuncia Jesús: todos son invitados a militar en el amor y así ser arte del reino. Pensemos: ¿Harían falta las leyes del hombre si todos estuviésemos alienados a este mensaje? Por eso, también, decimos que la elevación espiritual es inicialmente individual, pero implica un compromiso que necesariamente es colectivo y como tal, sinérgico… Este es el mensaje de la Navidad para nosotros: Dios está tan cerca que si lo buscamos lejos o en el cielo ya no lo veremos. Dios está donde los sabios, los filósofos, y los teólogos de la antigüedad jamás intentaron encontrarlo. Lo nuevo e inaudito de la fe cristiana es que el rostro de Dios es el de cualquier ser humano, un Dios que ama al que más necesita de amor, y claro, a quien no duda en darlo. Ese es el mensaje en este Adviento, que nos prepara para la Navidad: Dios está con nosotros, y en nosotros. Sólo abriéndonos, y amando profundamente al otro, nuestro prójimo, podremos descubrir el verdadero rostro de Dios que se traduce en encontrar, ni más ni menos, a la paz interior que tanto anhelamos. Dicho esto, y volviendo específicamente a la palabra de hoy, podemos decir que para San José el anuncio no sólo fue la revelación de parte de Dios de un gran misterio, sino que además, expresa su gran sumisión y confianza hacia Dios, aceptando la responsabilidad de criar al niño al que llamaría Jesús (que significa "Yah es salvación"?. Yah es un apócope para Yahveh, nombre propio de Dios más citado en los 24 libros sagrados canónicos del judaísmo). En este contexto, también hay que recordar que el Evangelio de San Mateo estaba dirigido principalmente a los judíos y este pasaje también busca explicitar inequívocamente que Jesús era descendiente de David, cumpliendo así con las profecías. Finalmente, pensemos en ese hombre, José, quien antes del anuncio del ángel, lejos de actuar despechadamente repudiando y condenando públicamente a su prometida embarazada, había decidido apartarse ‘discretamente’ de ella… En aquel contexto cultural, muy machista, sin la aceptación por parte de José de la misión encomendada, probablemente hubiese sido imposible la crianza e inclusive la supervivencia de Jesús. En definitiva, muchas cosas para pensar y resignificar la Navidad en nuestros corazones, no posando tanto ya la mirada en asuntos más bien folklóricos y marginales que, paradójicamente, consiguen distraernos de la verdadera esencia de la fecha que se avecina", concluye el padre Rufino.



