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» Este artículo corresponde a la Edición del martes, 09/nov/2004 de La Auténtica Defensa.

Metabolismo argentino de las elecciones en los EE. UU




Nueva York (Especial para NA por Pepe Eliaschev) - ¿Hay alguna lección para los argentinos? Muchas o pocas, depende, pero lo cierto es que los Estados Unidos eligieron a George W. Bush como presidente hasta enero de 2009 y ésta es una realidad lo suficientemente poderosa como ser observada con detalle, más allá de las minucias aldeanas.

El señor Bush seguirá siendo el individuo más poderoso del planeta y eso, de manera intrínseca, significa mucho, no solo para los casi 110 millones de norteamericanos que fueron a votar este martes 4 de noviembre, sino para el ancho mundo del que la remota y a menudo incomprensible Argentina forma parte.

Dato para ser digerido por quienes tienen poder de decisión en la Argentina: aun en medio de la más brutal polarización ideológica, aquí las cosas se resuelven desde los partidos y con ellos, nunca al margen o en contra de ellos.

Quizá la Argentina tenga alguna receta mágica aun ignorada por los países del mundo, pero, en último análisis, fueron las estructuras institucionales que gobiernan a esta nación continental las que simbolizan, agrupan y potencian las iniciativas para arbitrar el gobierno de esta sociedad.

Bush se puso al Partido Republicano al hombro y caminó el territorio de manera resuelta e inteligente, asegurándose a los fieles de su clamorosa base conservadora evangélico-cristiana y descartando una batalla imposible: los dos estados más populosos (California y Nueva York) eran y son sólidamente demócratas y se volcaron masivamente por John Kerry.

Interesa tomar en cuenta en Argentina, un país donde la figura del Presidente, para mal y para bien, sigue preservando dimensiones de excepcional importancia, que Bush, justificadamente etiquetado de conceptualmente extremista y temporalmente intratable, ha exhibido una particular destreza para organizar sus vínculos con las expresiones organizadas de la sociedad a las que podía acercarse con esperanzas de trabar acuerdos.

No ha desdeñado la convergencia y ha jugado las reglas del juego, con el Congreso y con el poder judicial, para impulsar -claro- su agresiva agenda de reformas al servicio de una cosmovisión coherentemente derechista.

Los resultados, simbolizados en ese 51 por ciento de los votos de Bush que marcaron la clara, aunque no humillante, diferencia con el 48 por ciento de Kerry, también revelan que recién ahora el gobierno de los Estados Unidos tiene un titular legitimado por el voto popular.

La Argentina sigue siendo gobernada por un presidente mayoritariamente apoyado por la sociedad, pero cuyos votos en abril de 2003 fueron en realidad solo el 22 por ciento del padrón.

Ahora, más fuerte que nunca, Bush reza esta significativa oración: "Para conseguir nuestros objetivos necesitaremos el amplio apoyo de los norteamericanos. De manera que hoy quiero decirle algo a cada una de las personas que votaron a mi oponente.

Para hacer más fuerte y mejor a esta nación, necesitaré de vuestro apoyo y trabajaré para ganármelo. Haré todo lo que pueda para vuestra confianza. Un nuevo mandato es una nueva oportunidad para dirigirse a toda la nación".

Si bien en la dialéctica cotidiana de la política norteamericana estas palabras pueden ser perfectamente caracterizadas como hipócritas y oportunistas, lo importante es que el escenario global del país requiere puntualmente que el presidente Bush no solo no ignore sino que, además, intente darse una política explícita para el 48 por ciento de sus compatriotas que votó en contra suyo. Y como si esto fuera poco, a la hora de advertir como funciona un sistema, lo primero que hizo Bush tras formalizarse su victoria, fue dar una extensa y formidable conferencia de prensa presidencial, algo que en la Argentina fue lamentablemente eliminado de las prácticas institucionales hace exactamente 18 meses.

Importa mucho, además, entender la reacción del derrotado. Con 55 millones y medio de votos, habiendo ganado los estados con las tres ciudades más pobladas del país (Nueva York por 58 a 40, California por 55 a 44, Illinois por 55 a 47, en porcentajes), Kerry le pide a Bush que comience la cicatrización de las heridas y alude al peligro de división de los Estados Unidos y de la necesidad ("la desesperada necesidad") de unirse para encontrar el común denominador.

Quizás en las beligerantes y enceguecidas tiendas de la derecha republicana, más victoriosa que nunca, las palabras del afable, civilizado y articulado Kerry susciten más sorna que atención, pero, miradas desde afuera, estas circunstancias indican que hay en los Estados Unidos preocupaciones valiosas y atendibles para que el cuerpo político general del país consolide consensos y favorezca la inclusión civil en lugar de agudizar las ya de por si hirientes diferencias que se hicieron evidentes desde comienzos de 2003, cuando la Casa Blanca inventó la invasión y ocupación de Iraq para aprovechar la tragedia del 11 de septiembre de 2001.

"Tenemos que trabajar juntos para el bien de nuestro país" pide Kerry. Agrega: "debemos unirnos en un esfuerzo común, sin remordimientos o recriminaciones, sin ira ni rencor".

En los países primitivos la victoria de un sector significa la humillación del derrotado. En los países capaces de grandeza, los éxitos de una parcialidad siempre son ocasiones para pasar por encima de esa embriagante sensación de superioridad omnipotente, y organizar nuevos equilibrios, más representativos y estables.

En los Estados Unidos se verifican, ya mismo, visiones terribles y explicablemente angustiadas de lo que está por suceder. Maureen Dowd, una brillante e implacablemente columnista de "The New York Times", por ejemplo, asegura que Bush está creando "el tipo de democracia que a él le gusta. Un partido controla todo el poder en el país. Una cadena de televisión (se refiere a Fox News) funciona como el canal del gobierno.

Una nación domina al mundo como híper-potencia. Una empresa controla los contratos en Iraq".

En otro sentido, las elecciones norteamericanas dejan además un tropel de conclusiones e interrogantes preocupantes. Si los Estados Unidos pueden ser considerados como la primera democracia real en la historia, aun cuando la esclavitud fue abolida un siglo después de la independencia y los derechos civiles para todos tienen apenas 40 años de vigencia, esa primacía cronológica mucho tiene que ver con los mismos valores que impulsaron a la vida propia a países como la Argentina.

El desenlace de este 4 de noviembre siembra perplejidad en cuanto a los cambios profundos que se han ido dando en el interior del país más gravitante del mundo de hoy. Sobre todo, como se pregunta estremecedoramente el escritor Garry Wills, ¿se seguirán preservando los valores del siglo de las luces, la inteligencia crítica, la tolerancia, el respeto por la evidencia?

Es muy arduo ser optimista: mirada la situación desde aquí, lo que se ve es una sólida y agresiva base conservadora y nostálgica de un mundo sin los problemas de hoy, un bloque que es derrotado en la mayoría de las grandes ciudades (Nueva York, Los Angeles, Chicago, Filadelfia, Detroit), pero es mayoritario en el campo y en los millares de suburbios de constituyen el corazón de este país.

Para aquellos que, en la Argentina, se siguen preguntando por Los supuestos paralelismos entre la senadora Cristina Fernández de Kirchner y la muy probable candidata presidencial demócrata en las elecciones de 2008, la senadora Hillary Clinton, conviene tomar en cuenta algunos detalles que se suelen pasar por alto en la simplista política argentina.

Es cierto: la senadora Clinton goza hoy de una enorme popularidad, ha construido una formidable organización política en el estado de Nueva York, y es muy exitosa en la recaudación de fondos para financiar sus campañas. Pero hoy es dolorosamente consciente de que hay una gran cantidad de personas que no la quieren, ni la querrán nunca, haga lo que haga.

Y aunque la señora Clinton ha sido y sigue siendo una dirigente política meticulosa y metódica, aun cuando se ha alejado sensiblemente del liberalismo más progresista para acercar voluntades moderadas y tradicionales, hay algo que sabe que no puede hacer. Ella debería ir por la reelección como senadora por el estado de Nueva York en 2006 y -positivamente- lo que ella se tiene prohibido es que esas elecciones no vayan a ser interpretadas solo como una plataforma de lanzamiento para las presidenciales de 2008, una ligereza que sería políticamente muy costosa para ella.

En los países primitivos la victoria de un sector significa la humillación del derrotado. En los países capaces de grandeza, los éxitos de una parcialidad siempre son ocasiones para pasar por encima de esa embriagante sensación de superioridad omnipotente, y organizar nuevos equilibrios, más representativos y estables.

En términos personales, y al menos desde el panóptico neoyorquino, me deslumbra el funcionamiento de naciones y sociedades en las que la batalla por el bien común se libra, ante todo y sobre todo, desde las arterias de las instituciones existentes.

Hay que ser claro: hay en los Estados Unidos un huracán ideológico, que empezó a soplar ya en 1980 y no ha dejado de crecer: la arrolladora corriente del ortodoxo conservatismo social, económico y cultural en que se basa el triunfo de Bush.

Esa gente no juega juegos ni usa guantes. Dicho de otras maneras: aquí se ven las dos almas del cuerpo social, la beligerancia temible de los que avanzan con su evangelio en las manos y la sabiduría contemporizadora de quienes saben mejor y no desfallecen en trabajar por soluciones moderadas e inclusivas.

¿América Latina? ¿La Argentina? No existen, no al menos hoy, ni tampoco mañana. Sería una tontería de aficionados afirmar, por eso, que el triunfo de Bush le viene bien a la Argentina porque "no nos fue nada mal" con él en la Casa Blanca. Como sería simétricamente necio patrocinar hoy diferenciaciones para las que no nos da el cuero.

Sencillamente, desde muy atrás y al costado, se requiere frugalidad retórica, hasta que la Argentina sea un país en serio. En serio.

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