Buenos Aires, (Especial para NA por Pepe Eliaschev) Tras el vendaval chino se ratifica la necesidad de volver al equilibrio. La Argentina anda, en muchos sentidos, con el pie derecho, pero en ocasiones decisivas se zambulle en las turbulencias provocadas por su propia y desatinada imprudencia.
Ya se dijo hasta el hartazgo, pero el concepto sigue siendo ineludible, aunque fatigue: si los acuerdos pactados con el gobierno chino no hubiesen sido presentados ante la sociedad como una medalla milagrosa, la serena y frugal descripción de sus potencialidades hubiese ingresado al torrente sanguíneo argentino con menos sobresaltos.
Pero fue el propio Gobierno el autor de sus infortunios cuando, tal vez más por chapucería que por deliberada intencionalidad, estimuló ó dejó prosperar la especie que, ridículamente, presentaba a la ocasión como una hazaña que abría una historia nueva.
Hay en el ánimo profundo del Gobierno un desasosiego fundacional que con frecuencia perturbadora termina generando más problemas que soluciones.
Campea un entusiasmo propio de quienes se sienten estar todo el tiempo fundando la historia, algo curioso si se recuerda un habitual y muy correcto latiguillo del Presidente, cuando reitera que pretende que la Argentina sea un país normal.
¿Pura ansiedad adolescente exenta de malicia, entonces? Puede ser, de pronto, pero da que pensar. Hay demasiadas improvisaciones y no pocas oscuridades.
Si los convenios comerciales con China incluyen una cláusula ¨secreta¨ para evitar agresiones insostenibles contra la golpeada y apenas renaciente industria nacional, ¿por qué trascendieron ahora, luego que el presidente chino Ju Jintao se fuera del país? China, potencia mundial, ¿se expondría a firmar un instrumento de esa índole, clandestino, para que sea revelado por el país que lo exigió (la Argentina) en abierta descalificación de sus actos oficiales? En muchas ocasiones, desde el Ejecutivo exuda una sorna amarga, una socarronería despechada.
La noche del miércoles, Alberto Fernández decía por televisión que nadie puede darle lecciones de transparencia a este gobierno, pero la intrincada opacidad de las gestiones sino-argentinas revela, por lo menos, un escenario intrincado, polémico y abierto a las interpretaciones más antojadizas.
Claro que no ayuda nada el estilo dinamitero y juvenil de algunos rostros, no todos, de la oposición. Más leal a ella misma que nunca, por ejemplo, Elisa Carrió anduvo diciéndoles a las cámaras de televisión, su ¨target¨ predilecto, que China venía prácticamente a anexarse a la Argentina.
Así, las improvisaciones y precipitaciones del Gobierno se potenciaban. El Gobierno, a través del jefe de Gabinete, Alberto Fernández, admitió que a los industriales argentinos ¨les preocupa¨ que se haya reconocido a China como economía de mercado, pero intentó brindar ¨plenas garantías¨ de que se protegerá a los sectores que pudieran ser afectados por una posible invasión de productos de ese origen.
¨Sé que a todos les preocupa este reconocimiento de economía de mercado que la Argentina ha hecho respecto de China¨, dijo Fernández, ¨pero nosotros damos plenas garantías, plena tranquilidad, a los productores, de que el riesgo de que algo así ocurra no existe¨.
¨La Argentina no ha renunciado a ninguna de las herramientas, de los instrumentos, que tiene en materia de política económica y, por lo tanto, podrá hacerlos valer en caso de ser necesario¨.
Y agregaba. ¨El hecho de reconocer que China tiene una economía de mercado no le quita a la Argentina la potestad de seguir utilizando su ley antidumping, de seguir utilizando su ley dem defensa de la competencia, de seguir utilizando sistemas arancelarios; de seguir, inclusive, promoviendo la industria nacional con regímenes más favorables para los productores locales. Nada de eso está en juego¨, intentó convencer el jefe de Gabinete, cuyas intervenciones mediáticas están cada vez más pautadas, calibradas y calculadas.
Pero Fernández nunca habló de una cláusula secreta. ¿Otro invento del periodismo? Una verdad parece incontrastable en el modo de operar del Gobierno: el ministro de Economía quedó muy relegado en todo el episodio y esa evidente marginación no pudo producir sino mucha amargura en el Palacio de Hacienda.
Esta vez le tocó a Rafael Bielsa llevar la voz cantante en un asunto que, desde luego, tiene dimensiones internacionales para la Argentina, pero que por otra parte involucra variables domésticas de la economía que no podrían haber quedado fuera de la jurisdicción de Roberto Lavagna.
Fernández dice que es cuestión de ¨no renegar de los desafíos que el mundo actual, el mundo moderno, impone, pero tampoco resignarnos a repetir viejas experiencias que, evidentemente, nos han dejado saldos negativos¨, pero hay razones de peso para afirmar que las garantías alegadas por el Gobierno son de una consistencia un poco rudimentaria, o tal vez suceda que Néstor Kirchner adopte decisiones cuyo impacto no quiere o no puede asumir de modo abierto.
El carácter fundacional que exhibe el Gobierno se revela en su insistencia en presentar siempre sus iniciativas como gestos no solamente sin precedentes, sino también capaces de cambiar la historia del país. Una conducta de esa naturaleza parece haber tentado a uno de los baluartes principalísimos del Gobierno, el mencionado Bielsa.
Ya había confesado el 22 de septiembre pasado en Nueva York, en alusión a quienes hacen política hace 30 años que ¨como nosotros, la generación del 70, somos peritos en derrotas, hasta que el mono no esté en la jaula no voy a estar contento¨. Pero, el mono ¿ya estaba en la jaula esta semana cuando el asunto chino se convirtió en un jeroglífico político? En el Gobierno, pero sobre en la figura del propio Presidente, hay una sensibilidad complicada con las percepciones de la realidad.
Porque, en último análisis, los míticos cassettes de la AMIA, ¿estaban o no estaban? ¿Fueron un invento de la comunidad judía? ¿Se sabrá alguna vez la verdad fehaciente? Lo penoso es que el Gobierno emprende y logra objetivos importantes y en su afán por acreditarlos, o de levantar la autoestima nacional, deflagra unos batifondos notables, a partir de los cuales se la pasa, muy irritado, haciendo aclaraciones.
El canciller, por ejemplo, había presentado en aquella visita de septiembre a Nueva York, cuando acompañó al Presidente a la Asamblea General de la ONU, el ingreso de la Argentina al Consejo de Seguridad y la designación de nuestro país como presidente del máximo cuerpo organizativo del ente mundial en 2005 como ¨la convalidación de que los pasos que se están dando son hacia delante¨.
Y luego remataría, de manera desafortunada, que ¨nadie confía la presidencia del Consejo de Seguridad en este momento a un país que, como dicen algunos, se cayó del mundo¨.
A Bielsa le debe haber dolido que el jueves 18 de noviembre, dos meses más tarde, el abogado Emilio Cárdenas, emisario de Carlos Menem ante la ONU en los años Noventa, haya explicado públicamente que ese comentario era improcedente, porque los países asumen ese cargo por estricto orden alfabético, sin que nada tenga que ver en ese proceso protocolar los acontecimientos internos de cada nación.
Cárdenas explicaba que Ruanda, el país africano donde se produjo el genocidio entre hutus y tutsis, fue presidente del Consejo de Seguridad. ¿Qué lleva, entonces, a que el Gobierno se atribuya en todo momento logros y primacías por lo menos discutibles?
Merece Kirchner una cuota de comprensión: sigue habiendo en su entorno una dinámica un poco aldeana, sumamente pendiente de la reacción de los medios.
Pero hay otra mirada válida, y menos complaciente: en muchos casos, el presidente Kirchner parece esmerarse por presentar más anuncios que hechos, más proyectos que realidades, más cartas de intención que efectividades conducentes. Sin embargo, al Presidente lo sigue acurrucando una, por ahora, notoria buena voluntad popular.
Si Torcuato Di Tella, para citar un caso, hubiese sido secretario de Cultura de Menem, la intelectualidad porteña lo hubiese despellejado a ese presidente, afirmando que el insoportable funcionario que esta semana volvió a perderse en el jardín de sus delirios era una anécdota y que el responsable era un jefe de Estado desinteresado en la cultura.
Pero Di Tella se viene desgraciando desde mayo de 2003 y a 18 meses de su penosa gestión lo único que consigue es que los intelectuales lo apedreen a él, mientras Kirchner no es salpicado en el juicio de responsabilidades en lo más mínimo, habiendo sido él quien lo nombró y lo mantuvo en el cargo un año y medio.
El presidente Kirchner debería apreciar cuánto importa en el éxito de una gestión una buena configuración astral. Porque él la tiene. Pero no hay un hoy eterno, para nada ni para nadie.



