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» Este artículo corresponde a la Edición del miércoles, 26/mar/2003 de La Auténtica Defensa.

Que cien años no es nada  
Por Armando García Rey




LA PLATA, (AIBA)- Pasaron muchos años. Demasiados. Pero la película está. En blanco y negro está. Y a veces coloreada.

Permanece guardada en el archivo de la memoria. Y la proyecta en ocasiones- en grandes ocasiones- el canal de la nostalgia. Soy el único protagonista. El que, casualmente, fue el socio 56.616 según revela el texto ubicado bajo la foto de un adolescente en un carné librito que en la tapa tiene el nombre del Racing Club en letras doradas y en la contratapa su escudo también dorado, sobre el fondo marrón.

Dejé de serlo cuando me dediqué al oficio: el de periodista ,se entiende. Se trataba de un renunciamiento ético. Aunque, en el fondo, seguí perteneciendo a su feligresía. Y hasta me consideré un oculto militante´ de la noble causa académica.´ Ya no gritaba sus goles pero me alegraban del mismo modo que me molestaban los que le convertían.

En la película me veo por la calle Alsina casi corriendo, jadeante a veces, tratando de llegar a la cancha antes de que apareciera la Tercera. Porque la fiesta del domingo tenía tres funciones; Tercera, Reserva y Primera.

En el entretiempo de la Reserva, el almuerzo: los pebetes de salame y queso y las dos naranjas que, como los caramelos rodajita de limón´ refrescan la boca y apagan la sed.´

Mordisco a la altura del ombligo y después a exprimir con las manos apuntando a la boca. Y a abrir, después el Alumni- La Clave, para conocer lo que solamente podía conocer el feliz poseedor de la publicación que permitía enterarse de los resultados de los otros partidos con un retraso de un cuarto de hora.

Cada club con una clave descifrable por la revista y ubicada en los tableros de chapa situados, en dos de los cuatro rincones del campo de juego, accionados por quien recibía la información. La Spica vendría después. Y sería un lujo porque, por los 60 no existían radios a transistores. Por lo menos para llevar a la cancha. Y enterarse de los goles en los otros partidos de la fecha

En una esquina, junto al foso me, situaba, como en misa, cada domingo por medio. Y cambiaba de lugar para colocarme detrás del arco para donde atacara Racing en cualquiera de sus versiones.: Tercera, Reserva y Primera..

Me asocié en el 61 porque tuve el presentimiento de que volvería a ser campeón, como en el 58, en la cancha de Lanús. Para lograrlo, Racing contaba aquel año, entre otros, con el recientemente contratado rubio y elegante cuevero de Newells, Federico Sacchi o Bat Masterson, por el personaje de galera y bastón de una serie de televisión. Y lo fue. Campeón se entiende. Con un equipo en el que brillaba mi ídolo, Rubén Sosa, el Marqués, cabeceador de lujo, delantero astuto y fino. Que tenía grupos de seguidores y de críticos que no le perdonaban que a veces pareciera indolente o apático, como Rubén Capria, por estos días..

En otro pasaje lo veo a Mario Wollinsky o Roberto Ayala, tal como lo bautizarían en radio Colonia porque su apellido era complicado de pronunciar. Eramos compañeros de curso en la Escuela de Periodismo del Círculo de Periodistas y fuimos ocasionales vecinos de platea gracias a un portero boliviano- Jorge- del edificio de Libertad 960, donde vivía Cesar Luis Menotti. El Flaco le regalaba cada quince días el par de plateas que el portero no utilizaba porque era de Boca y lo seguía.. EL Cabezón Ayala ,y yo, éramos los beneficiarios de las plateas obsequiadas por el entonces jugador de Racing al encargado del edificio en que vivía en Buenos Aires.

En otra escena pasa sin detenerse el cura Mugica (Carlos, quien fue bárbaramente asesinado en los 70) cabellera rubia, ojos azules, campera negra y la bicicleta con motor,que estacionaba en la casa de los Mateucci, padres de la legendaria Tita, un símbolo de generosidad y amor. El padre Mugica era, eso decían, el asesor espiritual del también legendario Equipo de José ( Pizzuti) Pero más que eso, era un fervoroso adicto de la Academia.

El oficio me apartó de la militancia. Se acabó Rácing en continuado. Sobrevino el drama de la B. Y la promesa cumplida de volver a pie al Centro desde la cancha de

River si Racing lograba ascender aquella difícil noche frente a Atlanta. Promesa compartida en el lugar de los hechos con un locutor´ veneno´ de Racing: Bernardo Otero.

Las imágenes se alborotan en el archivo de la memoria. Se confunden, colisionan, reaparecen, se esfuman. Están las de Montevideo, el 4 de noviembre glorioso. Nadie me lo contó. Yo estaba allí, con un compañero del colegio Claret- Carlos Pero- y el gol del Chango ( Cárdenas) existió. Lo grite hasta perder la voz. El festejo siguió a la noche, en el barco, no existía buquebús.

La malaria vino después, incluido el descenso de categoría, la quiebra, un csmbio de nombre mendocino y pasajero, la quiebra, los 35 años, las burlas que resbalaban ante tanto amor.

Aquel sábado increíble de la profesión de fe, con veinte mil hinchas en una cancha en la que Racing no jugaba porque estaba prohibido por la ley. Y la tarde de las dos canchas. En una, la de Vélez estaba el equipo, el que paso a paso ganó el título. En la otra estaba otra parte de la militancia.

Algunos, como yo, soñábamos que Racing fuera campeón allí, en ese estadio que burdamente pretendieron exorcizar: el Cilindro Mágico, la Olla o Presidente Perón, como prefiera, Y fue, aunque el gol lo hicieran en otra cancha. Volví a gritar como cuando era hincha y no estaba en el oficio. Mi hija menor no entendía porque me abrazaba llorando ´con cualquiera que encontraba´. Me estaba abrazando a quienes profesaban la misma fe.

Cien años no es nada. Ahí aparece el doctor Humberto Capelli, un ex presidente y ´señorazo´, padrastro de Graciela Alfano, y ex subsecretario de Trabajo, preguntándome durante una nota para el desaparecido diario La Opinión ¿ Usted no cree que Racing puede desaparecer? Y respondiéndose ´porque civilizaciones más importantes que Racing han desaparecido´. Racing no.

Podía, se lo merecía según la ley, pero la militancia lo impidió. La misma militancia que llenó dos canchas en los festejos del último campeonato. La que jamás arrió las banderas. La que estuvo presente en la alegría de la victoria y en el desencanto del revés. La que hará vibrar el Obelisco en la celebración del Centenario del club más popular de la Provincia

Alguien podrá imaginar que es una exageración. Pero no. Es una prueba de amor y fe a unos colores, a una bandera Y no admite traiciones, deslealtades, renunciamientos como en. otros nada superficiales sectores del denominado quehacer nacional.

´ En el fútbol del mundo nuestro club, es crisol de entusiasmo y jventud. Los colores de la patria siempre están, en la divisa de nuestro corazón. Arriba la Academia, la Academia el Racing club´, estalla el coro en el el himno partidario, que a cien años de su nacimiento sigue advirtiendo que ´ en el norte y en el sur, brillará blanca y celeste, la Academia el Racing Club´.

En la película lo veo otra vez campeón. Pero tampoco es cuestión de vida o muerte. Racing, ese sentimiento, está más allá de los títulos. Aunque no le falten títulos.Y se avecinen otros.

Y no dejo de ver ,tampoco, a tantos futbolistas que pasaron por Racing y quedaron prendados.

Toti Iglesias ,el Mencho Medina Bello, Chelo Delgado y muchos otros que, jugando contra Racing, como profesionales de otros clubes, no celebraron sus goles. Acaso porque Racing tiene ese que se yo que lo hace querible y grande pero también humilde. Y además distinto

De todos modos el sentimiento de cien años llamado Racing no necesita explicación, ni la tiene. Como otros sentimientos.

Los de los hinchas- los de cualquier club- no tienen precio. Se trata, vale reiterarlo, de un sentimiento cristalino, que no admite renunciamientos, deslealtades, traiciones. Y se mantiene, inalterable, en la alegría de la victoria y el desencanto del revés. Enarbolando, en todos los casos, la camiseta, o bandera, original. La de siempre. A diferencia de actividades no tan superficiales como el fútbol. Que es, como Racing, un buen ejemplo todavía.


 
P U B L I C I D A D






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