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» Este artículo corresponde a la Edición del domingo, 06/abr/2003 de La Auténtica Defensa.

Una calamitosa fragmentación  
por Pepe Eliaschev




Buenos Aires, (especial para NA, por Pepe Eliaschev)- Parece que la Argentina deberá lidiar pronto con un gobierno esencialmente minoritario pero legal. Todo converge hacia ese desenlace, no importa quien jure el 25 de mayo. Mientras la gestión de Eduardo Duhalde agoniza, la robusta sensación de que la próxima administración se deberá ganar la legitimidad a medida que vaya ejerciendo su precario mandato, se hace más tangible.

La verdad es que hay aún un resquicio diminuto de posibilidades para que en los 21 días restantes acontezca una atropellada hoy imprevisible, de la que surgiría un favorito visible para el 27 de abril. Pero si lo más que se puede mostrar a la cabeza del certamen es alguien que no trasciende del 25 por ciento de la intención de voto, resulta arduo bocetar un escenario en el cual las preferencias populares coagulen de modo tal que en las vísperas de la primera vuelta uno de los candidatos al menos rompa la barrera hoy remota del 30 por ciento. Hagamos los deberes.

Se necesita el 45 por ciento ó 10 puntos de diferencia entre el primero y el segundo para que no haya primera vuelta. Eso ahora no existe. Nadie tenía hasta hoy siquiera la mitad de ese 45 por ciento.

¿Puede pasar algo decisivo para que Kirchner, Menem, Rodríguez Saá ó López Murphy encaren las tres semanas finales con posibilidades de cambiar la foto de hoy?

Si tengo que responder, con toda sencillez digo que no. Menem por ejemplo, exhibe señales vitales de querer salir de su casamata ideológica, ese núcleo de hierro del 15 por ciento que le entrega las voluntades de los favorecidos por su gobierno de 1989 a 1999 y los bolsones provinciales y suburbanos donde su prédica fantástica todavía surte efectos. ¿Se habrá acordado tarde de cambiar?

Moderó su lenguaje, alude de manera tangencial a cierta mirada crítica de su gestión anterior, pareciera haber pulido un poco su belicosidad dialéctica, pero no se advierte que, fuera de su rutilante promesa de volver a sus años dorados, abandonado el soez espejismo de la convertibilidad, visiblemente afectado por la revulsión que provocó su grueso error de apoyar fervorosamente a los Estados Unidos en la guerra contra Iraq, Menem tenga algo demasiado nuevo que proponer.

En gran medida, su pasado lo condena, o puede ser el espejismo de un retorno con el que no pocos alucinan. Si Menem crece, sólo será porque podría llegar a prevalecer en el pueblo la idea de que se puede volver a esos dorados comienzos de los años Noventa, aunque ahora sin la compañía estelar de los astros de la época, desde María Julia Alsogaray hasta Víctor Alderete, desde Adelina de Viola hasta Luis Barrionuevo, desde Claudia Bello hasta Jorge Domínguez, en una suerte de resurrección pasteurizada, un menemismo con menos apetitos patrimoniales y mucha mayor sensibilidad social.

En una apuesta durísima y altamente improbable, pero no imposible: es esencial entender que la condición de posibilidad para que el hombre de Anillaco regrese a la residencia de Olivos existe, aunque en dosis homeopáticas.

Esa condición deriva de la fragmentación descomunal de la Argentina, una movilización centrípeta furiosa que ha pulverizado identidades y masas políticas, en el marco de una despolitización equivalente a una calamidad pública. Néstor Kirchner prevalece, pero no enamora.

Es un hombre raro, con rasgos a menudo incomprensibles, cuando no directamente hostiles. Contempla de manera paranoica a los periodistas que él no controla, vive con una aureola de "bajón" emocional evidente. Algo puede decirse, en este sentido, de su modo de ser: Kirchner no exhibe la sensual voracidad de poder que, en alegre jarana triunfal, ha caracterizado siempre al peronismo.

Sabe que ha ido sumando intenciones de voto por la desesperante pobreza del escenario alternativo y también es consciente de que la ofensiva final para quedarse con el triunfo el 18 de mayo será más atribulada que la batalla de Bagdad.

Ese modo de ser, entre apático y taciturno, no sería tan preocupante si Kirchner lograse romper la cortina de hielo que lo separa de los medios, a los que siempre percibe como fatalmente hostiles. Adolfo Rodríguez Saá está confortable con su nacional-populismo. No es inteligente subestimarlo desde la pedantería porteña habitual. "El Adolfo" tiene el carisma que no tiene Kirchner. Mientras el santacruceño mira desde unos ojos inabordables donde es difícil percibir sentimientos y sí mucha tensión, el sanluiseño se ríe alegremente, levanta los brazos, enseña su blanca dentadura y humilla con su bronceado permanente, testa coronada por un peinado gardeliano- peronista que parece cerrar el físico ideal para el rol asumido.

Pero, ARS no es sólo un "peroncito de provincia". ÉL simboliza la idea de que la Argentina puede encarar una salida "latinoamericana" de índole movimientista y con fuerte énfasis en las potencialidades nacionales de desarrollo productivo. Pero no tiene el sanluiseño una oferta de alternativas económicas evidentemente superiores al resto del escenario y es sugestiva su pasión por las musculaturas políticas ejecutivas del estilo de Aldo Rico o Hugo Moyano.

Lo de Melchor Posse fue un fracaso, primero porque el hombre ya culminó su carrera política de más de 40 años, y segundo porque no le trajo nada relevante al armado adolfista. López Murphy sería un hombre de considerables posibilidades si llegara al 18 de mayo, pero el 27 de abril lo sigue viendo un poco opacado, sin amenazar en serio a los (de todos modos) tibios vanguardistas.

Ahí, en la disputa en la que se debe exhibir capacidad y condiciones, el ex ministro delarruista podría ser temible, pero su deliberada intención de no hacer demagogia y el confort que le brindan sus apoyaturas de puro centroderecha lo siguen mostrando por ahora en un segundo plano. ¿Se entiende? Nadie gana, nadie llega, a todos les falta.

¿No será que la Argentina debería primero decidir qué quiere, en vez de seguir atrincherada en su ya melancólica convicción de lo que no desea?

Apenas quedan 500 horas para tomar partido.


 
P U B L I C I D A D






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