Buenos Aires (Especial de NA por Martín Hermida) -- En los primeros dos años de mandato, el presidente Néstor Kirhchner escribió en su agenda de política exterior una buena cantidad de páginas, sumando, para bien o para mal, algunas acciones acertadas y otras no tanto, peleas, enfrentamientos, crisis, gestos de acercamiento, acuerdos y proyectos que tal vez algún día se cristalicen.
Pero quizá lo más interesante sea lo que, en esta materia, vendrá de ahora en más, los escenarios que se abrirán en los dos años que le quedan a este período de gobierno y los desafíos que la administración Kirchner tendrá que enfrentar de cara al resto del mundo.
En algunas ocasiones por iniciativa propia y en otras por imperio de las circunstancias, desde que asumió hasta ahora el actual Gobierno tuvo dos años agitados en cuanto a su relación con el exterior: allí se contabilizan, por ejemplo, fuertes cruces verbales y palmadas en el hombro con hombres de la administración norteamericana, abrazos en público y tironeos en privado con Brasil, el socio mayor en la región, y una pelea ya casi legendaria con los organismos internacionales de crédito, en especial el FMI.
Esto no es todo. Hubo también en este período un roce que adquirió ribetes casi dramáticos con otro de los vecinos, Chile, por la complicada situación energética y por declaraciones de tinte político; una crisis irresuelta con Cuba; una montaña de contratiempos para avanzar en una mayor integración regional (por ejemplo en el Mercosur) y una serie de encuentros con negociadores de la Unión Europea que por ahora no dio ningún fruto.
La mayoría de estas cuestiones -que preocuparon y preocupan a los funcionarios argentinos- siguen presentes hoy en día y seguramente irán marcando el ritmo de esta agenda.
Cuando el 25 de mayo de 2003 Kirchner se calzó la banda presidencial había un tema irresuelto que se llevaba todas las miradas: el del default heredado de la fugaz presidencia de Adolfo Rodríguez Saá. Si bien todavía no está solucionado por completo, es verdad que en estos dos años se logró estructurar -a paso forzado y con la crítica permanente del Fondo y los países más industrializados- una oferta que ya fue aceptada por el 75 por ciento de los bonistas.
En este caso, el desafío ahora pasa por tratar de arrimar a la propuesta oficial a los ¨holdouts¨ (los tenedores de bonos que no entraron al canje) y empezar la fatigosa negociación con el Fondo por un nuevo acuerdo que garantice mayor previsibilidad y abra las puertas a las inversiones.
Con Brasil, en el inicio mismo del mandato, se planteó de ambos lados el concepto de ¨alianza estratégica¨ y hubo pasos en esa dirección, pero desde los últimos meses a esta parte quedó claro que (aunque no se admita públicamente) hay una puja por liderazgos y una pelea de fondo por las diferencias comerciales.
A nivel político, Kirchner y su colega Luiz Inacio Lula Da Silva intentan cerrar la brecha, pero, como ya se dijo desde aquí, aquellas diferencias están muy lejos de ser solucionadas y nada indica que el ferviente deseo de Brasil de convertirse en líder y referente de la región (por ejemplo con su pretensión de ocupar una silla permanente en el Consejo de Seguridad de la ONU) vaya a apagarse.
Aquí también deben mencionarse las intensas negociaciones que vienen desarrollando funcionarios de los países del Mercosur y la UE en busca de un ambicioso acuerdo comercial, que en realidad debía quedar sellado en octubre del año pasado y que por ahora está muy ¨verde¨.
Los americanos reclaman una mayor apertura de Europa a sus productos agrícolas (allí son fuertes Argentina y Brasil), mientras que desde el Viejo Continente insisten en pedir una mejor oferta en materia de acceso a mecanismos de compras gubernamentales, servicios bancarios y tecnología.
En este punto, el desafío pasa no sólo por tratar de acercar las diferencias hacia un lugar intermedio que permita firmar un acuerdo interesante, sino también por generar un ámbito de mayor confianza entre las partes: de un lado y otro de la mesa siguen mirándose con excesivo recelo y critican la falta de flexibilidad del otro.
Con los vecinos más cercanos, la situación no es menos compleja: en Bolivia, por ejemplo, las recurrentes crisis (la salida forzada del ex presidente Gonzalo Sánchez de Lozada y la debilidad institucional que acorrala ahora al actual mandatario, Carlos Mesa) provocaron y provocan una gran preocupación por la estabilidad regional.
Con Chile, la relación mejoró con respecto al pico de la crisis (originada por los cortes en el suministro de gas argentino hacia ese país y por declaraciones del canciller Ignacio Walker contra el peronismo), pero no es la ideal: el futuro está supeditado a que no estalle nuevamente ese problema.
El caso de Cuba plantea otro de los grandes desafíos. La decisión de Fidel Castro de no dejar salir a la médica disidente Hilda Molina para visitar en Buenos Aires a su hijo y a sus nietos (a los chicos no los conoce personalmente) sigue generando un gran abismo. Esta crisis dejó en el camino a dos funcionarios (el entonces embajador argentino en La Habana, Raúl Taleb, y el ex jefe de Gabinete de la Chancillería, Eduardo Valdés) y por ahora decidió a Kirchner a dejar en el ¨freezer¨ un siempre anunciado viaje a Cuba. Hallar una solución política a un problema básicamente humanitario parece un verdadero dilema.
Finalmente, uno de los grandes desafíos de este año: la Cumbre de las Américas, que reunirá en la ciudad de Mar del Plata, en noviembre, a los presidentes y jefes de Estado de 34 países del continente, incluyendo a George Bush, con quien Kirchner se vio ya en varias oportunidades y cruzó tanto elogios como críticas.
Argentina busca que esta Cumbre no sea simplemente un encuentro formal para la foto, sino que se planteen propuestas concretas para varios de los problemas más acuciantes del continente: la marginación, el desempleo, la pobreza y la exclusión.
Que esos deseos se conviertan en realidad será parte del enorme trabajo que le espera a la Argentina en materia de política exterior. Un desafío nada fácil.



