La depresión infantil puede definirse como una situación afectiva de tristeza mayor en intensidad y duración que ocurre en un niño.
Los síntomas característicos y criterios de la depresión infantil son: tristeza, irritabilidad, anhedonia (pérdida de placer), llanto fácil, falta de sentido del humor, sentimiento de no ser querido, baja autoestima, aislamiento social, cambios en el sueño, cambios de apetito y peso, hiperactividad, disforia e ideación suicida.
En la actualidad se admite una compleja interacción de distintos factores tanto de carácter biológico como social que sirven de base a la aparición de las distintas conductas normales y patológicas. Es necesario que se de una cierta vulnerabilidad personal, familiar y ambiental que combinadas dan lugar a la parición de una conducta desajustada. En el caso de la depresión infantil, los elementos que suponen una vulnerabilidad son de naturaleza biológica, psicológica y social.
La familia es el entorno más inmediato del niño. En sus cuidados y atención se basa la posibilidad de supervivencia del sujeto humano; no sólo su supervivencia física, sino personal, ya que el niño desde que nace hasta los 3 años de edad desarrolla todos los elementos básicos con los que más tarde va a construir su vida futura: lenguaje, afectos, hábitos, motivaciones.
El apego con el que la madre y el hijo se relacionan mutuamente es el vehículo de una adecuada integración social y personal del niño. Los apegos inseguros se relacionan con todo tipo de problemas de conducta y también con la depresión, así como un apego seguro es la meta ideal de prevención de la aparición de depresión infantil. Así mismo la depresión materna aparece definida como uno de los factores de riesgo asociados al desencadenamiento de una depresión en el niño. Más tarde también son indispensables para el normal desarrollo emocional del niño las buenas relaciones con los padres. Las malas relaciones con los mismos son la fuente específica de muy diversos problemas infantiles, entre ellos la depresión.
Los padres deben prestar especial atención a la construcción de una adecuada autoestima y autoeficacia en el niño, así como incentivar en ellos la capacidad de afrontamiento y el manejo adecuado de la frustración; todo ello constituye la prevención primaria de la depresión infantil.
En cuanto a la escuela, la localización precoz de cualquier deficiencia de aprendizaje en un niño y su pronta solución es imprescindible para lograr una situación de progreso normal y aceptable, eliminando así la posibilidad de trastornos afectivos que conlleven a la aparición de depresión infantil.
Se relaciona la depresión infantil con el rendimiento escolar, unas veces considerándolo como causa y otras como efecto de la depresión. De hecho, un niño deprimido puede descender su ejecución en la escuela, pero también pueden comenzar sus síntomas depresivos por un fracaso académico. De allí radica la importancia de una buena evaluación y seguimiento por parte del maestro para detectar estos cambios en el alumno.
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